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Vilhelm Hammershøi. 1914
Para mi Abuela
“No cabe en la muerte mi vida entera.”
Panero/Caballero
Se levantó tarde
como últimamente lo hacía. No dormía bien. Tenía noches pesadas de insomnio.
Caminó hacia la cocina para servirse un café. En la mesa del comedor se
hallaban su madre y sus dos abuelos tomando el desayuno. Saludo con un bostezo
y siguió hasta la cafetera. Mientras se servía en una taza grande preguntó a su
madre donde estaba Siopí. Su madre no respondió, quizás no le escuchó. Terminó
de servirse su café y se sentó a la mesa con ellos. No insistió en preguntar
por la ausencia de Siopí. Era probable que aun durmiera. Se organizó con prisa
para ir al trabajo, pero antes, pasó por la habitación de la madre buscando a
Siopí, para despedirse con la promesa de que en la noche al regresar la sacaría
a pasear. La habitación estaba vacía. Fue hasta la sala a preguntarle a la
madre, y se encontró solo con sus abuelos. Les preguntó por Siopí pero ellos no
supieron responder. Eran demasiado viejos y vivían desconectados del mundo
alienados por los canales televisivos desde que se levantaban hasta que se acostaban.
Su cotidianidad consistía en estar pegados a una pantalla que disparaba
imágenes ensordecedoras que ellos solo absorbían inconscientemente. Los miro
con desconsuelo, recordó con nostalgia las idas al cine con su abuelo cuando él
era muy niño. De allí venia quizás esa fascinación por las imágenes. Luego les
pregunto por la madre, y luego de meditarlo un rato dijeron que a lo mejor
había salido. Esta respuesta le dio tranquilidad. Seguramente su madre había
salido a pasear a Siopí. Se despidió y se fue a laburar. En el trabajo sintió
todo el día una angustiante nostalgia, sentía que algo había olvidado al salir
de casa, sin embargo, laboralmente todo transcurrió como siempre, gris y
monótono. Regreso al caer la tarde. Al llegar vio a su madre sentada en el sofá
hablando por teléfono. Ella lo saludo vagamente y siguió conversando por el
teléfono. Él llamó a Siopí, ya que ella no apareció como siempre lo hacía,
recibirlo con la usual euforia que tienen los perros al ver regresar a su amo.
-Madre, donde
esta Siopí?- preguntó, preocupado al ver que nadie respondía a su llamado. la
madre levantó la mirada con extrañeza y solo dijo: -de que me hablas? ¿Quién es
Siopí?- él comenzó a exasperarse al ver la indiferencia de la madre.
- no te hagas la
desentendida. Siopí, nuestra perrita. ¿Dónde carajos esta? - la madre entornó
los ojos con cierto halo despreciativo
– ¿estas bien?
¿has estado bebiendo? - preguntó ella.
-Acabo de salir
del trabajo. ¿Por qué habría de estar bebiendo? - alegó él, cada vez más incómodo
y molesto-
-porque estás
haciendo preguntas absurdas. Hablando cosas sin sentido...-
-¿Cómo que cosas
sin sentido? Simplemente te estoy preguntando por Siopí y te haces la
desentendida por estar pegada a ese aparato hablando tonterías con quien sabe quién.
Cuelga y respóndeme donde esta Siopí.- la madre al verlo tan alterado no tuvo
otra opción que colgar la llamada.
-Cálmate- dijo
ella -no sé de qué perrita estás hablando-
La ya instaurada
y creciente agitación se fue liando a cierta incertidumbre en el centro de la
escena y particularmente en él. -Te estoy hablando de Siopí, nuestra perra. Ese
noble animal que viene todas las veces a saludarme cada vez que regreso de la
calle. Aquella criatura que a pesar de todo me profesa un amor incondicional
como el que nadie…- dijo casi a los gritos.
-Pero si
nosotros no tenemos ninguna perra. Acá solo vivimos nosotros- dijo la madre
bastante perturbada por las palabras al parecer absurdas de su hijo, mientas
él, fastidiado con la respuesta no veía ninguna gracia a aquella broma de mal
gusto, así que optó por otro recurso: le preguntó por los abuelos. Ante aquella
petición la madre palideció horrorizada. Su boca se desencajó y solo pudo
balbucear su repetida y previa respuesta: “acá solo vivimos nosotros.”
Cansado de
aquella farsa, se fue directo a la habitación de los abuelos, pero no encontró
a ninguno de ellos. La habitación estaba vacía. -¿Dónde están?- gritó desde la
habitación. La madre no respondió. Él volvió a la sala y se encontró con su
madre de rodillas llorando. -¿Qué te pasa?- dijo él -¿Dónde están todos, Siopí
y los abuelos?- la madre entre sollozos solo enunció: hijo, has perdido la
razón.
-Deja ya de
tonterías, madre y decime ¿qué está pasando? -
-Lo mismo te
pregunto yo- respondió la madre desconsolada con la voz entrecortada. Él,
alterado ante el irrisorio episodio, tomó a la madre por el brazo para
levantarla, más ella le rehuyó con temor. – no me toques. No te reconozco. Déjame
en paz- Él se alejó abrumado de la figura materna, contemplándola como una
forma irreconocible. La madre aprovechó para levantarse de súbito y correr
hacia su cuarto para encerrarse. Él salió del trance y fue tras ella, golpeó la
puerta incansablemente, pero ella solo le gritaba que la dejara en paz. Cansado
de semejante extravagancia. Prefirió salir a tomarse unos tragos para aclarar
su mente. Regresó pasada la medianoche con varias copas de más, estuvo toda la
velada solo sin hablar con nadie, anclado en sus recuerdos, tratando de asir
instantáneas de un pasado en apariencia feliz. Su memoria era poco fiable entre
trago y trago, se diluía pausadamente en el claro y turbio color del whiskey
que sostenía en su mano. En aquella bruma de sus recuerdos se encumbró el
paroxismo de su melancolía. Todo estaba en una apacible oscuridad que gobernaba
en cada cosa, en cada rincón de la casa. Solo tenía deseos de descansar, ni
ánimos tuvo de golpear a la puerta de la habitación de su madre, cruzó
silencioso por el pasillo y se acostó. Tuvo sueños raros el resto de la
madrugada, pero solo recordó al levantarse uno donde un sombrío médico de la
peste quemaba unos libros ante los ojos de un infante. Al levantarse lo primero
que hizo fue buscar a su madre para disculparse, pero al entrar a la habitación
la encontró vacía, fue a la mesa y tampoco encontró a nadie desayunando, volvió
para revisar todos los cuartos de la casa. Todos estaban vacíos. Un
presentimiento le acometió y sintió un dolor pujante en el pecho. Le faltaba la
respiración y la visión se le nublaba. Una imagen se fijó en su mente o más
bien la ausencia de esta. Se hallaba solo y sin respuestas. Se desplomó en el
suelo en una esquina de su cuarto vacío, agobiado por una indescriptible
sensación de abandono. Sus delgadas y arrugadas manos cubrieron ese viejo rostro para así llorar en silencio por su infinita soledad.

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