martes, 6 de junio de 2017

Elegía para aquel que esta cansado

Tu que te levantas cada mañana y reniegas del sol, cansado de un nuevo día, de una nueva y mortecina ilusión.
Tu que pasas las noches insomne intentando franquear la espesa y seductora negrura que te susurra un misterio. Tu que estás cansado de mirar todo el tiempo la eterna pesadilla de existir. Esa maldita pesadilla que aun te hace soñar, ese único y ultimo sueño que no te permite descansar, ese que dibuja en tu rostro casi inexpresivo la perversa sombra de una sonrisa. Y te sueñas caer de muerte en muerte como Altazor.
Tu que no encuentras ya eco alguno en esos rostros huecos de los otros que ves en el abismo de sus vidas autómatas, que te acusan, te condenan y te olvidan…
Tu que te cansaste de los actos circenses de la vida, de las piruetas de payaso, de los trucos de ilusionista.
Tu que tienes la boca como un desierto de escupir en lo sagrado de la cultura y de hastiarte de lo profano que no es más que una moneda de una misma cara.
Tu que renegaste de tu estirpe, de tu oprobiosa herencia, de tu incierto e irrisorio porvenir.
Tu que descifraste el mutismo y el vacío que esconden las palabras y los gestos. Harto ya de los discursos de poetas y profetas que prometen el caos celestial.
Tu que alguna vez te escabulliste en subterfugios literarios, que adoraste falsos dioses, que creíste encontrar en los libros un consuelo.
Tu que repetiste tantas frases ajenas, en las que acunaste la ilusión de compartir un malestar colectivo, ese malestar que ahora te asfixia y te hace caminar tan lento y solitario, ese malestar que te hace perder el hilo de las cosas y tú por desgracia no tienes la gracia de ser amante de Aracne. Porque has preferido olvidarlo todo, aunque los recuerdos se agolpen como un muro, pero ¿a ti ya eso que te importa?
Tu que ya no tienes el corazón roto, ni remendado en mil pedazos. Tu que ya no eres un romántico como el joven Werther, aunque te seducen locamente sus actos. Tú ya no tienes tiempo para eso, pues tu corazón es un péndulo que marca las horas plenas de tu clausura.
Tu que estás cansado de gritar, de guardar silencio, de obedecer, de ser rebelde, de cuestionar y asumir los hechos y las especulaciones, de romper la norma, de excederte en los excesos, de amar y ser amado, de golpear y ser herido, de jugar al sabio y hacerte el tonto.
Tu que estas harto de este mundo de las ideas cubiertas de materia. Tu que te cansaste de todas las filosofías. Tu que creías ser nihilista, pero ahora lo niegas todo y te lo repites ante la soledad que te mira en las sombras. Porque tú no eres nada. Porque simplemente NO ERES.
No eres esa suma improbable entre infinitos ceros.
No eres la materia ni la antimateria oscura que gobierna el universo.
No eres parte del tiempo, ni de las cosas, ni de los recuerdos.
No eres el hijo de nadie. No tienes padre, ni nombre, ni madre, ni ley.
No eres un barco a la deriva pues no hay un mar ni un oleaje que te lleve a sitio alguno.
No eres una historia digna de ser contada, y, sin embargo, como vez acá estamos…
Tu desengañado y yo en calma, siempre he estado aquí aguardando toda tu vida este encuentro.
Yo que he esperado esta mañana soleada donde ya tan solo nos separa esa delgada línea que se agita con este viento vespertino.

Ven… ¿Qué esperas para dar el siguiente paso y estar juntos al fin?… Ven…

lunes, 20 de marzo de 2017

Doble bruma



Nunca fui y menos seré lo que he sido siendo, una vana sombra en la pared. Quimera de otra sombra que camina, que se pierde y se hace tiempo caduco, que simula la efigie postrimera de un hombre abstracto... Una sombra que se encorva, que suspira, que mira la sombra del sol arriba en una nube. Una sombra que arrastra los pasos con un bastón de piedra-sombra, diluyéndose en el humo de un cigarro, de infinitos cigarros que nunca han de apagarse, que no dejan de soplar humo, de crear la niebla en la que habito y dejo de existir, como un ser de ficción entre los sueños de otros escritores, me reconstruyo entre espasmos, titubeos de aquel que dice ser mi creador, bajo el manto de una lógica tenue que podría rayar con la cordura de los enfermos de vida, con una claridad que solo puede albergar el corazón de los suicidas. No soy el eco de la sombra que se transfigura y estira por la esquina, en la tarde de verano donde los niños idiotas juegan y ríen con sus amigos imaginaros, quizás otras sombras como yo, pero que son sombras de luz, espejos cristalinos que solo la mirada ingenua y perversa de los niños puede atisbar. Yo voy con el espectro de la vejez a cuestas o simplemente soy yo quien va a un costado unido a la muerte futura de aquella sombra que camina, de aquella sombra que mueve por las calles hasta caer la tarde, contemplando con deseo fúnebre las primeras prostitutas que se paran en la acera reflejando sombras mudas, cadavéricas, en el asfalto frío donde quizás hoy se muera un hombre joven sin llegar a la petite mort de la consciencia, en una cama de un motel cercano. Yo persigo a mi dueño, con la soga al cuello. Sin voluntad. Con el humo de su cigarro haciendo de mi memoria algo más efímero que el amor humano. Vago, vagamos, caminamos en silencio, en la niebla hacia la última calle donde se apagan las luces y el aire triste de la noche, murmura en su protolenguaje de sombras arruinadas: El bod obrusba le.

