jueves, 18 de junio de 2015

Sorbos automáticos de Luterius

Gustos, un vaso de cerveza michelada, autor positivista, sin flujo una revisión posterior no a priori en tiempo real imposible, la mecánica cuántica de lo absurdo, la palabra el absurdo, cardiaco, el aro sin entender el claxon de los movimientos semánticos, una linterna para inaugurar el mural de los lamentables augurios de la noche. Una virgen, una carita virgen de una niña que me mira cuando no me mira, en sus sueños yo la miro la espío, no sabe que ambos gritamos a la orilla del río, ¿Cuántas veces escribo poesía sin saber que es poesía? Poesía escribe cualquier marica que se auto proclama poeta, como un feto que se auto-proclama pre nato, como un augur que predice el pasado. Como los sofistas que beben la sangre de Epicuro, como los borrachos que bebemos los restos de la copa de Diógenes.
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Por cada trago una vomitada de palabras, difícil ejercicio no pensar olvidarse del mundo y del odio, la organización y su caos mediático automático, reproductor, como las vacas lecheras como los conejos y las religiosas ardientes, no me fascinan las almejas ni los pulpos, pero amo la salmuera, las miasmas de una concha virgen, inmaculada.
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Tercer sorbo, sorbo Sorbona, que asesinen a los ridículos, muerte a Rabelais, muerte a Moliere y al discurso del método, muerte a la razón, a los masones y a dios, y adiós palomita que te vas de mi mano, que te vas con fulanos como la papusa de un tango, en un firulete, en un lunfardo que no reconozco, vuela un mosco en tu risa y se filtra en tu mueca y rezuma en el escollo de tu sucia criatura de tu boca ya muerta.

sábado, 6 de junio de 2015

La arcada


Ocho escalones faltan para intentar atisbar el oscuro piso entapetado con terciopelo carmesí, lleno de manchas y amalgamas tatuadas por el tiempo. Los pasos cansados, de fatiga casi laboral y mortuoria. Sospechado pantano que puebla y reside entre las botas. Larga meditación, titubeo en el último escalón. El hielo del pasado vuelve a la memoria, rompe los huesos y congela el corazón lleno de pánico y angustias. Las paredes húmedas pintadas de azul con cenefas de florecitas blancas. El sitio se visiona callado y con poca luz, cuelga a lado izquierdo de la empinada una lámpara de aceite que hace mucho no se usa. Quizás la poca luz se deba a las ventanas de la planta de arriba, algunas con cortinas cerradas por el espanto, otras desnudas, friolentas. El polvo acumulado, deja huella de los pasos, telarañas en los rincones, nidos de un abrupto pasado, la brecha de un porvenir inhóspito e inhumano. Solo pequeñas criaturas habitan ya la vieja casa, insectos rastreros, escarabajos, cucarachas, polillas, pulgas y ratas. Si tan solo ellos pudieran hablar, contar la historia que está grabada bajo la cal de estos viejos muros. Bestias que huyen medrosas al atisbo del visitante usurpador. Agujeros, gritas, civilizaciones secretas, diminutas. La casa vació un universo silencioso de nuevas y variadas sociedades. Hace más de dos generaciones alejada del yugo del hombre. Ahora desolada, llena de vida incauta. La madera de los escalones que parece revelar alguna historia, algún acontecimiento vetusto.

En otro tiempo se escuchaban risas infantiles, cantos hermosos, eternos por el corredor.

“La luna duerme, luna duerme
El sol perezoso se levanta con bostezos.
Entre el cantar de alondras y de trinos”.

Alicia y Magdalena, las dos hermosas niñas rubias, de cabellos ensortijados, ojos grises como el cielo y de risas tan puras como himnos de inocencia. La luz que llenaba de alegría el corazón del padre, el sufriente padre, que había quedado a cargo de las pequeñas luego de la fatídica muerte de su fiel esposa. La vida injusta, una enfermedad perversa, invierno atroz, mujer postrada en una cama, moribunda, avisos de abandono. Dios se olvidó de ellos, lo dejo el ojo de la desolación. El triste funeral al comenzar la primavera, la primera flor creciendo en el patio central de la casa, triste azucena. La muerte la injusta muerte. Ahora el padre, el responsable del futuro de las pequeñas. Él, atareado comerciante, que viajaba de pueblo en pueblo, atravesando mares, cruzando valles, aprendiendo lenguas. Las niñas al cuidado de una matrona gorda pero amorosa. La distancia era algunas veces breve, un par de semanas, tristemente uno o dos meses. El tiempo apremia, la infancia es corta, los niños crecen, los juegos cambian, la primavera viene con nuevos cantos, con el más bello de todos, el primer amor, el inocente deseo de flor. ¡Cuán hermosas eran las dos muñecas! los años las hicieron musas para cualquiera que las atisbase por vez primera. Juguetonas y alegres, divinas princesas. Pronto muy pronto los castillos y los tulipanes que fabricaron en su mente se fueron desmoronando por el ardiente sentimiento que crecía en sus corazones. Adiós a los jardines imaginarios, el corredor se despoblaba de infantiles rezos y crecía un joven anhelo. ¡Oh terrible celo! Que se apodera de la cabeza del padre, en sus ojos siempre, siempre serán sus niñas, las niñas de papa. El temor a quedarse solo, a que otro granuja le robara el trono de su amor. 
Nadie turbaría aquel amor paternal, nadie le usurparía su amor.

