miércoles, 29 de julio de 2015

El personaje y su actor


Jean-Antoine Watteau, Pierrot
 
 
Te miras en el espejo pero es otro el que te mira. Haces gestos de reproche, pero el reflejo te hace muecas de burla. Indignado ante el prodigio quieres gritar pero tu voz muere en el vaho del espejo.
Ladra un perro quien sabe dónde y tienes la impresión que aquel animal a robado tu aliento.
La figura en el espejo sigue asechándote con su terrible sonrisa, no comprendes lo que ocurre, quieres correr, alejarte de aquel reflejo atroz que te recuerda al bufón de un rey perverso en una obra de Shakespeare. Pero tú no eres el guasón de ningún rey, aunque así te sientas mientras pasas horas y horas sentado en un cubil de dos por dos, haciendo informes para el déspota de tu jefe de planta. Pero eso no te hace un payaso, por el contrario te sientes miserable, como un insecto corporativo, siempre presumes en tus pequeños círculos de idiotas que eres un Kafka, pero sin la facultad para la escritura, es mas no tienes ninguna facultad para manifestar tu inconformismo, ni siquiera tus triunfos o tus alegrías, porque tú nunca has tenido nada de eso, nada de que granjearte, siempre has sabido que eres el reflejo de la derrota. Pero ese reflejo no es el que te mira en este instante, este reflejo es incluso más hostil que el rostro que día a día te mira en las mañanas y te recuerda el patetismo de tu vida obsoleta. No, este rostro que te mira, es un rostro mezquino, déspota de un juglar sin alma, un hombre sin amo, un actor sin director. Es un desconocido, un enemigo, no es tu sombra, ni un recuerdo, ni una proyección de lo que nunca podrás ser. No, ese no eres tú, ni nadie que conozcas, ese hombre que te mira no es nadie, pero se ríe de ti, se ríe de todo cuanto eres. De tu impotencia, de tus falsos empeños por huir.
Te detienes a pensar y sabes que puedes irte cuando quieras, pero no quieres. Quieres quedarte allí contemplando aquel reflejo que deberías ser tu pero no lo es, sigues allí sin comprender muy bien, pero sospechas en su mirada, que pronto aquel que te mira, se cansará de aquel rictus, te heredará su sonrisa, dará media vuelta y no volverá mirarte nunca más.

lunes, 27 de julio de 2015

La caída





Desde un pequeño montículo de tierra, ambos miraban como se agitaba la única mandarina en el copo del árbol que tenían en frente a solo unos metros. La contemplaban porque no había nada más que mirar.

El cielo estaba turbio, como si la lluvia estuviera a punto de caer sobre ellos, pero no caía, no pasaba nada, el cielo permanecía gris y mudo. Ellos seguían imperturbables, mirando y mirando aquel fruto que colgaba del árbol.

Pero una cosa era lo que sus ojos atisbaban, otra muy ajena era lo que cada uno de ellos pensaba en aquel estado de concentración fortuita. Ella dejaba vagar su mente en recuerdos felinos, en todos los gatos que había acogido en su casa desde muy pequeña. Desde ese entonces había tenido una empatía por estos animalitos que de alguna manera representaron aquella libertad con la que siempre había soñado. Fabricaba un recuento de los diversos nombres, de las personalidades y manchas particulares de cada uno de ellos, rememoró también cuántos de ellos habían huido por los tejados detrás de una gata en celo para perderse para siempre en la noche entre aullidos desgarradores de placer y horror, otros simplemente se habían aferrado a su cariño maternal y habían fenecido por el tiempo, la enfermedad o las casualidades accidentales. Intentó pensar cuál de todos era el felino que más había querido y no pudo llegar a una respuesta concreta, para ella todos tenían algún recuerdo valioso que les ofrecía una extraña igualdad en su memoria.

Por su parte, el chico que parecía más concentrado que ella, estaba absorto, las manos le sudaban pero no podía ella notarlo, pues las mantenía en su bolsillo, con un gesto de placidez y desinterés que no dejaban mucho a la sospecha. En su mente solo gravitaba el deseo, su mente volaba imaginando el momento correcto de besarla. Llevaba días, cavilando, meditando infructuosamente la estratagema, que le ayudaría a conquistar esos labios. Sus noches se hacían eternas, tratando de dibujar en su cabeza, la sonrisa de esos labios que figura más dulces y jugosos que la mandarina que oteaba en ese instante.

...Mientras ellos se distraían en aquellas bagatelas humanas, la mandarina se debatía solitaria contra la brisa que la agitaba, aferrándose con un ímpetu feroz y paradójicamente fútil a la endeble ramita, sin que  ninguno de sus dos observadores casuales comprendieran el porqué de aquella batalla.