sábado, 11 de marzo de 2017

LA MANSIÓN DE OBLIQUE


Ya no sabe con precisión por cuanto tiempo ha dado vueltas al infinito corredor azul de la paracéntrica mansión  buscando las escalas que conducirán sus pasos al segundo piso, donde el magistrado Oblique le espera, quizás frunciendo el ceño por la escandalosa tardanza. Se detiene unos minutos fatigado, y se percata que el tiempo se ha detenido hace quien sabe cuánto, pues por la prisa olvidó darle vuelta a su reloj de bolsillo, que tanto atesora, al ser un legado familiar tan valioso para un hombre como él. Sin evidentes rasgos de preocupación, mira hacia arriba, aquellos cristales por donde la luz filtra  al final  de la bóveda. La tarde está cayendo, derrotada ante el tiempo que se detuvo en su reliquia de bolsillo. Baja nuevamente la vista, sabe que debe continuar su carrera por el corredor, tiene la ridícula idea que está siendo perseguido por alguien, pero solo son los ecos de sus pasos que resuenan en el corredor celeste, mientras recuerda con dilación, las palabras del viejo mayordomo que le abrió la pesada puerta de la mansión:
-Vaya derecho, por allí, bordeando la pared, esté atento y verá muy pronto una esquina, gire luego a la izquierda y allí mismo encontrará las escaleras que lo conducirán al recinto donde le espera el señor magistrado. -
Sus pasos permanecen, se prolongan… 

¿Puede acaso un hombre ser tan desatento de no sospechar y develar el  engaño, la vil trampa en la que se encuentra inmerso? Su tragedia no es la de Teseo. Es algo más simple, una vaga ligereza. Ha pasado por alto en sus incontables vueltas por el corredor, una palabra, un adjetivo y un hecho, por los que jamás podrá encontrar una esquina en aquella mansión, o por lo menos no lo hará hasta que las leyes de la geometría sean sometidas a un nuevo juicio por parte de una lógica deliberada y más compleja. 

viernes, 3 de marzo de 2017

Tractatum de la mala literatura

“Si sólo fuera posible que alguien se mostrara capaz de detenerse un instante,
 de callar un momento, a la vista de la verdad. Pero parece imposible.
Todos, yo también, nos aproximamos a la verdad, y la derrumbamos a fuerza
de centenares de palabras.”
(El discurso filosófico, Franz Kafka)

La gente ignorante debería escribir con más frecuencia
y refutar todo aquello que los intelectuales
escriben con arrogante pulso.
(Rapsodias de lo Humano, Fernando Olivetti)



Es inevitable llamarles idiotas, aunque al fin y al cabo, qué más da, seamos nosotros los únicos idiotas.

Un abismo prematuro a las fosas oscuras del intelecto, escabroso preámbulo a fruslerías agotadas del genio La humanidad humanística murió con D’Alambert y todos sus detractores Ya nadie cree cuentos de hadas, donde el hombre es un ser supremo, producto del azar y la naturaleza, desamparado por los dioses, creatura librepensante La humanidad ha crecido, crecido como un enano monstruoso, con rasgos seniles en órganos atrofiados poco desarrollados, ha dejado atrás esas supercherías y ha depositado sus postrimeras neuronas a la fe de cultivar su genio de manera menos infructuosa y desgastante

Estamos en un siglo pragmático, sintético, digitalizado, donde se vislumbra y se accede a la babel de errores improbables, de verdades apócrifas, de citas incongruentes, el universo del saber está a nuestros pies, en todo nuestro cuerpo, nos permea como el rocío, es el rocío, porque estamos tendidos en la hierba esperando que una musa nos sople la flauta y nos inspire con su gracia tecno-deífica  
No es necesario tomar un libro para presumir que conoces muy bien las mil y una noches, las hemos vivido de juerga, todas las noches de insomnio desenfrenado, levantamos la copa por el demonio en la botella de Nerval, por todos los escritores beodos como Faulkner o London, porque para escribir hay que beber, y para leer, estar predispuestos una terrible resaca gastroliteraria, aquel vomito exquisito que nos tradujo la literatura compleja de un siglo modernista, antiestético, antisemita, antídoto, anti-todo, todo, todo No sabemos un bledo del origen religioso de los efrit y el carácter católicomusulmano que estos terribles daimones encierran Tampoco entendemos la sensualidad que encierran los cuentos nocturnos de Sherezade que relatan eterna, reiterativamente que la vida es muerte en el calor del sexo y la batalla mientras el joven Jattin se halaba la tripa leyendo sin comas cada episodio erótico mortal Porque es la vida un juego, un juego de palabras, palabras que son humo de una ceremonia funeraria de un Aedo, palabras que revolotean en nuestra estrecha e infinita cabeza, nido de arañas…

Olvidamos que la magia no viene en baritas de estúpidos mozalbetes si no en lámparas que el mismo Salomón selló con letras sagradas, burlonamente hacemos befa, como necios sin retrovisores, de los idiotas que aún creen en dioses omnipotentes, para que ir a la iglesias si tenemos pantallas, cofres encantados de tecnología que encierran a… los hechiceros con acné no podrán salvar al mundo del mal necesario, es el equilibro de las sombras que propone el mundo perdido de oriente El balance funciona por los dos extremos Atlas cansado de cargar con nuestra estulticia está decidido hacer hoyo en uno en un agujero negro en cualquier momento de ocio, el planeta tristemente no está gobernado por un idiota o por simios suprahumanos que escriben novelas incorrectamente escritas en sus ordenadores de vanguardia, tampoco están bajo el mando inquisidor de editores burros que… la hecatombe es inminente desde que lloró por primera vez Gilgamesh en su cuna Nos aferramos a lo más insulso de la prosa para perdernos en lo insulso de nuestra imaginación perdida por las ondas electromagnéticas de sistemas de comunicación masiva, enciende la tele Lucho, que una prima tuya está mostrando las tetas en las noticias de mañana, es increíble que exista una versión escrita de esta parodia de la vida…  somos imperceptibles aunque nuestro nombre este circunscrito en un colosal banco de información, nuestra historia insignificante esta recopilada esperando ser impresa por algún ocioso sátiro, la vida al desnudo, que podamos con desgano los domingos, la originalidad era asunto de soñadores, ya es sólo asunto de patentes, no tenemos tiempo ni para tomar un café para mantenernos despiertos, esta absurda farsa exige sacrificios, debemos sacrificar las valiosas horas de lectura de la bella obra de Maupassant para ahogarnos en la cursilería de alguna historia de amor imposible y eternamente flácida
¿Dónde están las pijas erigidas en tributo a los clásicos eróticos? Una adolescente con algo de afinada chifladura podrá sólo encontrar el sosiego a su cabecita lubrica en los pasajes más obsceno de la biblia y el Corán, sin propósito justificamos que la palabra a dado un salto, que los escritores de nuestro tiempo tienen un saber incalculable en términos de economía, en idiotización mediática periodística. Lectores ciegos por la pereza hacen resúmenes de copy and paste, y el asno de maestro asno asno no no no sabe ni leer

