jueves, 12 de enero de 2017

KALLIPYGOS


“El asesinato surge del amor, y el amor alcanza su máxima intensidad en el asesinato…” Mirbeau
En la mocedad de mi oficio, buscando nutrir mis ligeros conocimientos literarios, ejecuté una suerte de vagabundeos y pesquisas por el mundillo artístico londinense. Como era de esperarse, no tardé en descubrir la estrecha relación que eternizan los escritores con la bebida. Así que no me quedo otro camino que frecuentar todos pubs y bares de mala muerte de la localidad. Esta ardua y comprometida investigación me llevó a conocer un variopinto abanico de personajes excéntricos y delirantes, como también una cantidad deslumbrante de fracasados sin talento (entre los que me sentí siempre como en casa). Pero, de entre toda esta fauna de rarezas, derrotados e idiotas, quisiera abusar del recuerdo de un hombre, que de algún modo para mi reunía tan dispares caracteres, tan antagónicos que rosaban con lo cómico. Este hombre no era otro que, Ralph O’Higgins, columna vertebral del club de los irreprochables. No puedo decir que alguna vez fui invitado en este selecto grupo, del que nadie creo era miembro, aunque sí puedo decir que gozaba con una larga lista de desertores. Digamos pues que estuve allí por una suerte de azares o por el vano hecho de andar repetitivas noches, mendigando un polvo en los burdeles más indecorosos de todo Soho.
Quisiera referirme a una de esas noches en particular. Fue en The Pilgrim’s house. Entré en un momento en el que se disputaba una acalorada discusión entre los poetas, Adrik Krutikov y Mario Lepore, sobre la relación de la belleza y la locura en términos femeninos. Las cosas estaban un tanto salidas de proporciones. Lepore acababa de tirarle una pieza de ajedrez a Krutikov, dejando en jaque su ojo izquierdo, en ese preciso instante hizo su aparición estrambótica el buen O’Higgins, que salía del baño de mujeres, ostentando un glorioso vestido de dama victoriana, trayendo en brazos una rata de hule cubierta con un manto cual si fuese un indefenso infante. Al percatarse que los apasionados poetas estaban a punto de terminar su disputa como lo suelen hacer las personas de minuciosa entereza y exquisita cultura, o sea a los golpes, decidió que era propio intervenir de manera condescendiente y caprichosamente oscura:
Disculpen que interrumpa su solemne disputa, entenderán que estaba amamantando a esta criatura –dijo esto y señaló a la rata de hule. -
-¿Ahora qué quieres?- respondió uno de los poetas intentando salir de su desconcierto.
 -Adivinarán queridos capullos, que un tema tan peliagudo como el que ustedes tratan no ha de pasar por mis oídos, como la misa de los domingos, y mi lengua se perfila ya, a dar no una opinión o un juicio, sino a traer de la memoria la trágica fabula de un artista que ha mucho conocí en Viena y que quizás nos sirva para algo en este intrincado asunto. De esta historia logré constatar que la belleza de la mujer radica en su maldad, pero no en la maldad de los actos o pensamientos, si no en esa maldad intrínseca de la cual la naturaleza le dota y por eso tanto los poetas hemos dicho que es la mujer nuestra perdición y nuestro cielo. Sin embargo, quiero que me entiendan y no aminoren mis palabras pensando que esto es una mera retórica romántica, un eufemismo para desenmascarar el siniestro rostro del alma femenina. No soy quien, para tomarme tales atribuciones, simplemente cumpliré la función de un narrador que solo sabe algunos detalles superficiales de lo que respecta a los aciagos sucesos de Anna Turán.
