viernes, 3 de marzo de 2017

La orfandad de los acéfalos

—Haced cuenta —dijo el Quirón— que soñáis despiertos. ¡Oh qué bien pintaba el Bosco!; ahora entiendo su capricho. Cosas veréis increíbles. Advertid que los que habían de ser cabezas por su prudencia y saber, esos andan por el suelo, despreciados, olvidados y abatidos; al contrario, los que habían de ser pies por no saber las cosas ni entender las materias, gente incapaz, sin ciencia ni experiencia, esos mandan. Y así va el mundo, cual digan dueñas: mejor fuera dueños. No hallaréis cosa con cosa. Y a un mundo que no tiene pies ni cabeza, de merced se le da el descabezado.” Baltasar Gracián

Contrario a la opinión de muchas parteras y nodrizas anticuadas, no creo que el abandono sea producto de la crueldad y el ostracismo que acaecen nuestros tiempos convulsos e infecundos. Mi opinión se destila de un simple cuestionamiento lógico. ¿Cómo se ha de alimentar a un acéfalo? Qué posibilidades tiene de ser amamantado por un blanco seno lechoso y fértil, si al haber sido arrancado de la cuna de las sombras, de la cálida esfera, ha permanecido imperturbable y sumido en la misma oscuridad y silencio que durante los meses de su gestación y el frio aire de la habitación que lo recibe no puede acariciar sus efímeras mejillas. Ese pobre infante, no ha de gozar la dicha de salir al mundo bufando enloquecido, haciendo berrinches y pataletas, en esa exigencia incomprensible que todas las creaturas cefaloideas, que de culos vienen a este mundo tienen por derecho. Por este primerísimo suceso podríamos vaticinar dentro de la teoría darwiniana, que este esperpento humano, no tendría muchas oportunidades de supervivencia. Pero contradiciendo todas estas expectativas evolucionistas, la realidad desmitifica esta implausible especulación, el acéfalo, por el contrario, es quizás, el espécimen que más se adapta de manera inmediata al mundo y todo precisamente por ese vago hecho de no percibir cambio alguno, de no tener perturbaciones externas, de no tener cabeza para meditar si tiene hambre o sueño, si está vivo o muerto. El origen de esta rara clase de hombres sigue en el campo de lo especulativo –como lo sigue siendo el de toda la especie humana- algunos aseguran que provienen de libia, pero el mito atribuido a Heródoto ha caído ya en desuso, nuestros tiempos exigen historias menos imaginativas, pero igual de risibles. Yo soy de los que prefiero estar más de acuerdo a la creencia, que estos acéfalos en principio no nacieron de este modo y que su origen es producto de una curiosa secta fundada por Bataille, en la cual se tenía por costumbre que, en sus rituales de iniciación, se le cortara la cabeza al neófito como prueba de su lealtad a la congregación. No puedo negar que en mi adolescencia mi afán por la sapiencia y por sentirme parte de algún grupo iluminado, toqué varias veces a su puerta sin respuesta alguna. Sin embargo, creo que esta hermética cofradía, incluso más que la de La aurora dorada- de donde me sacaron a patadas por el caris apasionado y delirante de mis ideas núbiles- es la culpable de la proliferación de estos nuevos hombres. Creo pues que los primeros miembros de la secta, afanosos de continuar su imperioso legado a futuras generaciones se dedicaron a la procreación de vástagos con cuanta mujer descocada encontraran dando así nacimiento a la nueva raza. Dejemos estas dilucidaciones de lado o terminare haciendo todo un tratado del origen de los Acéfalos, lo cual no es mi propósito para esta ocasión y volvamos a escudriñar nuevamente ese carácter enigmático que envuelve a estos mendas, intentemos echar de nuevo una a esta condición extraordinaria lo libera de todos los yugos que el hombre ordinario y pensante ha de sufrir en toda su vida, ósea, carecer de cabeza. ¿Cómo sobrevive este curioso espécimen? ¿Por qué no perece de inanición? ¿Acaso hemos vivido en el engaño por siglos creyendo que necesitamos del alimento de la vida para estar vivos y no es cierto? Es esto lo que me inquieta y me quita mis pocas horas de sueño. ¿Qué los