Insigne bandera por la mala literatura muertos vivientes de pichas frías, romances estereotipados, sinopsis de pacientes comatosos, blablabla, habla mejor cualquier idiota sureño de Norteamérica Todo el mundo puede escribir bonito, existen trucos efectistas para eso si no pregunten al líder del boom, boom boom y la bomba aun no estalla, parece que se apaga lentamente, con un merecido sosiego en el alzhéimer y ahora genera sospecha los autores que se colocan repentinamente de moda, asquerosa sospecha,  es impertinente un libro que guie a las masas, aunque nadie ha escrito un libro que guie a las masas al desfiladero sin un lenguaje cifrado y siguen los cerebros colapsando en la mediocridad, el conformismo y la santa pereza, la bizca lee entrelineas que los intelectuales de turno se niegan a leer, tanto autores sin talento postulados al bestseller -bien sabía Salinger la gran desgracia que acaece con un premio- no te sientas afligido amiguito al leer bajo un árbol los versos apacibles de Lautremont, no importa que te llamen loco, que se burlen de ti porque no eres fanático de los crespos del culo de una histérica menopáusica que todos relamen con encallado deleite, o del señor que le rompieron el anillo en el baño de la prisión o porque tu sombra no se parece a la de algún homosexual reprimido y analfabeta, no llores amiguito, ser incomprendido es maravilloso, más cuando estas bajo la sombra de un árbol y te acaricia el viento de la soledad, y escuchas la voz de Maldoror en un aullido suplicante, MATALOS A TODOS, sonríe amiguito el mundo se tiñe de sangre en tus sueños, sonríe, que los idiotas son más y tú eres un sueño absurdo de sus peores pesadillas. Recuerda cómo se rieron del pobre Zaratustra cuando bajo de su montaña con la buena nueva y nadie quiso escucharle, recuerda, que los grandes hombres casi siempre terminan su vida por sus propias manos, porque han dejado de interesarse por la falsa lectura de este mundo. Olvida todo lo que aprendiste en el sofismo sinuoso de la vida, maldice a tus padres por haberte engendrado en este mundo y no ser como un personaje de niebla de Unamuno, pero no te pongas con lloriqueos, que aun tienes muchas cartas por jugar, tienes poca vida para seguir jugando el infinito juego, para sumergirte en la biblioteca total, escoge bien tus cartas, apuesta, afina tu dardo, lee hasta que te sangren los ojos, la practica hace al maestro, pero no te aseguro que ganes la partida porque como podría decir el buen Kafka: de entrada ya la tienes perdida.


La orfandad de los acéfalos

—Haced cuenta —dijo el Quirón— que soñáis despiertos. ¡Oh qué bien pintaba el Bosco!; ahora entiendo su capricho. Cosas veréis increíbles. Advertid que los que habían de ser cabezas por su prudencia y saber, esos andan por el suelo, despreciados, olvidados y abatidos; al contrario, los que habían de ser pies por no saber las cosas ni entender las materias, gente incapaz, sin ciencia ni experiencia, esos mandan. Y así va el mundo, cual digan dueñas: mejor fuera dueños. No hallaréis cosa con cosa. Y a un mundo que no tiene pies ni cabeza, de merced se le da el descabezado.” Baltasar Gracián

