viernes, 9 de octubre de 2015

A mi padre


¡Cuánto dolor! Esta casa se llena de sombras con tu ausencia. El silencio de tus pasos, de tu voz hace eco en la memoria. Aun presiento que al bajar estas escalas te encontraré allí, sentado en el sofá, haciendo tus crucigramas, o escuchando canciones de antaño en tu inseparable radio y que luego me pedirás en tu cómica manera: “Mono, que bueno. ¿Bajaste a hacer cafecito?” Y ahora, ¿quién tomará ese café en las tardes? ¿Quién regañará a los perros porque ladran sin cesar? ¿Quién me esperará hasta la madrugada, preocupado por mi regreso, porque siempre olvidaba llamarte? ¿Quién me enviará vídeos y mensajes por montones al teléfono? Y lo más importante ¿A quién haré sentir orgullo de su hijo algún día? Te llamo por los rincones de esta casa desolada y mi voz me recuerda tu voz, preguntando: “¿Mono guevón, me querés?” Ya te has ido y mi respuesta se pierde en estos muros. 

Lamento haberte hecho sufrir tanto por mis fracasos, por hacerte enojar por mi incompetencia y mis miedos, lamento no poder besarte una vez más la frente antes de dormir y susurrarte al oído: “Gracias Padre.”