››En mis neófitos años de actor, hice parte de una compañía irlandesa de teatro itinerante. Recorriendo la mayoría de las capitales de toda Europa. Por ese entonces representábamos en Praga una versión ultrajante de Pigmalión. Pero las desgracias nos acaecieron a una semana de estreno, nuestra actriz principal, cayó enferma, tan en enferma que solo pervivió un par de días más. Indignados, pero con la voluntad inquebrantable de los artistas, pretendimos continuar con las funciones estipuladas en la localidad, y aunque yo muy comedidamente me ofrecí a remplazar a la difunta, el resto de la compañía optó por buscar alguna actriz en Viena que quisiera encarnar a Elise Doolite. El tiempo jugaba a nuestra contra, solo contábamos con las horas de la tarde para perpetrar el engaño, la suplantación. Llenando el paroxismo dramático de nuestra situación las aspirantes no podían ser acaso más insulsas, todas eran un derroche de simpleza, una riqueza de estulticia y poca gracia. Ya desahuciados y a punto de renunciar con el espectáculo, apareció en escena ella. La figura más grácil y pagana que mis ojos enfermos han podido contemplar, por un momento creí ser presa de una ensoñación shakesperiana, siendo yo un borrico y ella, la reina de las hadas. No sobra decir que su talento para actuar era irreprochablemente nulo. Pero eso son tonterías que a nadie le importó. Contemplarla allí, muda, sublime, moviendo las caderas celestiales al ritmo de un jazz desenfrenado que el director hizo poner quien sabe porque, por el simple hecho quizás, de verla danzar, de adorar aquella agitación convulsiva de la carne trémula de su luna bifronte, oculta tras la tenue niebla de una falda zarrapastrosa que llevaba... Podíamos mandar al diablo la actuación, obviar el hecho que fuera analfabeta y que jamás se aprendería el guion, era tan perfecta en su ignorancia, tan natural su parecido con la creación idónea de Shaw, que el público al igual que nosotros, haría a un lado los reproches burgueses y anodinos de una crítica insolente, para quedar transido por dardo de Eros, al advertir esta Venus de carnes rijosas, gravitando por el escenario.
››La primera función de Anna fue todo un éxito. Todos los caballeros la ovacionaron y todas las damas presentes se marcharon indignadas, llenas de envidia y fingido decoro. En el teatro este tipo de cosas son pan de todos los días. Con la experiencia los artistas asumimos que siempre estaremos en un segundo plano en el arte de la impostación y la hipocresía, pues los honores de tan grandiosa industria se la lleva siempre el público presente. Ellos son los que mejor impostan esas máscaras aéreas de horror, sorpresa, agrado o excitación ante la farsa que tienen en frente. Son tan buenos, los canallas, que aun a sabiendas que somos unos pobres fantasmas, presumen dejarse engañar por nuestras niñerías… Y este frenesí de hipocresía desbordante lo vivió al poco tiempo del estreno la propia Anna. Quien debió lidiar todas las noches con filas de hombres que la esperaban a la salida del teatro, cargados de ramilletes, bombones, joyas y los más pobres y necesitados con la suplicante picha afuera de la bragueta. Anna, quien en el arte de ser mujer repuntaba ante sus escuálidas rivales, supe llevar con altives aquellos ataques de fanatismo. Sabía que todo aquel engaño de adoración y gloria perenne se iría apagando lentamente. Sus pensamientos fueron contundentes, con los días, el auditorio fue reduciéndose en número exponencialmente con cada función. Solo un hombre persistía noche a noche escondido, entre el público.
››En la última función de nuestra obra en Viena, aquel hombre taciturno, misterioso y ensoñador, que siempre la contempló desde la sombra, se acercó a ella como antes lo hicieran esas cortes paupérrimas de hombres mendigantes, para entregarle un retrato, donde calcaba fielmente la exuberancia de sus gráciles formas, imaginándola desnuda de tal manera que si para ella, aquel artista no resultase un perfecto desconocido, ella misma aseguraría que ese hombre conocía la desnudes de su cuerpo mejor que ella. En el dibujo lo que más sorprendía era la soberanía y detalle con el que edifico con unas simples pinceladas el majestuoso culo de Anna… Sobra decir, que la locura de la pasión consumió desde sus entrañas, el alma de la musa inmortal y del sufriente artista, amalgamando sus deseos en una hidra insaciable. Lo que aquella abominable criatura desencadenó me fue referido muchos años más tarde, por una de las voces de sus víctimas.
››Hace tan solo unos meses, que recorrí nuevamente esas calles lúgubres y mistificadas de Viena. Arterias de infinita y desalmada belleza donde confluyen todas las emociones del espectro convulsivo y contrariado del poeta. Aquellas que arrastraron tantas huellas de genios ya olvidados y que ahora servían de lienzo para dibujar el fracaso renuente de las mías. Era la primera vez que me estrenaba como autor en aquella despiadada ciudad, de la que tenía recuerdos tan ambiguos. Y para colmo, me atreví, sínicamente a presentar a la luz del mundo, Las Falócratas[1]. Era Viena, el más conspicuo escenario en el que yo pudiese visualizar tal decadencia de un reino falocrático.