Contrario a la opinión de muchas parteras y nodrizas anticuadas, no creo que el abandono sea producto de la crueldad y el ostracismo que acaecen nuestros tiempos convulsos e infecundos. Mi opinión se destila de un simple cuestionamiento lógico. ¿Cómo se ha de alimentar a un acéfalo? Qué posibilidades tiene de ser amamantado por un blanco seno lechoso y fértil, si al haber sido arrancado de la cuna de las sombras, de la cálida esfera, ha permanecido imperturbable y sumido en la misma oscuridad y silencio que durante los meses de su gestación y el frio aire de la habitación que lo recibe no puede acariciar sus efímeras mejillas. Ese pobre infante, no ha de gozar la dicha de salir al mundo bufando enloquecido, haciendo berrinches y pataletas, en esa exigencia incomprensible que todas las creaturas cefaloideas, que de culos vienen a este mundo tienen por derecho. Por este primerísimo suceso podríamos vaticinar dentro de la teoría darwiniana, que este esperpento humano, no tendría muchas oportunidades de supervivencia. Pero contradiciendo todas estas expectativas evolucionistas, la realidad desmitifica esta implausible especulación, el acéfalo, por el contrario, es quizás, el espécimen que más se adapta de manera inmediata al mundo y todo precisamente por ese vago hecho de no percibir cambio alguno, de no tener perturbaciones externas, de no tener cabeza para meditar si tiene hambre o sueño, si está vivo o muerto. El origen de esta rara clase de hombres sigue en el campo de lo especulativo –como lo sigue siendo el de toda la especie humana- algunos aseguran que provienen de libia, pero el mito atribuido a Heródoto ha caído ya en desuso, nuestros tiempos exigen historias menos imaginativas, pero igual de risibles. Yo soy de los que prefiero estar más de acuerdo a la creencia, que estos acéfalos en principio no nacieron de este modo y que su origen es producto de una curiosa secta fundada por Bataille, en la cual se tenía por costumbre que, en sus rituales de iniciación, se le cortara la cabeza al neófito como prueba de su lealtad a la congregación. No puedo negar que en mi adolescencia mi afán por la sapiencia y por sentirme parte de algún grupo iluminado, toqué varias veces a su puerta sin respuesta alguna. Sin embargo, creo que esta hermética cofradía, incluso más que la de La aurora dorada- de donde me sacaron a patadas por el caris apasionado y delirante de mis ideas núbiles- es la culpable de la proliferación de estos nuevos hombres. Creo pues que los primeros miembros de la secta, afanosos de continuar su imperioso legado a futuras generaciones se dedicaron a la procreación de vástagos con cuanta mujer descocada encontraran dando así nacimiento a la nueva raza. Dejemos estas dilucidaciones de lado o terminare haciendo todo un tratado del origen de los Acéfalos, lo cual no es mi propósito para esta ocasión y volvamos a escudriñar nuevamente ese carácter enigmático que envuelve a estos mendas, intentemos echar de nuevo una a esta condición extraordinaria lo libera de todos los yugos que el hombre ordinario y pensante ha de sufrir en toda su vida, ósea, carecer de cabeza. ¿Cómo sobrevive este curioso espécimen? ¿Por qué no perece de inanición? ¿Acaso hemos vivido en el engaño por siglos creyendo que necesitamos del alimento de la vida para estar vivos y no es cierto? Es esto lo que me inquieta y me quita mis pocas horas de sueño. ¿Qué los mantiene con vida? Como es siquiera imaginable que un homúnculo sin expresiones faciales, sin encéfalo que se comunique con su medula para articular su cuerpo, sin voz y su escucha perdure y progrese de modo tan meteórico – sino estoy mal, creo que gracias a ellos se ha puesto tan en boga esa palabreja de Emprenderismo, creo que es para mí imposible desligar a un acéfalo de esa palabra, aunque la razón la ignoro, pero los grandes emprendedores que vemos hoy en día son ellos y no ningún hombre con cerebro. Otra de las cosas que inflaman mis lucubraciones y que desmitifica abruptamente mis creencias infantiles, es que un hombre que no pueda usar sombrero a falta de cráneo para sostenerlo puede deambular por el mundo y llegue incluso a dirigir las riendas de este. Esto es una cosa que me mantiene perplejo.
Admito que a pesar de la costumbre verlos diariamente, no logro adecuarme a la proliferación de estos sujetos que día a día invaden todas las calles de todas las ciudades, que caminan y toman el metro como todos nosotros, incluso les vemos manejar lujosos vehículos con una elegancia que ni los hombres de testa poseemos. He llegado a suponer a modo de consuelo paulatino, que de alguna forma esta condición inhumana que les diferencia del resto de nosotros, más que inclinarse hacia a la opinión de ser una discapacidad es por el contrario una virtud. Y quizás, si volviésemos a traer de las barbas esa teoría de ese viejo barbudo del Beagle, nuestro übermensch habría de ser el hombre sin cabeza. Ya que en su cuerpo no hay duda, ni raciocino que pueda perturbar la tranquilidad de sus noches, este Protohombre, nos aventaja y se desprende de esa pesada piedra de Sísifo que cargamos sobre nuestros hombros con fatiga o con orgullo según la suerte de nuestra obcecación. Vemos en su andar, el glamour de un paso más decidido y seguro que el de cualquier hombre pensante, en sus opiniones sin fundamento no hay error alguno pues su voz y eco nunca aparecen, es un ser áureo, y una especie de humor letéico gravita sobre su inexistente faz. Es la criatura más apta para este nuevo siglo, es el estandarte de la cultura de nuestro tiempo, el abanderado por la fortuna y la inmortal gloria de los dioses venideros. De este modo pues quiero dejar muy en claro mi más profunda admiración por estos seres a los que el hombre ordinario y obsoleto espero llegará a convertirse en un cercano atardecer, si la ventura nos es dadivosa y el esfuerzo infranqueable. Tengo buena fe en estos deseos, pero no es una fe infundada como toda fe. Tengo una fe científica, una fe en el progreso, en el emprenderismo, en la educación y la cultura, pues estos estandartes de la humanidad están arremetiendo notablemente para que estos cambios proteicos se avecinen más pronto de lo esperado. La humanidad no está desamparada, no caminamos ya a ciegas. Como he dicho con anterioridad, estos insignes acéfalos dirigen las riendas de nuestro destino. Y que mejor guía para un valle de sombras que un ciego que siempre ha vivido en ellas. Así pues, hombres pensantes, vanidosos e insulsos, parteras de ubres inflamadas con leche rancia de conocimientos obsoletos, dejad de llorar sobre las mentiras que el intelecto nos ha incendiado la cabeza y dejemos que el progreso siga su curso y marchemos todos sin reproche a la guillotina. Porque como bien nos lo de muestran estos ilustres acéfalos, ha de quedar abolida aquella infame sentencia de Descartes: Cogito ergo sum.