Las jóvenes princesas veneraban al padre, pero deseaban secretamente a un príncipe esbelto y majo, que les arrebatara su corazón. Deseaban ser amadas, adoradas, colmadas de besos y caricias. El deseo crecía, el amor estaba afuera en la primavera. A hurtadillas en silencio, en las ausencias del padre, mientras la matrona dormía, salían en la alta noche para encontrarse en el lago con sus bellos enamorados. Besos, eróticos versos, cartas, más besos, tantas caricias. La plenitud del amor juvenil lleno de fuerza y rebeldía. La razón de la vida pura. Noches que se esperaban duraran para siempre, que ese eterno beso nunca llegara a su fin. Aprendieron a amar, de dejarse llevar y ser poseídas por el huracán de sus deseos, pero todo en secreto, todo lejos de la casa, del corredor, de la matrona y el padre. Más la dicha juvenil es tan solo un sueño, una chipa que se extingue prontamente y de los románticos juegos pueden venir emisarios más fuertes. Fue así como germinó en Alicia, el fruto de un amor secreto. ¡Oh santo Dios! ¡Cruel tragedia! Sino maldito del pecado, presa del pecado y la desesperación, la desilusión del padre, la vergüenza de todos. No hubo más remedio, no hubo más sendero. Encerrada en su cuarto, con presura y miedo se ahorco con las sabanas de la cama de una viga del techo. A la mañana calurosa todos fueron atropellados por el nefasto. La cara púrpura, la boca seca y negra. La magdalena de rodillas, rezando desconsolada en un mar de lágrimas. El padre apuñalado por la cruel visión, su luz, su vida colgada allí, pálida, muerta. Alicia fue sepultada en verano y días después Magdalena se enclaustro en un convento y nunca más volvió a visitar a su viejo y solitario padre. La casa fue dejada en venta, pero nadie quiso comprarla a causa del trágico incidente.
Allá abandonada quedo la vieja casa, el mágico corredor. Allá en el polvo y la tristeza del recuerdo.

Es trágicamente hermoso desterrar el viejo dolor, terminar y repetir  los pasos antes del último.  Apoyar la mano en el barandal d la escalera que conduce al cuarto de nuestras tristezas más profunda, las heridas que nunca sanaran en nuestro corazón marginal.

Antes de perecer, es grato, volver a los lugares que preferimos olvidar. Con voluntad o no, remembramos lo que se ha perdido en el pasado. Todo es circula, un caracol, así como el imaginario corredor, el jardín de tulipanes y castillos, de risas y cánticos.

“La luna duerme, luna duerme
Y los niños duermen, todos duermen,
En el crepúsculo todos duermen”

Dos escalones faltan para estar a salvo en la gracia divina del señor.


Tres en cuarta




















Podríamos hablar de las cosas que nos turban. De todos esos documentos históricos que se arruman en los anaqueles de nuestra infamia. Hace tanto que dejamos atrás las fabulas, la moraleja de la tortuga, para dedicarnos a la faena de ser comediantes de este siglo inacabado, posteriores a Garrik. Somos inexpertos en este juego quimérico de símbolos infinitos. Yo soy un tanto novato en este nuevo paso, aunque tu mirada es custodia y tiemblo…

-¡Malditos animales turbados!- grita una voz interior

Se compendiaban tan infinitamente perdidos aquellos tres exóticos foráneos, que variadas lenguas obraban. Indivisibles conocedores de algo, en la saliva un poco de latín -Paulo pos futurum- No atinaban con la dirección de la aguja que apuntaba la coqueta. Discutían escabrosamente entre ellos, como discípulos y colegas, como monarcas adversos de reinos exiguos por el tiempo, fluctuando cual sendero tomar, y aunque dos de ellos fuesen ciegos ya en sus comunes ocasos y en el otro la visión de las campanas de la realidad taconeara ilusoria y ridícula todos conocían el sendero pero evitaban la elipse que en el infinito de proyecta como una línea recta. El uno muy fino y enguantado fumaba de su pipa, opio y yerbas fantásticas traídas del centro de la selva amazónica, el ciego tomaba mate ya tarareaba alguna milonga del pampero gaucho y el penúltimo desde la arista derecha la mesa, cantaba en un portentoso inglés algún viejo villancico o quien sabe que, un canción de amor. Residían allí, aquejantes, primitivos y cautelosos, semejantes a calaveras de marineros litorales. Las palabras eran silenciosos escandalosos, pero sus nombre aun imprimían centenarios vitalicios, de jactancia y ascendencia.

