jueves, 17 de marzo de 2016

Capítulo pérdido


Ahora está allí, ausente de… ansiosa por ser… su piel trémula, moribunda, renaciente, anhelante, gime por esos poros entreabiertos, su cuerpo una simulación, esa impostura daimónica de venus griega que ha sido robada y olvidada en una habitación mugrosa de Camden Town… atadas las manos dilatan el gesto de sus formas, el cabello es un péndulo que apunta al abismo y al infinito con el tic-tac de cada respiro exagerado. Una llave vieja se ha perdido, un hombre sin rostro la ha hurtado, ella ha dejado de creer en las promesas de todos los hombres, ahora solo quiere ser…. Esta cautiva, es la presa que se precipita a la rapiña, la inocente victima que espera con alevosía el juicio, la sentencia insospechada del verdugo. Intenta susurrar una melodía nerviosa, una escena de Ravel que nunca ha visto pero que su amante le ha contado tantas veces son apasionada labia, con esa voz sórdida de la necesidad fútil para hurgar con sus punzantes dedos en el secreto de su… parece una diva de antaño, una Rita Hayworth viciosa y depravada, más perfecta y sublime, de carnes prietas e infames ocultas tras  ese rostro de muñeca insolente y caprichosa. El crecento de los pasos, la melodía de corazón ponzoñoso. Se aproxima su conquista y su derrota, (el sueño de la muerte)  es ella el tesoro y la perdición del corsario, ella es la sirena que canta su propia marcha fúnebre. Los sentidos se agudizan, siente como la llave penetra en la grieta, como irrumpe en el cuarto, recreando el acto sacrílego, se gira la perilla, un leve gemido en la madera que suda de emoción o así lo parece, la piel de la sirena se congela con la leve briza voyerista que se instala en la habitación, sus respiros se incrementan, el corazón quiere morir, quiere lanzarse a ser… su redención esta próxima, lo sabe, presiente los pasos del chacal en la niebla. La balanza se inclina a la pluma perversa, el corazón solo quiere ser devorado, no recuerda el mañana y no le atormenta el ayer… El instante vivo, el instante superfluo, la razón de la vida, la necesidad de la muerte alegórica y tangible… alguien está allí, ¿es él? Solo puede ser él…el aire cortando sus tejidos, la firme mano acaricia su cabello, unos labios besan su corona, ella se deja seducir por la futura bestia, que nada conoce pero todo lo quiere hacer suyo… los dedos helados se deslizan delicadamente, redondean un seno, pellizcan infantilmente el pezón sonrojado, cada vez con más fuerza, la boca de hielo se abre con dolor y ansiedad, esos labios penitentes solo imploran amor, otra violenta garra le toma el péndulo de su cabello y lo sacude con ese impulso frenético de fiera, (no busca el infinito ni el abismo, aguarda el caos), en los forcejeos , su cuerpo se erige como una edificación tributaria para el rey Nergal, haciendo una figura cabalística, vibrante, indefensa, segura, contradictoria, indescifrable, laberíntica, quimérica, audaz, mordaz, canalla, sublime, locuaz, vital, enferma, enemiga, rutilante, recóndita, intima, saqueada, paupérrima, horrenda, deiforme, girasol de luna, cangrejo de fuego, lluvia y fuente de pena y placer… la suavidad de un infranqueable muro la oprime, su labios besan lo desconocido, lo invisible… de espaldas al asecho incertidumbre, no hay donde correr todos son muros, muros que se estrechan en esta enceguecida pasión… besos impuros colman sus voluptuosidades, un saludo de Hefestos la saluda, hace huellas, la somete, la lengua recorre el canal que se forma en su espalda haciendo un arco barroco, el portal fatídico de Minos, la lengua sigue circundando por el Aqueronte, sin Virgilio, sin Ulises, sin Eneas, sin Quevedo, al precipicio a la deriva, al lugar prohibido, los zarpazos de un cervario magullan las lunas de sus nalgas, los confines de sus muslos prehistóricos… Proserpina solo quiere un beso de su oscuro monarca, quiere que las fauces del Inframundo le arranquen la máscara mortal, ese ardid de ser que aun la oprime en la banalidad de un mundo huraño e hipócrita. Los colmillos se adhieren y ensañan en el infernal paraíso femenino, el dolor procura vida, la sabia del conocimiento perenne. El rumor de las alas de un precioso arcángel acaricia su oído izquierdo, es el más querido, el más infame. La pluma se trasmuta en la alquimia perversa, el inmaculado puñal pululando en la harina carnal, las dos cumbres sodomitas reciben el primer tributo. Ella se pierde en un grito mudo, el icor emerge con una brillantez y belleza desconocida… otro tributo, otra muestra de lubricidad ignota, el cuerpo sacrílego convulsiona con excentricidad y locura, una boca se posa en las bifurcaciones del Janto que floreció en sus montañas níveas. Se implora de nuevo un beso, aquel beso supremo, que está vedado. El puñal sube por el canal, por el arco barroco de la columna, se detiene maliciosamente en el cuello, un profundo respiro, es el amor añorado, Anubis se transfigura en instante, el péndulo ha dejado de moverse, ella quiere ser amada, quiere dejarse consumir por las llamas de esas caricias benditas del suplicio, por esos besos homicidas, por esa boca sádica.
El imperio de la sirena se rinde a la lujuria, su sentencia esta prescrita desde el origen de la primera falacia de Lilith… (Es mujer y demonio)

¡Oh vino de monarcas eternos!
¡Icor de mi fiel Amanda!
Todo se consume en la llama
De un eterno y anhelado beso.



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