Así pues hijos queridos de la tragedia ilustrada, de los apócrifos de la historia, abrid, o más bien cerrad los ojos, y atended y entended, que los huérfanos famélicos no son ellos sino nosotros, que no hemos tenido el júbilo de una conciencia obnubilada y tácita, que nos hemos dejado seducir por el torrente de nuestras pasiones y anhelos, dejando que la obsesión discurra libremente en la creciente de ese insondable río que es nuestra mente, hasta el punto de perder la cabeza y dejar nuestras vidas a merced de la estulticia y la locura. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Cómo desmotar briquetas

Muro compuestos por ladrillos de Chema Madoz


Naufraga la idea en una conversación sin porvenir… Dos intelectuales sobrios sentados a pleno sol en una banca de un parque. Armando Turia sufre de daltonismo, pero nunca eso le ha impedido ser un gran artista. No tiene los problemas de profundidad que tiene Aldo Tapias, para intimar con una dama. Las vidas de ambos son mohosas y cansinas, no son tan jóvenes como se espera de los héroes de un cuento contemporáneo, ni son tan viejos para empoderarse del título de sabios. A duras penas Armando Turia a leído una buena cantidad de libros obsoletos, que le han llenado la cabeza de palabras y sintaxis obsoletas (el dios creador de esta farsa supone que muy pronto Armando Turia perderá la cabeza y será quizás recluido en un pabellón olvidado de algún escritor ruso) Aldo Tapias, culpa a Lacan y Joyce de envenenar las elucidaciones historicistas de Armando, dotándola de una jergafasia intolerable. Pero Aldo no es una perita en dulce en el asunto, no señores, Aldo es harina del mismo costal, aunque se escuda  asegurando ser un aprendiz de filósofo y cree ciegamente  que sus palabras están llenas de significado (aunque casi todas son insignificantes), que son tan profundas como sus deseos reprimidos hacia el género femenino. En resumidas cuentas, el lenguaje de Aldo Tapias no supera la articulación semántica de un onanista parágrafo (El sabedor y organizador de todo este embrollo empieza a creer que estos dos intelectuales terminarán siendo compañeros en el acilo más pronto de lo que imaginan.) 
El capricho pasajero de un narrador extranjero ha tomado cartas en este asunto. Ahora el creador de estos dos intelectuales que discuten sin llegar a ningún punto, se ha paralizado de horror. A descubierto que Aldo Tapias le ha guiñado el ojo a Armando Turia, como gesto de complicidad. El teatro de grafías concretas se ha difuminado para los tres personajes en juego y con inusitado descaro se ha develado el engaño: el creador nunca estuvo allí presente como narrador omnisciente, incipiente o impotente, ni tomando la imprecisa figura de primera, segunda o tercera persona,. El narrador es un sueño, solo tuvo lugar cuando Armando Turia le confesó a Aldo Tapias que ya estaba cansado de charlar por entre los muros intentando fabricar un narrador en el cual depositaron su fe, para algún día los erradicara del recuerdo infernal de la inexistencia de la vida con solo escribir un texto muy similar al que esta aquí expuesto.