En la orla eternizada, irrisorio se consuma el simbolismo de la afectación, la llave Salomónica, donde poco se difiere en las infinitas estanterías, de los colosales escaparates, guardias de galimatías enciclopédicos lucubrados en cosechas sempiternas o en los sueños de
tiempos interminables. Los álbumes de sus difuntos reflejos pasquines, grabados en púrpura, no en negro, nunca en blanco. La tinta seca en contraste de un papel amarillento que se lo zampa el tiempo con su glotonería de horas y décadas. Nuevos volúmenes que pregonan la imagen del primer libro devorado.

Rendidos a su derrota, sin alcanzar la brújula o la espada, advirtieron los tres, un perro mugroso y con sarna que entraba en ese agujero de conejo y sin ladrar algún saludo para alguno de los presentes, se meó embustero y con desfachatado ímpetu, bajo la pata de madera de la mesa coja del frente. Y sin mucho aliento, como a modo de maullido de can arcaico, largándose al demonio repitió para los cuatro:

Fíjate que el techo es de mañana
Y en domingo la espuma está en barata.


El mugriento sinvergüenza gruñó un fingido adiós y se fue al diablo, no sin dejar una inquietud en las cabezas, una incertidumbre en el alma, no sin suscitar un misterio.

-¿Qué fue lo que quiso decir ese pulguiento bicho, con ese verso tan raro?- preguntó para todos en la consola el de ligero mostacho irlandés desde la arista izquierda llevando sus anteojos bien puestos  y sin aun hurtarse el sombrero. – ¿Quieres té?- preguntó el franchute a talante de evasiva, sin tener muchas intenciones de responder a la anterior diatriba.
– ¡No! Es realmente absurdo, extravagantemente quimérico y ni siquiera es lunes aun, para andar visitando al señor conejo, ¡maldito perro estúpido con maullido de gato!- dijo el irlandés algo fastidiado o tal vez curioso
-¡Se ve a leguas que ese perro no sabe ladrar!- repitieron los tres a coro para sentirse de alguna forma aliviados
 –no soporto este paradójico disparate, estoy harto de jugar a comprender mis propios enredos ¿para qué albergar en mi cueva otro más?, ¿dime tu pequeño Stephen que piensas de tu descarado padre? ¿Sientes vergüenza de tu ponderoso creador?- Los que se hallaban en la mesa, miraron desconcertados, con ojos de vaca al forastero
–El pobre tipo debe haber perdido su poco de cordura, debió por culpa de su sombrero o por Kitty O,shea, o por la idéntica Nora…- Murmuraron entre si los otros dos.

-¿Dónde estarán los demás? ¿Dónde está aquel al que siempre hemos buscado? ¿Habéis visto acaso al insolente niño merodear por nuestra mesa?-

-No, no le hemos visto, de haberle atisbado no estaríamos aquí tan perdidos, tan desorientados- respondieron los otros extranjeros, al forastero.

-No queda más salida en este laberinto que dar vueltas en círculos, la espiral y el vértice de esta, ya de nada sirven- replicó el francés con astucia y ensueño.


-tienes razón querido asno, tienes toda la razón- asintió el otro, el ciego. Luego de colapsar un tiempo en el tiempo todo, los sentados nómadas, se pusieron de pie, en el muro y caminaron tontamente por la triangular estructura, sin hallar el radio de la constante. Horas infinitas cruzaron, instante irrepetibles y no llegaron posiblemente al lugar deseado. Es de locos caminar en círculos en formas piramidales. El mismo punto cruzado era para el entonces algo más que un imposible, irrepetible, no existía en la marcha, la creación nigromántica del 1, ni acaso la copia del 2 y el tres, el 3, era solo una risible penitencia de jesuitas (padre, hijo, espíritu). La idealización del cubo, la formula precisa, era más absurda y descabellada e incluso para estos tres caminantes guías, que sin notarlo, siempre fueron 4. Sin sospechar que el cuarto siempre estuvo hay y sigue allí, contemplando, escudriñando, caminando, dando vueltas en círculo persiguiéndose la cola, como repitiendo el moviendo de su sombra. Apretando su vida en ese caracol donde está grabada la historia del hombre y de todos los hombres. Es cuarto forastero que trata con locura de encender el fuego de los dioses muertos o relegados y ahumar en la cumbre del lenguaje todo lo que no resta ni suma fuera de la triada, del ciclo.

viernes, 5 de junio de 2015

Del otro lado de la rosa


¿Cómo esculpir una princesa con un fluctuante polvo de estrellas?

Rosa multiforme, efigie incorpórea
Que habitas en la sombra de un sueño.
Trasciendes el tiempo, en el filo de la muerte
Que nunca llega.

En la eterna noche, bajo una cúpula celeste
Donde todas las galaxias han perecido
Ante la última nota de tu voz cansada 
Que me llama desde el fin de las cosas.

Yo te sospecho desde el otro lado de la rosa,
Donde tú eres el sueño y yo la vida,
Donde yo soy la promesa, tú la llama extinta.
Donde yo soy el pasado, tú mi futuro prolijo.
Allí, donde el universo es un pequeñísimo espectro,
el vaho de una ventisca que deshoja el silencio.