››Mientras paseaba por sus parques, por aquella arquitectura ostentosa casi en ruinas, era imposible no percatarse de la similitud de la cultura con el bálano del miembro masculino, cuan sutil y pasajera se erige en el tiempo y con cuanta presteza decae en el oprobio marginal, para quedarse allí, yerta como una picha fría.
››Me encontraba en tal grado de ensoñación y pesadumbre que no hallé otra manera más sensata que lidiar con este desasosiego onanista, que, a la manera de mi sangre irlandesa, bebiendo hasta caer. Así pues, busqué el sitio más andrajoso y enriquecedor para mi espíritu celta. Y fue allí donde encontré, nuevamente entre las sombras de otros hombres, a aquel indómito Pigmalión. Lo abordé de inmediato, un aura fabulosa le envolvía, sentía en el espíritu de ese hombre un sufrimiento más profundo y maravilloso que el mío.
-¿Es usted Arsenio Cienfuegos?- le pregunté. Aquel hombre respondió con una voz tan lejana que me hizo pensar en las voces que escuchó Odiseo en su paseo por el inframundo.
-¿Me recuerda?¿Yo fui compañero de escena de Anna Turán? ¿dígame que ha sido de ella? - Fue tan solo mencionar aquel nombre para que ese hombre resucitara de entre los muertos y me mirara con el ardor de su apellido.
-¿De ella? ¿Qué ha sido de mi bella Anna?-
-si- repetí yo y con voz helada sentenció
-Muerta… muerta… muerta-
››La noticia me conmovió, pero no como esperaba. Es trágico escuchar que una creatura de singular belleza desaparezca con tanta prontitud de este fangoso mundo que tanto necesita de flores como ella. Sin embargo, es algo factico, la sublime belleza no puede perdurar por mucho tiempo en un ambiente tan hostil. Anna Turán, estaba predestinada como todas formas bellas de este mundo a perecer joven.
-¿Qué fue lo que ocurrió?-
Arsenio clavó su vehemente mirada en mi figura por un instante, como retándome a no sé qué extraño juego. Tal vez lo impávido y frívolo de mi semblante le aplacó un poco la cantera de sus retinas y comenzó su penosa confesión.
-Imagino que usted estuvo al tanto de nuestra pasión, por lo menos las primeras semanas, aquellos días volcánicos donde nos fundíamos en lava carnal. Olvidándonos del absurdo universo de esta sociedad hipócrita vienes. Anna fue para mí mucho más que una musa, fue mi obra irrealizable, mi lucha y mi locura. ahora creerá usted que mis palabras están construidas en la fingida poética que usamos los artistas para elevar objetos insignificantes a pedestales donde duerme la más profunda belleza… Se bien que usted la conoció, y sabe que no miento, que esa mujer podía conducir a un hombre a lo más primitivo y monstruoso de su forma. Y en eso me convertí. Toda ella era un campo de hermosura, en la que descollaba la soberanía magnánima y esférica de sus ancas ¿podría acaso el más fino compas delinear el absoluto redondel de sus caderas? Infinitas horas me quedaba de rodillas extasiado, en un trance más que religioso, ante aquel oráculo, intentando descifrar su misterio. Recuerdo aquella primera función cuando la vi salir a escena, ese leve giro que descubrió mi perdición y mi consuelo, vino a mi mente, de súbito, la frase de Dolmance:“¿Dónde hallaría el amor altares más divinos?”[2] Tantas veces intenté reproducir sus fabulosas formas, pero en vano quedaba mi trabajo. El hombre es un artífice mediocre ante el poderío de la naturaleza y más cuando la naturaleza se ha ensañado con toda su perfección en esas rubicundas nalgas. Oh, desenfreno al que me vi sumido, cuantos placeres profanos no disfrute de aquel prohibido fruto. Hasta dejar el vulgar alimento de los hombres para nutrirme únicamente con la ambrosia que esas nalgas me procuraban. Pero el deseo de poseerla, de recrearla, de inmortalizarla crecía a la par de la lujuria. Pasé del papel y del lienzo a la tridimensionalidad, quería aprisionar su forma en el barro. Entregando noches enteras depurando aquellas voluptuosidades, trazando una y otra vez la división de sus nalgas, reproduje más de mil veces el estrecho y oscuro agujero de perdición que se escondía entre esas dos montañas de placer. No podía permitir que el temible Cronos erradicara aquel durazno de afrodita, como lo hace con todos los frutos de esta tierra.