jueves, 12 de enero de 2017

KALLIPYGOS

John Currin, Nude in a convex mirror

“El asesinato surge del amor, y el amor alcanza su máxima intensidad en el asesinato…” Mirbeau
En la mocedad de mi oficio, buscando nutrir mis ligeros conocimientos literarios, ejecuté una suerte de vagabundeos y pesquisas por el mundillo artístico londinense. Como era de esperarse, no tardé en descubrir la estrecha relación que eternizan los escritores con la bebida. Así que no me quedo otro camino que frecuentar todos pubs y bares de mala muerte de la localidad. Esta ardua y comprometida investigación me llevó a conocer un variopinto abanico de personajes excéntricos y delirantes, como también una cantidad deslumbrante de fracasados sin talento (entre los que me sentí siempre como en casa). Pero, de entre toda esta fauna de rarezas, derrotados e idiotas, quisiera abusar del recuerdo de un hombre, que de algún modo para mi reunía tan dispares caracteres, tan antagónicos que rosaban con lo cómico. Este hombre no era otro que, Ralph O’Higgins, columna vertebral del club de los irreprochables. No puedo decir que alguna vez fui invitado en este selecto grupo, del que nadie creo era miembro, aunque sí puedo decir que gozaba con una larga lista de desertores. Digamos pues que estuve allí por una suerte de azares o por el vano hecho de andar repetitivas noches, mendigando un polvo en los burdeles más indecorosos de todo Soho.
Quisiera referirme a una de esas noches en particular. Fue en The Pilgrim’s house. Entré en un momento en el que se disputaba una acalorada discusión entre los poetas, Adrik Krutikov y Mario Lepore, sobre la relación de la belleza y la locura en términos femeninos. Las cosas estaban un tanto salidas de proporciones. Lepore acababa de tirarle una pieza de ajedrez a Krutikov, dejando en jaque su ojo izquierdo, en ese preciso instante hizo su aparición estrambótica el buen O’Higgins, que salía del baño de mujeres, ostentando un glorioso vestido de dama victoriana, trayendo en brazos una rata de hule cubierta con un manto cual si fuese un indefenso infante. Al percatarse que los apasionados poetas estaban a punto de terminar su disputa como lo suelen hacer las personas de minuciosa entereza y exquisita cultura, o sea a los golpes, decidió que era propio intervenir de manera condescendiente y caprichosamente oscura:
Disculpen que interrumpa su solemne disputa, entenderán que estaba amamantando a esta criatura –dijo esto y señaló a la rata de hule. -
-¿Ahora qué quieres?- respondió uno de los poetas intentando salir de su desconcierto.
 -Adivinarán queridos capullos, que un tema tan peliagudo como el que ustedes tratan no ha de pasar por mis oídos, como la misa de los domingos, y mi lengua se perfila ya, a dar no una opinión o un juicio, sino a traer de la memoria la trágica fabula de un artista que ha mucho conocí en Viena y que quizás nos sirva para algo en este intrincado asunto. De esta historia logré constatar que la belleza de la mujer radica en su maldad, pero no en la maldad de los actos o pensamientos, si no en esa maldad intrínseca de la cual la naturaleza le dota y por eso tanto los poetas hemos dicho que es la mujer nuestra perdición y nuestro cielo. Sin embargo, quiero que me entiendan y no aminoren mis palabras pensando que esto es una mera retórica romántica, un eufemismo para desenmascarar el siniestro rostro del alma femenina. No soy quien, para tomarme tales atribuciones, simplemente cumpliré la función de un narrador que solo sabe algunos detalles superficiales de lo que respecta a los aciagos sucesos de Anna Turán.
››En mis neófitos años de actor, hice parte de una compañía irlandesa de teatro itinerante. Recorriendo la mayoría de las capitales de toda Europa. Por ese entonces representábamos en Praga una versión ultrajante de Pigmalión. Pero las desgracias nos acaecieron a una semana de estreno, nuestra actriz principal, cayó enferma, tan en enferma que solo pervivió un par de días más. Indignados, pero con la voluntad inquebrantable de los artistas, pretendimos continuar con las funciones estipuladas en la localidad, y aunque yo muy comedidamente me ofrecí a remplazar a la difunta, el resto de la compañía optó por buscar alguna actriz en Viena que quisiera encarnar a Elise Doolite. El tiempo jugaba a nuestra contra, solo contábamos con las horas de la tarde para perpetrar el engaño, la suplantación. Llenando el paroxismo dramático de nuestra situación las aspirantes no podían ser acaso más insulsas, todas eran un derroche de simpleza, una riqueza de estulticia y poca gracia. Ya desahuciados y a punto de renunciar con el espectáculo, apareció en escena ella. La figura más grácil y pagana que mis ojos enfermos han podido contemplar, por un momento creí ser presa de una ensoñación shakesperiana, siendo yo un borrico y ella, la reina de las hadas. No sobra decir que su talento para actuar era irreprochablemente nulo. Pero eso son tonterías que a nadie le importó. Contemplarla allí, muda, sublime, moviendo las caderas celestiales al ritmo de un jazz desenfrenado que el director hizo poner quien sabe porque, por el simple hecho quizás, de verla danzar, de adorar aquella agitación convulsiva de la carne trémula de su luna bifronte, oculta tras la tenue niebla de una falda zarrapastrosa que llevaba... Podíamos mandar al diablo la actuación, obviar el hecho que fuera analfabeta y que jamás se aprendería el guion, era tan perfecta en su ignorancia, tan natural su parecido con la creación idónea de Shaw, que el público al igual que nosotros, haría a un lado los reproches burgueses y anodinos de una crítica insolente, para quedar transido por dardo de Eros, al advertir esta Venus de carnes rijosas, gravitando por el escenario.
››La primera función de Anna fue todo un éxito. Todos los caballeros la ovacionaron y todas las damas presentes se marcharon indignadas, llenas de envidia y fingido decoro. En el teatro este tipo de cosas son pan de todos los días. Con la experiencia los artistas asumimos que siempre estaremos en un segundo plano en el arte de la impostación y la hipocresía, pues los honores de tan grandiosa industria se la lleva siempre el público presente. Ellos son los que mejor impostan esas máscaras aéreas de horror, sorpresa, agrado o excitación ante la farsa que tienen en frente. Son tan buenos, los canallas, que aun a sabiendas que somos unos pobres fantasmas, presumen dejarse engañar por nuestras niñerías… Y este frenesí de hipocresía desbordante lo vivió al poco tiempo del estreno la propia Anna. Quien debió lidiar todas las noches con filas de hombres que la esperaban a la salida del teatro, cargados de ramilletes, bombones, joyas y los más pobres y necesitados con la suplicante picha afuera de la bragueta. Anna, quien en el arte de ser mujer repuntaba ante sus escuálidas rivales, supe llevar con altives aquellos ataques de fanatismo. Sabía que todo aquel engaño de adoración y gloria perenne se iría apagando lentamente. Sus pensamientos fueron contundentes, con los días, el auditorio fue reduciéndose en número exponencialmente con cada función. Solo un hombre persistía noche a noche escondido, entre el público.
››En la última función de nuestra obra en Viena, aquel hombre taciturno, misterioso y ensoñador, que siempre la contempló desde la sombra, se acercó a ella como antes lo hicieran esas cortes paupérrimas de hombres mendigantes, para entregarle un retrato, donde calcaba fielmente la exuberancia de sus gráciles formas, imaginándola desnuda de tal manera que si para ella, aquel artista no resultase un perfecto desconocido, ella misma aseguraría que ese hombre conocía la desnudes de su cuerpo mejor que ella. En el dibujo lo que más sorprendía era la soberanía y detalle con el que edifico con unas simples pinceladas el majestuoso culo de Anna… Sobra decir, que la locura de la pasión consumió desde sus entrañas, el alma de la musa inmortal y del sufriente artista, amalgamando sus deseos en una hidra insaciable. Lo que aquella abominable criatura desencadenó me fue referido muchos años más tarde, por una de las voces de sus víctimas.
››Hace tan solo unos meses, que recorrí nuevamente esas calles lúgubres y mistificadas de Viena. Arterias de infinita y desalmada belleza donde confluyen todas las emociones del espectro convulsivo y contrariado del poeta. Aquellas que arrastraron tantas huellas de genios ya olvidados y que ahora servían de lienzo para dibujar el fracaso renuente de las mías. Era la primera vez que me estrenaba como autor en aquella despiadada ciudad, de la que tenía recuerdos tan ambiguos. Y para colmo, me atreví, sínicamente a presentar a la luz del mundo, Las Falócratas[1]. Era Viena, el más conspicuo escenario en el que yo pudiese visualizar tal decadencia de un reino falocrático.
››Mientras paseaba por sus parques, por aquella arquitectura ostentosa casi en ruinas, era imposible no percatarse de la similitud de la cultura con el bálano del miembro masculino, cuan sutil y pasajera se erige en el tiempo y con cuanta presteza decae en el oprobio marginal, para quedarse allí, yerta como una picha fría.