mantiene con vida? Como es siquiera imaginable que un homúnculo sin expresiones faciales, sin encéfalo que se comunique con su medula para articular su cuerpo, sin voz y su escucha perdure y progrese de modo tan meteórico – sino estoy mal, creo que gracias a ellos se ha puesto tan en boga esa palabreja de Emprenderismo, creo que es para mí imposible desligar a un acéfalo de esa palabra, aunque la razón la ignoro, pero los grandes emprendedores que vemos hoy en día son ellos y no ningún hombre con cerebro. Otra de las cosas que inflaman mis lucubraciones y que desmitifica abruptamente mis creencias infantiles, es que un hombre que no pueda usar sombrero a falta de cráneo para sostenerlo puede deambular por el mundo y llegue incluso a dirigir las riendas de este. Esto es una cosa que me mantiene perplejo.
Admito que a pesar de la costumbre verlos diariamente, no logro adecuarme a la proliferación de estos sujetos que día a día invaden todas las calles de todas las ciudades, que caminan y toman el metro como todos nosotros, incluso les vemos manejar lujosos vehículos con una elegancia que ni los hombres de testa poseemos. He llegado a suponer a modo de consuelo paulatino, que de alguna forma esta condición inhumana que les diferencia del resto de nosotros, más que inclinarse hacia a la opinión de ser una discapacidad es por el contrario una virtud. Y quizás, si volviésemos a traer de las barbas esa teoría de ese viejo barbudo del Beagle, nuestro übermensch habría de ser el hombre sin cabeza. Ya que en su cuerpo no hay duda, ni raciocino que pueda perturbar la tranquilidad de sus noches, este Protohombre, nos aventaja y se desprende de esa pesada piedra de Sísifo que cargamos sobre nuestros hombros con fatiga o con orgullo según la suerte de nuestra obcecación. Vemos en su andar, el glamour de un paso más decidido y seguro que el de cualquier hombre pensante, en sus opiniones sin fundamento no hay error alguno pues su voz y eco nunca aparecen, es un ser áureo, y una especie de humor letéico gravita sobre su inexistente faz. Es la criatura más apta para este nuevo siglo, es el estandarte de la cultura de nuestro tiempo, el abanderado por la fortuna y la inmortal gloria de los dioses venideros. De este modo pues quiero dejar muy en claro mi más profunda admiración por estos seres a los que el hombre ordinario y obsoleto espero llegará a convertirse en un cercano atardecer, si la ventura nos es dadivosa y el esfuerzo infranqueable. Tengo buena fe en estos deseos, pero no es una fe infundada como toda fe. Tengo una fe científica, una fe en el progreso, en el emprenderismo, en la educación y la cultura, pues estos estandartes de la humanidad están arremetiendo notablemente para que estos cambios proteicos se avecinen más pronto de lo esperado. La humanidad no está desamparada, no caminamos ya a ciegas. Como he dicho con anterioridad, estos insignes acéfalos dirigen las riendas de nuestro destino. Y que mejor guía para un valle de sombras que un ciego que siempre ha vivido en ellas. Así pues, hombres pensantes, vanidosos e insulsos, parteras de ubres inflamadas con leche rancia de conocimientos obsoletos, dejad de llorar sobre las mentiras que el intelecto nos ha incendiado la cabeza y dejemos que el progreso siga su curso y marchemos todos sin reproche a la guillotina. Porque como bien nos lo de muestran estos ilustres acéfalos, ha de quedar abolida aquella infame sentencia de Descartes: Cogito ergo sum.

Así pues hijos queridos de la tragedia ilustrada, de los apócrifos de la historia, abrid, o más bien cerrad los ojos, y atended y entended, que los huérfanos famélicos no son ellos sino nosotros, que no hemos tenido el júbilo de una conciencia obnubilada y tácita, que nos hemos dejado seducir por el torrente de nuestras pasiones y anhelos, dejando que la obsesión discurra libremente en la creciente de ese insondable río que es nuestra mente, hasta el punto de perder la cabeza y dejar nuestras vidas a merced de la estulticia y la locura. 

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