viernes, 9 de octubre de 2015

A mi padre


¡Cuánto dolor! Esta casa se llena de sombras con tu ausencia. El silencio de tus pasos, de tu voz hace eco en la memoria. Aun presiento que al bajar estas escalas te encontraré allí, sentado en el sofá, haciendo tus crucigramas, o escuchando canciones de antaño en tu inseparable radio y que luego me pedirás en tu cómica manera: “Mono, que bueno. ¿Bajaste a hacer cafecito?” Y ahora, ¿quién tomará ese café en las tardes? ¿Quién regañará a los perros porque ladran sin cesar? ¿Quién me esperará hasta la madrugada, preocupado por mi regreso, porque siempre olvidaba llamarte? ¿Quién me enviará vídeos y mensajes por montones al teléfono? Y lo más importante ¿A quién haré sentir orgullo de su hijo algún día? Te llamo por los rincones de esta casa desolada y mi voz me recuerda tu voz, preguntando: “¿Mono guevón, me querés?” Ya te has ido y mi respuesta se pierde en estos muros. 

Lamento haberte hecho sufrir tanto por mis fracasos, por hacerte enojar por mi incompetencia y mis miedos, lamento no poder besarte una vez más la frente antes de dormir y susurrarte al oído: “Gracias Padre.”

domingo, 13 de septiembre de 2015

EL ANIMERO



Las grietas de la catedral parecen sonreírte. Las telarañas edificadas en los postigos simulan a su vez una mueca alegre a la cual no respondes. llevas en tus manos la luz casi exigua de un lirio y no logras atisbar los rostros jocosos de aquellos habitantes subterráneos que te lanzan azares al entrar al mausoleo. 
El viento helado atraviesa la plaza, recorre las calles empedradas, que reciben el eco triste de tu voz rezongosa. Tu mirada está perdida en el horizonte de tus pasos. Caminas lento como si el andar fuera un acto tortuoso. Todas las ventanas de las casas se cierran al escuchar el canto lastimero de tu voz. Eres ave de mal agüero, tu nombres usado para asustar a los hijos rebeldes, a los parias, incluso en las prisiones tu figura causa terror cuando algún reo por algún azar logra ver, encaramado a los barrotes de una pequeña ventana, tu pálida figura cruzando la calle. Todos temen a tu presencia porque nunca caminas solo, porque tus rezos responden al eco de otras voces que presentimos y que hielan la sangre de todo mortal. ¿Acaso tú no les temes, a aquellos que te siguen a las espaldas? ¿Acaso no te has percatado de aquel séquito que te acompaña todas las noches desde que cruzas el portón del campo santo? Incluso hay quienes han escuchado pesadas cadenas arrastrándose tras tu paso. Muchos aseguran que tu alma está condenada por un infame acto cometido hace tanto tiempo. Otros incluso juran que eres más arcano que los más ancianos de este pueblo, que has estado acá desde la colonia, que eres un judío errabundo que escapó de Europa y vino a estas tierras vírgenes escapando del horror de una vida infecta de crímenes. Pero yo te he visto a los ojos, yo me he topado contigo, frente a frente, y te he sonreído, y tu pasaste de largo, pero me he percatado, que tus ojos tienen algo de ternura, que no eres quien todos dicen, eres un hombre triste, un desdichado que hace mucho perdió a su amada el día antes de dar a luz a ese hijo que tuviste que enterrar con ella. Estas condenado a la soledad, y buscas el amparo de ese amor desconsolado en la compañía silenciosa de todos los muertos que esperan la salvación de su alma en tus plegarias terribles, cuando la verdad es que en tus rezos moribundos solo estas implorando clemencia y sosiego por esa llama infernal que enciende tu alma en pena.

martes, 18 de agosto de 2015

En tipo con suerte

Leon Spilliaert


Es un pobre hijo de puta. Otro más que va para el archivador. Tiene frío y hambre por vivir. El pobre crío no sabe ni garcharse una fulana, es malo para eso incluso, tiene la picha fría, tiene ideas delirantes sobre el onanismo que lo anulan, cree en princesas de coños celestiales que mean aguamiel. Es jodido cabrón, un empedernido derrotado, un inservible objeto de engranaje que no encaja en ninguna maquinaria de esta vieja empresa. Incluso los perros tienen lastima por él y le tiran sus migajas, y él las come como si fueran a salvarlo de la perdición. Pero no se puede salvar a un agujero de su fondo, no se puede salvar a un dios del olvido, como no se puede salvar a una mujer de su locura. Este pobre esperpento la tiene perdida y no tiene como salir del aprieto. Ahora estamos aquí, los tres. Tu apuntándole en los huevos con tu smith and wesson mientras sonríes por su desgracia, mientras el suplica por su miserable vida y yo le saco la madre a golpes, encarnizado, desfigurando la memoria de ese rostro sin valor... Al final este pobre hijo de puta tendrá mejor suerte que nosotros dos, es el único que en un instante se pirará de esta letrina y nosotros tendremos que volver al nido a rendirle cuentas al malnacido que nos paga por darle piso a tipos con suerte como este. Sigue sonriendo Joe, que tarde o temprano alguien nos estará apuntando a los huevos…