››Me encontraba en tal grado de ensoñación y pesadumbre que no hallé otra manera más sensata que lidiar con este desasosiego onanista, que, a la manera de mi sangre irlandesa, bebiendo hasta caer. Así pues, busqué el sitio más andrajoso y enriquecedor para mi espíritu celta. Y fue allí donde encontré, nuevamente entre las sombras de otros hombres, a aquel indómito Pigmalión. Lo abordé de inmediato, un aura fabulosa le envolvía, sentía en el espíritu de ese hombre un sufrimiento más profundo y maravilloso que el mío.
-¿Es usted Arsenio Cienfuegos?- le pregunté. Aquel hombre respondió con una voz tan lejana que me hizo pensar en las voces que escuchó Odiseo en su paseo por el inframundo.
-¿Me recuerda?¿Yo fui compañero de escena de Anna Turán? ¿dígame que ha sido de ella? - Fue tan solo mencionar aquel nombre para que ese hombre resucitara de entre los muertos y me mirara con el ardor de su apellido.
-¿De ella? ¿Qué ha sido de mi bella Anna?-
-si- repetí yo y con voz helada sentenció
-Muerta… muerta… muerta-
››La noticia me conmovió, pero no como esperaba. Es trágico escuchar que una creatura de singular belleza desaparezca con tanta prontitud de este fangoso mundo que tanto necesita de flores como ella. Sin embargo, es algo factico, la sublime belleza no puede perdurar por mucho tiempo en un ambiente tan hostil. Anna Turán, estaba predestinada como todas formas bellas de este mundo a perecer joven.
-¿Qué fue lo que ocurrió?-
Arsenio clavó su vehemente mirada en mi figura por un instante, como retándome a no sé qué extraño juego. Tal vez lo impávido y frívolo de mi semblante le aplacó un poco la cantera de sus retinas y comenzó su penosa confesión.
-Imagino que usted estuvo al tanto de nuestra pasión, por lo menos las primeras semanas, aquellos días volcánicos donde nos fundíamos en lava carnal. Olvidándonos del absurdo universo de esta sociedad hipócrita vienes. Anna fue para mí mucho más que una musa, fue mi obra irrealizable, mi lucha y mi locura. ahora creerá usted que mis palabras están construidas en la fingida poética que usamos los artistas para elevar objetos insignificantes a pedestales donde duerme la más profunda belleza… Se bien que usted la conoció, y sabe que no miento, que esa mujer podía conducir a un hombre a lo más primitivo y monstruoso de su forma. Y en eso me convertí. Toda ella era un campo de hermosura, en la que descollaba la soberanía magnánima y esférica de sus ancas ¿podría acaso el más fino compas delinear el absoluto redondel de sus caderas? Infinitas horas me quedaba de rodillas extasiado, en un trance más que religioso, ante aquel oráculo, intentando descifrar su misterio. Recuerdo aquella primera función cuando la vi salir a escena, ese leve giro que descubrió mi perdición y mi consuelo, vino a mi mente, de súbito, la frase de Dolmance:“¿Dónde hallaría el amor altares más divinos?”[2] Tantas veces intenté reproducir sus fabulosas formas, pero en vano quedaba mi trabajo. El hombre es un artífice mediocre ante el poderío de la naturaleza y más cuando la naturaleza se ha ensañado con toda su perfección en esas rubicundas nalgas. Oh, desenfreno al que me vi sumido, cuantos placeres profanos no disfrute de aquel prohibido fruto. Hasta dejar el vulgar alimento de los hombres para nutrirme únicamente con la ambrosia que esas nalgas me procuraban. Pero el deseo de poseerla, de recrearla, de inmortalizarla crecía a la par de la lujuria. Pasé del papel y del lienzo a la tridimensionalidad, quería aprisionar su forma en el barro. Entregando noches enteras depurando aquellas voluptuosidades, trazando una y otra vez la división de sus nalgas, reproduje más de mil veces el estrecho y oscuro agujero de perdición que se escondía entre esas dos montañas de placer. No podía permitir que el temible Cronos erradicara aquel durazno de afrodita, como lo hace con todos los frutos de esta tierra.
››¿Y qué papel jugaba ella, en estos pérfidos rituales a los creía someterla en mi delirio frenético e incontrolable, se preguntará usted? Era acaso ella más criminal, más perversa en su fingida sumisión, pues era yo, un pobre esclavo del deseo, mi voluntad se encontra encadenada a sus belles fesses. En pleno uso de sus cabales, sintiéndose adorada, asumió con orgullo el papel de mártir, disponiendo sin reproche alguno que yo fuese su verdugo. Porque sepa usted que, en este juego de seducción y violencia, los poderes están invertidos. El sádico es simplemente un instrumento para saturar el placer del masoquista, y como todo juego de poder, es un juego egoísta. El sádico obtiene un placer adyacente, creyendo que se le concede el control absoluto y en su megalomanía pierde de vista los hilos que le halan y le hacen hacer piruetas como una pobre marioneta de carnaza. Es el masoquista, ese perverso titiritero, quien pone límites a cada movimiento, a cada detalle, a cada escena de esta tragicomedia lasciva. Es él, quien da rienda suelta a la imaginación, quien, en su aparente postura de víctima, se deleita fabulando y concediendo falsos poderíos al victimario. Tema usted a la mujer, pues ella, dueña y hacedora de este juego, bajo el cambuj de su fragilidad esconde ese el profundo y siniestro anhelo de reducir a polvo todo rasgo de belleza en el mundo.
El único objeto al que Anna aborrecía en secreto era a aquella forma inacaba de barro, en la que atisbaba su más temido rival. Cuantas veces me suplico, besándome los pies las manos, para que dejara de una vez mi persistencia con ese objeto inanimado. Pero yo no podía ceder a su capricho, lo hacía por ella, no podía permitir dejar en un estado tan grotesco, tan imperfecto, tan ridículo aquel objeto que esperaba nos trascendiera. Necio y torpe he sido, ningún arte humano puede reproducir tal belleza. Intenté alcanzar la divinidad con mis vulgares manos para caer como un Ícaro. Entre más crecía mi obsesión de perfección por esa forma hierática y muerta, más se inundaba mi alma de perversión por arrastrarme a la forma viva de Anna. Más y más me hundía en los oscuros rincones del alma humana. Emule cuanto extravío perverso notaba en cada libro obsceno. Anna desde su trono, me empujaba con más fuerza a esas regiones nefarias del erotismo, de la degradación y glorificación de su cuerpo con tal que por un instante olvidara yo, la quimérica reproducción de su hermosura. Ay terrible desenlace… en un episodio de locura y celos Anna, permití que ella arremetiera con rencor hacia mi obra inacabada. Esto fue la perdición para ambos. En ese lapsus donde la marea se calma un instante. Entendimos nuestro pecado. Había muerto la sublimación, el deseo de muerte se hizo presente y tomo lugar en nuestro escenario. Nos situamos en ese lugar que tan claramente describió Bataille: “…muy lejos en un mundo donde los gestos carecen de alcance, como voces de un espacio insonoro”. Íbamos directo hacia la nada…
Su mirada se apagó y buscó consuelo en la mía. Yo me hallaba tan estupefacto que solo tuve fuerzas de convidarle a un trago de coñac para que continuara con el descenlace.
-Anna está muerta- prosiguió, con una mirada cenicienta perdida en el vaso de coñac- sus carnes ya no son más que un recuerdo. Envidia sentí de aquellos infames gusanos que devoraron ese lugar que fuese hacía poco, el templo de mi amor. No crea que no intenté desenterrarla para robarme y devorar un pedazo voluptuoso de su carne descompuesta y fría, pero la sociedad indolente no me lo permitió, me llamó loco. Volví luego a mi taller, y busqué por todos los rincones, los pedazos estériles de esa arcilla maldita, reminiscencias de mi crimen y la llaga de mi ser… tarde varios días en componer y acomodar uno a uno los fragmentos. Pero la visión que me produjo el conjunto no me produjo sosiego, por el contrario, me sumió en un estado febril… ¡Fuego! Quería incendiarla por dentro como hice con ella, en mi delirio pensaba que el fuego apagaría mi locura, introduje en su interior de barro aquel mismo objeto oval, metálico e incandescente que use en las entrañas de Anna. Quería verlo menearse como la serpiente de Milton, retorcerse de placer y dolor como lo hizo ella, en esa danza demoniaca siendo devorada por Hefestos, deseaba demostrar el lado opuesto de la obra insigne de Courbet.[3] Quería que esa horrenda escultura mía representara el fin del mundo, del mismo modo que aquella noche, lo representaron para mí las vehementes caderas de mi venus calipigia…-
-¿Y qué paso con aquel artista?- preguntó Krutikov, conmovido por la historia
-No lo sé- dijo O’higgins acariciando efusivamente la rata de hule- Dicho de pasó no volví a saber nada mas de aquel pobre artista ni de Viena. Mi obra fue un rotundo fracaso y fui señalado como persona no grata, por una aparente obscenidad de mi arte… ¡ ¡Lagartos! ¡eunucos! Bien entiendo ya el infierno que tuvieron que vivir Cienfuegos y Anna, como parias de esa sociedad hipócrita y mojigata que ha tanto necesita que le metan un huevo incandescente por el culo…-






