miércoles, 22 de abril de 2015

COSAS QUE SE PIERDEN


-Figúrese doctor, desde hace más de un mes que no la encuentro. He buscado en todos lados, bajo la almohada, en cada  rincón del armario, en el baúl de la abuela donde guardo recuerdos, cartas de amores perdidos, objetos emocionalmente valiosos y no le he encontrado... Incluso he preguntado en el café donde suelo ir, he preguntado a mis familiares y conocidos, si por error no la olvide en alguna esporádica visita a sus casas. Me preocupa doctor, me preocupa que no aparezca, es que es tan pequeña y ligera, que puede haberse caído por cualquier lado, incluso, filtrarse por alguna grieta o agujero. Estoy desesperada doctor, es la herencia más valiosa que me dejo mi madre antes de morir, y me hizo prometerle el día antes de su muerte, que nunca fuera a perderla. Y ya ve, la he perdido. Cada día que pasa muere con él la esperanza de encontrarla, he visitado todas las anticuarias, todas las tiendas exotéricas, las compraventas y en ningún lado saben darme algún guiño una luz de donde pueda estar. 
He de serle sincera doctor, una tarde, cansada de buscarla como una loca, he pretendido comprar otra similar, para intentar llenar su ausencia, a un buhonero que según he escuchado es experto en obtener esa clase de cosas perdidas. Efectivamente, el viejo buhonero, tenía una, no era como la mía, pero aun así se la compre – no sé cómo entregue semejante cantidad por esa baratija-. Pero entiéndame doctor, estoy desesperada, tenía que consolarme con algo, llevaba varias noches sin dormir, pensando en ella, y en los pocos instantes de sueño, aparecía mi madre reprochandome que la hubiera perdido.
Por unos días, debo confesarle, aquella bagatela sirvió un poco, o por lo menos eso creí para mis adentros. Pero con el transcurrir de los días, mis amistades comenzaron a preguntarme, que me ocurría, que lucía diferente, algo en mí les resultaba particularmente extraño. 
Nadie sabía muy bien que era lo que me pasaba, lo que me faltaba, porque me veía ante todos tan distinta, solo yo lo sabía. Fastidiada por la estafa, arrojé aquella porquería al cruzar por un puente luego de regresar de una fiesta. Ahora me arrepiento un poco, porque a partir de entonces, las cosas empeoraron, aquella nadería había sembrado la semilla de extrañeza en mis conocidos, y ahora todos me miraban de un modo inquietante, sin saber muy bien que, descubrieron que había perdido algo muy importante para mí. Todos comenzaron a preocuparse, he intentaron subirme el ánimo, pero era improbable, mientras no encontrará aquel obsequio perdido de mi madre.
Ya le he dicho que ha pasado más de un mes. Y estoy hecha una desgracia como ve doctor. Por eso estoy acá. Porque ya he perdido toda esperanza de encontrarla. Por eso he venido a usted para que me dé alguna solución, para que me diga una palabra o alguna receta, algo...-
El doctor, la miró confundido desde su escritorio y preguntó con fingida amabilidad
-pero señorita, dígame que ha perdido usted, dígame que ha extraviado para poder ayudarla.-
La joven dio un profundo suspiro y respondió

-Ay, doctor ¿acaso no lo nota? He perdido la sonrisa que de mi madre había heredado. 

domingo, 12 de abril de 2015

Comedores de Bizcochos


Sentado en el pasaje de Versalles, pienso en los viejos, mientras intento tomarme un café oscuro con unos pasteles hojaldrados. Divago en el procedimiento de la ingesta, ese titubeo que no ha de faltar en esta nimia ceremonia de bizcochos con café, me siento un infractor a cada sorbo, a cada mordisco, y cuando quedan solo las migajas sobre el plato y contemplo en el fondo de la taza el asentado de aquel oscuro líquido, me envuelve una misteriosa tristeza, la tristeza que involucra el saberse, ajeno, excluido de cualquier secta, incluso de esta paupérrima secta de fieles a las pastelerías y a los cafés. 
Dejo que la amargura de mis ojos recorra las otras mesas, y el desasosiego se acrecienta, al contemplar como aquel viejo de mirada ensoñadora de mi izquierda, con sus manos temblorosas, huesudas y plagadas de llagas, parte en dos los bizcochos, como si fuese un obcecado sacerdote, que se dispone a repartir la eucaristía. Lo miro con recelo, envidio el modo en que lleva imperialmente los mendrugos a su boca, no soporto verle más, la envida me corroe , miro hacia otro lado y me sumerjo más y más en ese atolladero de frustración, incordio y pena, al ver a tres ancianas enjutas, beber el té, con una parsimonia divinal… pienso que todos aquellos viejos irán al cielo de los comedores de bizcochos y que yo iré, al círculo del infierno donde yacen los hipócritas, los usurpadores, esa raza proclive de seres rastreros que jamás encontraron donde ocultar sus vergüenzas en un agujero de la sociedad, pero que pasaron sus días impostando, mimetizándose en todo lugar donde no eran más que extranjeros sin nombre… intento desviar mis pensamientos, intento traer un recuerdo que no me pertenece, el recuerdo de mis padres, en sus años de juventud – por eso estoy aquí, intentando atrapar el tiempo que nunca será mío, ese pretérito que vive en los sueños de las historias- aquellos años de galantería, donde mi padre lucía camisas de seda color rosa, patillas ampulosas y bigotes de maleante de película de vaqueros. Mi madre inmaculada, vestida aun de uniforme de colegio, sonrosada por las insinuaciones y los cumplidos hipócritas de mi padre –en esos tiempos que me miento gravita el amor por sus cabezas y no por la bragueta de mi padre- intento recrear la escena, los diálogos, las emociones, pero todo se diluye, no puedo viajar a un pasado donde no soy más que un silencio a la espera de una nota, de un sonido… vuelvo mi mirada ante las migajas de mi plato y con el dedo índice cazo una a una las pequeñas partículas de hojaldre, me las llevo a la boca y prefiero pensar que por ese instante soy un Saturno masoquista, que se devora dulce y suavemente todo el tiempo esparcido en aquellas migas que reposan inocentes en el pretérito.