Sumidas están todas las criaturas, las naturalezas y los espíritus en el instante, expectantes, ansiosos, frustrados, derrotados, placidos y melancólicos… solo el viento ríe porque solo él puede dar el veredicto final, solo él puede arrastrar el pasado y traer nuevos aires al presente, solo él puede barrer con las ilusiones, el deseo, los pensamientos, la perseverancia, el instante y la vida para dar paso a la caída de lo inadvertido e inevitable.
 

lunes, 13 de julio de 2015

La voz que lleva lo leido (escritura automatica enajenada)



Una boca que ufana ritos, placeres concretos, con un vaho que estremece el desierto. Oculta está la voz que pronunció el comienzo de la agonía, el canto de la cópula y la crápula de los muertos. Carece de sentido la sintaxis de su prosa, la elocuencia de sus gestos no alcanza a revivir el corazón de las sirenas que aún esperan sobre las olas el regreso de Odiseo.

El poeta ha perdido la cabeza por una mujer que ha sido fuego intemporal de todas las atrocidades del mundo. Ahora quiere desprenderse de la carne y dejar salir a jugar a su daimon, esa almita en pena que se da tumbos contra los muros de la razón. Ha blasfemado ante las piedras druidas, ante sus maestros y sus discípulos, ha sonreído a la pasión que solo le es lícita a los volcanes y las grandiosas fuerzas destructoras de la naturaleza. Sus runas la heredo un niño que sin dientes ha impostado con ellas unos colmillos, al lado de una anciana sorda que susurra al viento una historia que hará temblar el pasado de un emperador olvidado.

sábado, 11 de julio de 2015

La máscara de piedra


¿Quién calentará mi picha fría en estas noches de soledad? ¿A dónde se han ido todas las ninfas absurdas que salen al rescate de animales desprotegidos? Ni los ángeles de la lujuria quieren apiadarse de mí. Estoy plantado en este sitio como el árbol de Godot. Ni los labradores vienen a mutilar mi agonía, para hacer de mis recuerdos fuego y luego ceniza. Los días transcurren en una burbuja de hierro. Soy un árbol que babea en la colina, un árbol solitario, que ha dejado de dar frutos y tiene el rostro de piedra y el alma encadenada del hombre sensual, que atrapado en el sino pérfido de un cuento kafkiano intenta penetrar en el sueño del placer a través del dolor perpetuo de la ilusión. El viento es insoportablemente cálido, mi rostro permanece inmutable, pero anhelante porque no es mi rostro quien lo presiente, es la máscara de piedra quien amuralla el grato candor de la ventisca, mi falo, intenta empinarse bajo el ramaje y los nidos de cuervos que lo ocultan, pero han pasado tantas horas que su forma es el eco de un eunuco. Ante el espejo un protohombre brillante como el gran astro, me sonríe implacable, más que su mueca burlona me ofende su pija en alto. Se agarra los huevos y se va dando saltos de colina en colina sodomizando cortesanas, escurriendo ríos de semen en lozanos senos marmóreos, fecundando la muerte y la locura que alguna vez yo ambicione sembrar en el horizonte. El corazón palpita con fuerza, pero está cansado, es un reloj que olvidaron darle cuerda y que para colmo una fiera dejo caer al piso. Quiero ahuyentar con mis brazos endebles a los niños que desde abajo me lanzan guijarros y se mean en mis raíces, mientras sus madres ofrecen a la vista de mi máscara, sus chochos gastados y virulentos, dilatados, prestos a parir nuevos demonios. Bajo este rostro no puedo llorar, mis lágrimas se convierten en arena. He decidido morir de la forma más cobarde, ya que el suicidio me es prohibido, he decidido hacerme poema. 

lunes, 6 de julio de 2015

Del otro lado de la marea

GOYA

Nada estará bien. Todo se ira al despeñadero. Otro muerto más que se pierde en las auroras, otra sombra más que se difumina en el horizonte, otro rostro que se ahoga en la memoria de unos ojos indescifrables. Versos interminables, silencios prolongados en rincones olvidados de una habitación empolvada que la madre no vuelve a mirar. La pesadilla terminó. La vida verdadera se abre ante los ojos del santo. Adiós a la máscara, la impostura de la dama blanca gobierna el instante supremo, la voluntad de Tiamat es un hecho y destruye a la palabra de Nebu. No restan susurros, lágrimas o remembranzas. La nostalgia se funde en el olvido. El moribundo abre la boca en un rictus triunfal. Ciego ante el paisaje perecedero, vidente de la eternidad, ha vencido a la puta, a la embustera, el falso cambuj de la vida, la eternidad le aguarda. Las falacias del cuerpo y la sangre no lograron vencer, despellejado, libre del dolor de existir, grita con odio, miedo y asco en su gran despedida, a ese mundo que quiso hacerlo aferrar a una ilusión. La muerte es vida. La vida una ilusión fútil de todos los muertos que la sueñan… Ahora todo está bien, del otro lado de la marea.