››¿Y qué papel jugaba ella, en estos pérfidos rituales a los creía someterla en mi delirio frenético e incontrolable, se preguntará usted? Era acaso ella más criminal, más perversa en su fingida sumisión, pues era yo, un pobre esclavo del deseo, mi voluntad se encontra encadenada a sus belles fesses. En pleno uso de sus cabales, sintiéndose adorada, asumió con orgullo el papel de mártir, disponiendo sin reproche alguno que yo fuese su verdugo. Porque sepa usted que, en este juego de seducción y violencia, los poderes están invertidos. El sádico es simplemente un instrumento para saturar el placer del masoquista, y como todo juego de poder, es un juego egoísta. El sádico obtiene un placer adyacente, creyendo que se le concede el control absoluto y en su megalomanía pierde de vista los hilos que le halan y le hacen hacer piruetas como una pobre marioneta de carnaza. Es el masoquista, ese perverso titiritero, quien pone límites a cada movimiento, a cada detalle, a cada escena de esta tragicomedia lasciva. Es él, quien da rienda suelta a la imaginación, quien, en su aparente postura de víctima, se deleita fabulando y concediendo falsos poderíos al victimario. Tema usted a la mujer, pues ella, dueña y hacedora de este juego, bajo el cambuj de su fragilidad esconde ese el profundo y siniestro anhelo de reducir a polvo todo rasgo de belleza en el mundo.
El único objeto al que Anna aborrecía en secreto era a aquella forma inacaba de barro, en la que atisbaba su más temido rival. Cuantas veces me suplico, besándome los pies las manos, para que dejara de una vez mi persistencia con ese objeto inanimado. Pero yo no podía ceder a su capricho, lo hacía por ella, no podía permitir dejar en un estado tan grotesco, tan imperfecto, tan ridículo aquel objeto que esperaba nos trascendiera. Necio y torpe he sido, ningún arte humano puede reproducir tal belleza. Intenté alcanzar la divinidad con mis vulgares manos para caer como un Ícaro. Entre más crecía mi obsesión de perfección por esa forma hierática y muerta, más se inundaba mi alma de perversión por arrastrarme a la forma viva de Anna. Más y más me hundía en los oscuros rincones del alma humana. Emule cuanto extravío perverso notaba en cada libro obsceno. Anna desde su trono, me empujaba con más fuerza a esas regiones nefarias del erotismo, de la degradación y glorificación de su cuerpo con tal que por un instante olvidara yo, la quimérica reproducción de su hermosura. Ay terrible desenlace… en un episodio de locura y celos Anna, permití que ella arremetiera con rencor hacia mi obra inacabada. Esto fue la perdición para ambos. En ese lapsus donde la marea se calma un instante. Entendimos nuestro pecado. Había muerto la sublimación, el deseo de muerte se hizo presente y tomo lugar en nuestro escenario. Nos situamos en ese lugar que tan claramente describió Bataille: “…muy lejos en un mundo donde los gestos carecen de alcance, como voces de un espacio insonoro”. Íbamos directo hacia la nada…
Su mirada se apagó y buscó consuelo en la mía. Yo me hallaba tan estupefacto que solo tuve fuerzas de convidarle a un trago de coñac para que continuara con el descenlace.