 













[1] Obra de carácter erótico-política, bastante desconocida de Ralph O’higgins, en donde por medio de un monologo el pene de un hombre va narrando punto por punto, las diversas facetas de su fálica vida, a través de los años y el detritus de su virilidad pasando por la arrogancia monárquica y oligárquica que gobernaron su infancia y adolescencia, para luego dar paso a la plenitud ilusoria de la democracia que inspira la madurez insensata, hasta podrirse y perecer en la autocracia y la tiranía de una decadencia que solo termina en la impotencia y el encono. Todo esto ante un público enteramente femenino. Es por eso que el articulo determinado del título sea en femenino plural. Otorgándole así al público un papel determinante y protagónico en la obra.
[2] Sade
[3] Se refiere al Origen del mundo

viernes, 6 de enero de 2017

A contraluz de una diatriba

He intentado escuchar con detenimiento a The Beatles pero no he soportado los chillidos estridentes de una perra frígida como Bjork, de no menospreciar la obra literaria de García Márquez y Vargas Llosa. He desocupado tiempo en el tedioso oficio de contemplar una pretenciosa película de Lars Von Tiers o Cristopher Nolan, tarea ardua y anodina. He soportado incólume, como un espartano conversaciones y tratos con personas imbéciles, o sea con la mayoría de las personas que trato. He tenido que escuchar la verborrea grandilocuente y vacua de viejos prostáticos que presumen que el ser viejo los hace más sabios cuando su puerca vida la invirtieron en el mundo del engaño y la sofisticación. He leído opiniones de insensatos periodistas y orates que se presumen ser sabios por redes sociales, pisaverdes que no llegarán nunca a escribir un párrafo agudo o profundo, porque quizás nunca sabrán lo que exige la razón, no son más que el producto insolente y obsoleto de la sociedad del espectáculo a la que acusa Debord, son el eco del Vox populi acéfalo, que deja en manifiesto una sociedad sin esperanzas, sin resoluciones que se llena la boca con la palabra: CULTURA. he criticado muchos hechos, pero en casi ninguno he intervenido con la acción. He soportado gobiernos de necios oligarcas, atropellos de la autoridad, injusticias de los poderosos, los gritos insolentes de mis sobrinos malcriados, maestros orates que nada pueden ni tienen que enseñar… en este asunto hago un alto, pues nada he aprendido de las instituciones, tal vez un ínfimo desprecio por la norma irracional que imponen a los que intentan someter bajo su ala pestilente. Sueño vanamente hacerme autócrata, un idealista fabuloso como Stirner, un Quijote encerrado en una habitación ruidosa, enfrascado en libros de diversa índole, para permitir que la locura pase del lado ficcional de la literatura al lado marginal de la realidad en la que persisto sobrevivir un día más. Es esto una diatriba o un espejo de lo que soy y repruebo de mi imago, aquello que debo soportar hasta el día en que muera, pero me aferro al ensueño que la soledad me espera placida y lubrica, en la otra habitación de esta vida forjada en el rencor y el desconcierto.