martes, 18 de agosto de 2015

En tipo con suerte

Leon Spilliaert


Es un pobre hijo de puta. Otro más que va para el archivador. Tiene frío y hambre por vivir. El pobre crío no sabe ni garcharse una fulana, es malo para eso incluso, tiene la picha fría, tiene ideas delirantes sobre el onanismo que lo anulan, cree en princesas de coños celestiales que mean aguamiel. Es jodido cabrón, un empedernido derrotado, un inservible objeto de engranaje que no encaja en ninguna maquinaria de esta vieja empresa. Incluso los perros tienen lastima por él y le tiran sus migajas, y él las come como si fueran a salvarlo de la perdición. Pero no se puede salvar a un agujero de su fondo, no se puede salvar a un dios del olvido, como no se puede salvar a una mujer de su locura. Este pobre esperpento la tiene perdida y no tiene como salir del aprieto. Ahora estamos aquí, los tres. Tu apuntándole en los huevos con tu smith and wesson mientras sonríes por su desgracia, mientras el suplica por su miserable vida y yo le saco la madre a golpes, encarnizado, desfigurando la memoria de ese rostro sin valor... Al final este pobre hijo de puta tendrá mejor suerte que nosotros dos, es el único que en un instante se pirará de esta letrina y nosotros tendremos que volver al nido a rendirle cuentas al malnacido que nos paga por darle piso a tipos con suerte como este. Sigue sonriendo Joe, que tarde o temprano alguien nos estará apuntando a los huevos…

domingo, 16 de agosto de 2015

Breve consejo para un escritor desconocido


Goya

¡Vamos inténtalo! Vamos, no puede ser más difícil de lo que ahora haces. Es como si hicieras lo mismo pero de manera más estúpida, más sencilla, menos ostentosa. Bájale el tono a las palabras, de esa manera no podrán entenderte. Tienes que bajarle el tono, acomodarte al tono de los demás, así sientas que estas faltándole a alguna ley sagrada de tu literatura que nadie lee. Que nadie lee porque no la entiende, porque está en un nivel que ni tú, muchas veces entiendes. Porque permites que las palabras salgan como un torrente sin control y no tienes filtro. Escupes y escupes palabras, y luego te preguntas para qué. ¿Cuál es el propósito de tanta palabrería? ¿Acaso quieres ser tomado como alguien culto? No, no eres culto. Eres como el resto. ¿Quieres ser reconocido? Entonces porque tienes como santo de devoción a Salinger. Nada te importa, quieres salir del atolladero, pero quieres salir ileso, sin que la gente te señale y te digas que te has vendido. Pero sabes que para salir a flote, debes venderte o sino no tendrás posibilidad alguna. Sé un escritor de tu tiempo, y para eso debes bajarte del ideal de ser un escritor que ademas se jacta de ser un excelente (eso a nadie le interesa), un escritor laureado por catedráticos que ya están a un pie en la tumba. No eres ningún profeta de una nueva prosa, eres un acartonado, un retorico, un don nadie con ínfulas, un payaso que aprendió un par de palabras de más del diccionario y ahora quiere exhibirla a los demás compañeros de tragedia. Date por vencido no tienes más alternativa que rendirte a las exigencias de la época. No busques lectores que no existen, lectores como los que crees que leyeron a los autores que tú tanto admiras, en esos tiempos, quizás eran más iletrados, más analfabetas que ahora, eso no importa. El caso es que ahora escribir es un asunto de ventas, no un asunto de estilos elevados, de textos encumbrados que harán cambiar la visión del mundo. No, la gente lee para entretenerse, para escapar, para intentar soñar con algo mejor o peor. Pero si les pones trabas con el lenguaje te dejarán a un lado, te mandaran a la mierda y cogerán al autor que sigue tras de ti en la fila. Así que bájale el tono a tu tono y asume que debes darles a todos lo que quieren. Los escritores modernos se hacen escritores solo cuando los publican y a ti, nadie publicará si no te aplomas un poco y bajas la cabeza como un buen perro y admites que te han puesto la cadena y el bozal.

sábado, 1 de agosto de 2015

La plétora de Jano



Son las tres de la mañana y sigo angustiado, las cervezas no han logrado apaciguar este desasosiego, incluso he creído escuchar el latir acelerado de mi corazón retumbar bajo estas cuatro paredes. Pero mi angustia, no es trágica, mi angustia no encierra una profunda amargura, mi desasosiego como lo he llamado es una ilusión de una alegría, de una febril alegría que se aproxima, que como una ola se agita en el horizonte, que me ha visitado con frecuencia estas últimas semanas. La ansiedad es producida por el deseo, por el afán de tener de nuevo bajo mis brazos aquel delicioso placer, que ahora se me escurre por los dedos de mi ensoñación. Pero sé que vendrá, sé que la otra amargura, no tiene cabida esta noche. Sé que esta airada y conspira contra mí, aquella siniestra que por tantos años fue mi amante. Aun siento en nimios murmullos sus gritos desesperados, acusadores: Eres poeta, y para ser poeta debes abrazar, debes abrazar la soledad…
Su voz lastimera es el eco de otro poeta, que se anestesiaba como yo con alcohol y putas. Todos los poetas somos míseros reflejos de otros poetas. Somos una fraternidad de espejos torpes y maltrechos. Pero yo he saltado al otro lado. Por eso estoy ansioso. Por eso sufro en la espera de que llegue mi alegría, nada podrá perturbarme, nada podrá seducirme para que vuelva a la senda del escrutinio. Ahora soy un verdadero creador, soy la resurrección de Thalos, el artífice supremo, que ha salido de su fase primitiva y se eleva como el fénix. Mis creaciones ahora no gravitan en ese halo de ambigüedad, en esa locura por existir, por figurar, por ser reconocido en mis creaciones. Mis obras son criaturas libres, libre pensantes, ajenas a mis caprichos, pues he abandonado todos mis caprichos, estoy liberado de mis propios oprobios, la efervescencia de lo misterioso se reveló ante mi como otra causalidad más en este universo de efímeros símbolos.

Algo no está bien. Algo le ocurre a la luna, parece enferma. Desde el pequeño agujero de mi ventana puedo percatarme, que algo no marcha bien allá arriba. ¿Tendrá algo que ver con el retraso de mi alegría? Empiezo a inquietarme, doy pasos en círculos, en elipsis, en triángulos construyo ciudades de polvo con mis pasos, pero la luna sigue enferma, moribunda quizás… rompo el hechizo de la noche sin estrellas y me olvido del agujero. Me siento en el suelo. Cierro los ojos y coloco la palma de mi mano derecha sobre el piso de madera. Está cálido, palpita al unísono de mi corazón inquieto. Presiento los pasos. Unos tacones inseguros. Cada vez más cerca. Ya llega mi alegría. Esto absorto por la emoción, mi corazón está a punto de reventar… Son las tres menos cuarto, se desploma estrepitosamente un lado en la balanza…


No recuerdo cuando fui feliz pero sé que lo he sido. Sé que alguna vez me he sentido vivo. No puedo recordar muy bien cuando ha sido. Porque ahora solo me alberga el dolor pulsante que me procura aquella figura al fondo del cuarto. Mis ojos están bañados en lágrimas, mis manos en sangre, mi boca esta tibia por el caliginoso beso… pero... irremediablemente, he asesinado a Amanda. Todo es amargura.