La plétora de Jano



Son las tres de la mañana y sigo angustiado, las cervezas no han logrado apaciguar este desasosiego, incluso he creído escuchar el latir acelerado de mi corazón retumbar bajo estas cuatro paredes. Pero mi angustia, no es trágica, mi angustia no encierra una profunda amargura, mi desasosiego como lo he llamado es una ilusión de una alegría, de una febril alegría que se aproxima, que como una ola se agita en el horizonte, que me ha visitado con frecuencia estas últimas semanas. La ansiedad es producida por el deseo, por el afán de tener de nuevo bajo mis brazos aquel delicioso placer, que ahora se me escurre por los dedos de mi ensoñación. Pero sé que vendrá, sé que la otra amargura, no tiene cabida esta noche. Sé que esta airada y conspira contra mí, aquella siniestra que por tantos años fue mi amante. Aun siento en nimios murmullos sus gritos desesperados, acusadores: Eres poeta, y para ser poeta debes abrazar, debes abrazar la soledad…
Su voz lastimera es el eco de otro poeta, que se anestesiaba como yo con alcohol y putas. Todos los poetas somos míseros reflejos de otros poetas. Somos una fraternidad de espejos torpes y maltrechos. Pero yo he saltado al otro lado. Por eso estoy ansioso. Por eso sufro en la espera de que llegue mi alegría, nada podrá perturbarme, nada podrá seducirme para que vuelva a la senda del escrutinio. Ahora soy un verdadero creador, soy la resurrección de Thalos, el artífice supremo, que ha salido de su fase primitiva y se eleva como el fénix. Mis creaciones ahora no gravitan en ese halo de ambigüedad, en esa locura por existir, por figurar, por ser reconocido en mis creaciones. Mis obras son criaturas libres, libre pensantes, ajenas a mis caprichos, pues he abandonado todos mis caprichos, estoy liberado de mis propios oprobios, la efervescencia de lo misterioso se reveló ante mi como otra causalidad más en este universo de efímeros símbolos.

Algo no está bien. Algo le ocurre a la luna, parece enferma. Desde el pequeño agujero de mi ventana puedo percatarme, que algo no marcha bien allá arriba. ¿Tendrá algo que ver con el retraso de mi alegría? Empiezo a inquietarme, doy pasos en círculos, en elipsis, en triángulos construyo ciudades de polvo con mis pasos, pero la luna sigue enferma, moribunda quizás… rompo el hechizo de la noche sin estrellas y me olvido del agujero. Me siento en el suelo. Cierro los ojos y coloco la palma de mi mano derecha sobre el piso de madera. Está cálido, palpita al unísono de mi corazón inquieto. Presiento los pasos. Unos tacones inseguros. Cada vez más cerca. Ya llega mi alegría. Esto absorto por la emoción, mi corazón está a punto de reventar… Son las tres menos cuarto, se desploma estrepitosamente un lado en la balanza…


No recuerdo cuando fui feliz pero sé que lo he sido. Sé que alguna vez me he sentido vivo. No puedo recordar muy bien cuando ha sido. Porque ahora solo me alberga el dolor pulsante que me procura aquella figura al fondo del cuarto. Mis ojos están bañados en lágrimas, mis manos en sangre, mi boca esta tibia por el caliginoso beso… pero... irremediablemente, he asesinado a Amanda. Todo es amargura.

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