-Anna está muerta- prosiguió, con una mirada cenicienta perdida en el vaso de coñac- sus carnes ya no son más que un recuerdo. Envidia sentí de aquellos infames gusanos que devoraron ese lugar que fuese hacía poco, el templo de mi amor. No crea que no intenté desenterrarla para robarme y devorar un pedazo voluptuoso de su carne descompuesta y fría, pero la sociedad indolente no me lo permitió, me llamó loco. Volví luego a mi taller, y busqué por todos los rincones, los pedazos estériles de esa arcilla maldita, reminiscencias de mi crimen y la llaga de mi ser… tarde varios días en componer y acomodar uno a uno los fragmentos. Pero la visión que me produjo el conjunto no me produjo sosiego, por el contrario, me sumió en un estado febril… ¡Fuego! Quería incendiarla por dentro como hice con ella, en mi delirio pensaba que el fuego apagaría mi locura, introduje en su interior de barro aquel mismo objeto oval, metálico e incandescente que use en las entrañas de Anna. Quería verlo menearse como la serpiente de Milton, retorcerse de placer y dolor como lo hizo ella, en esa danza demoniaca siendo devorada por Hefestos, deseaba demostrar el lado opuesto de la obra insigne de Courbet.[3] Quería que esa horrenda escultura mía representara el fin del mundo, del mismo modo que aquella noche, lo representaron para mí las vehementes caderas de mi venus calipigia…-
-¿Y qué paso con aquel artista?- preguntó Krutikov, conmovido por la historia
-No lo sé- dijo O’higgins acariciando efusivamente la rata de hule- Dicho de pasó no volví a saber nada mas de aquel pobre artista ni de Viena. Mi obra fue un rotundo fracaso y fui señalado como persona no grata, por una aparente obscenidad de mi arte… ¡ ¡Lagartos! ¡eunucos! Bien entiendo ya el infierno que tuvieron que vivir Cienfuegos y Anna, como parias de esa sociedad hipócrita y mojigata que ha tanto necesita que le metan un huevo incandescente por el culo…-






 













[1] Obra de carácter erótico-política, bastante desconocida de Ralph O’higgins, en donde por medio de un monologo el pene de un hombre va narrando punto por punto, las diversas facetas de su fálica vida, a través de los años y el detritus de su virilidad pasando por la arrogancia monárquica y oligárquica que gobernaron su infancia y adolescencia, para luego dar paso a la plenitud ilusoria de la democracia que inspira la madurez insensata, hasta podrirse y perecer en la autocracia y la tiranía de una decadencia que solo termina en la impotencia y el encono. Todo esto ante un público enteramente femenino. Es por eso que el articulo determinado del título sea en femenino plural. Otorgándole así al público un papel determinante y protagónico en la obra.
[2] Sade
[3] Se refiere al Origen del mundo

viernes, 6 de enero de 2017

A contraluz de una diatriba

He intentado escuchar con detenimiento a The Beatles pero no he soportado los chillidos estridentes de una perra frígida como Bjork, de no menospreciar la obra literaria de García Márquez y Vargas Llosa. He desocupado tiempo en el tedioso oficio de contemplar una pretenciosa película de Lars Von Tiers o Cristopher Nolan, tarea ardua y anodina. He soportado incólume, como un espartano conversaciones y tratos con personas imbéciles, o sea con la mayoría de las personas que trato. He tenido que escuchar la verborrea grandilocuente y vacua de viejos prostáticos que presumen que el ser viejo los hace más sabios cuando su puerca vida la invirtieron en el mundo del engaño y la sofisticación. He leído opiniones de insensatos periodistas y orates que se presumen ser sabios por redes sociales, pisaverdes que no llegarán nunca a escribir un párrafo agudo o profundo, porque quizás nunca sabrán lo que exige la razón, no son más que el producto insolente y obsoleto de la sociedad del espectáculo a la que acusa Debord, son el eco del Vox populi acéfalo, que deja en manifiesto una sociedad sin esperanzas, sin resoluciones que se llena la boca con la palabra: CULTURA. he criticado muchos hechos, pero en casi ninguno he intervenido con la acción. He soportado gobiernos de necios oligarcas, atropellos de la autoridad, injusticias de los poderosos, los gritos insolentes de mis sobrinos malcriados, maestros orates que nada pueden ni tienen que enseñar… en este asunto hago un alto, pues nada he aprendido de las instituciones, tal vez un ínfimo desprecio por la norma irracional que imponen a los que intentan someter bajo su ala pestilente. Sueño vanamente hacerme autócrata, un idealista fabuloso como Stirner, un Quijote encerrado en una habitación ruidosa, enfrascado en libros de diversa índole, para permitir que la locura pase del lado ficcional de la literatura al lado marginal de la realidad en la que persisto sobrevivir un día más. Es esto una diatriba o un espejo de lo que soy y repruebo de mi imago, aquello que debo soportar hasta el día en que muera, pero me aferro al ensueño que la soledad me espera placida y lubrica, en la otra habitación de esta vida forjada en el rencor y el desconcierto.