domingo, 16 de agosto de 2015

Breve consejo para un escritor desconocido


Goya

¡Vamos inténtalo! Vamos, no puede ser más difícil de lo que ahora haces. Es como si hicieras lo mismo pero de manera más estúpida, más sencilla, menos ostentosa. Bájale el tono a las palabras, de esa manera no podrán entenderte. Tienes que bajarle el tono, acomodarte al tono de los demás, así sientas que estas faltándole a alguna ley sagrada de tu literatura que nadie lee. Que nadie lee porque no la entiende, porque está en un nivel que ni tú, muchas veces entiendes. Porque permites que las palabras salgan como un torrente sin control y no tienes filtro. Escupes y escupes palabras, y luego te preguntas para qué. ¿Cuál es el propósito de tanta palabrería? ¿Acaso quieres ser tomado como alguien culto? No, no eres culto. Eres como el resto. ¿Quieres ser reconocido? Entonces porque tienes como santo de devoción a Salinger. Nada te importa, quieres salir del atolladero, pero quieres salir ileso, sin que la gente te señale y te digas que te has vendido. Pero sabes que para salir a flote, debes venderte o sino no tendrás posibilidad alguna. Sé un escritor de tu tiempo, y para eso debes bajarte del ideal de ser un escritor que ademas se jacta de ser un excelente (eso a nadie le interesa), un escritor laureado por catedráticos que ya están a un pie en la tumba. No eres ningún profeta de una nueva prosa, eres un acartonado, un retorico, un don nadie con ínfulas, un payaso que aprendió un par de palabras de más del diccionario y ahora quiere exhibirla a los demás compañeros de tragedia. Date por vencido no tienes más alternativa que rendirte a las exigencias de la época. No busques lectores que no existen, lectores como los que crees que leyeron a los autores que tú tanto admiras, en esos tiempos, quizás eran más iletrados, más analfabetas que ahora, eso no importa. El caso es que ahora escribir es un asunto de ventas, no un asunto de estilos elevados, de textos encumbrados que harán cambiar la visión del mundo. No, la gente lee para entretenerse, para escapar, para intentar soñar con algo mejor o peor. Pero si les pones trabas con el lenguaje te dejarán a un lado, te mandaran a la mierda y cogerán al autor que sigue tras de ti en la fila. Así que bájale el tono a tu tono y asume que debes darles a todos lo que quieren. Los escritores modernos se hacen escritores solo cuando los publican y a ti, nadie publicará si no te aplomas un poco y bajas la cabeza como un buen perro y admites que te han puesto la cadena y el bozal.

sábado, 1 de agosto de 2015

La plétora de Jano



Son las tres de la mañana y sigo angustiado, las cervezas no han logrado apaciguar este desasosiego, incluso he creído escuchar el latir acelerado de mi corazón retumbar bajo estas cuatro paredes. Pero mi angustia, no es trágica, mi angustia no encierra una profunda amargura, mi desasosiego como lo he llamado es una ilusión de una alegría, de una febril alegría que se aproxima, que como una ola se agita en el horizonte, que me ha visitado con frecuencia estas últimas semanas. La ansiedad es producida por el deseo, por el afán de tener de nuevo bajo mis brazos aquel delicioso placer, que ahora se me escurre por los dedos de mi ensoñación. Pero sé que vendrá, sé que la otra amargura, no tiene cabida esta noche. Sé que esta airada y conspira contra mí, aquella siniestra que por tantos años fue mi amante. Aun siento en nimios murmullos sus gritos desesperados, acusadores: Eres poeta, y para ser poeta debes abrazar, debes abrazar la soledad…
Su voz lastimera es el eco de otro poeta, que se anestesiaba como yo con alcohol y putas. Todos los poetas somos míseros reflejos de otros poetas. Somos una fraternidad de espejos torpes y maltrechos. Pero yo he saltado al otro lado. Por eso estoy ansioso. Por eso sufro en la espera de que llegue mi alegría, nada podrá perturbarme, nada podrá seducirme para que vuelva a la senda del escrutinio. Ahora soy un verdadero creador, soy la resurrección de Thalos, el artífice supremo, que ha salido de su fase primitiva y se eleva como el fénix. Mis creaciones ahora no gravitan en ese halo de ambigüedad, en esa locura por existir, por figurar, por ser reconocido en mis creaciones. Mis obras son criaturas libres, libre pensantes, ajenas a mis caprichos, pues he abandonado todos mis caprichos, estoy liberado de mis propios oprobios, la efervescencia de lo misterioso se reveló ante mi como otra causalidad más en este universo de efímeros símbolos.

Algo no está bien. Algo le ocurre a la luna, parece enferma. Desde el pequeño agujero de mi ventana puedo percatarme, que algo no marcha bien allá arriba. ¿Tendrá algo que ver con el retraso de mi alegría? Empiezo a inquietarme, doy pasos en círculos, en elipsis, en triángulos construyo ciudades de polvo con mis pasos, pero la luna sigue enferma, moribunda quizás… rompo el hechizo de la noche sin estrellas y me olvido del agujero. Me siento en el suelo. Cierro los ojos y coloco la palma de mi mano derecha sobre el piso de madera. Está cálido, palpita al unísono de mi corazón inquieto. Presiento los pasos. Unos tacones inseguros. Cada vez más cerca. Ya llega mi alegría. Esto absorto por la emoción, mi corazón está a punto de reventar… Son las tres menos cuarto, se desploma estrepitosamente un lado en la balanza…


No recuerdo cuando fui feliz pero sé que lo he sido. Sé que alguna vez me he sentido vivo. No puedo recordar muy bien cuando ha sido. Porque ahora solo me alberga el dolor pulsante que me procura aquella figura al fondo del cuarto. Mis ojos están bañados en lágrimas, mis manos en sangre, mi boca esta tibia por el caliginoso beso… pero... irremediablemente, he asesinado a Amanda. Todo es amargura.

miércoles, 29 de julio de 2015

El personaje y su actor


Jean-Antoine Watteau, Pierrot
 
 
Te miras en el espejo pero es otro el que te mira. Haces gestos de reproche, pero el reflejo te hace muecas de burla. Indignado ante el prodigio quieres gritar pero tu voz muere en el vaho del espejo.
Ladra un perro quien sabe dónde y tienes la impresión que aquel animal a robado tu aliento.
La figura en el espejo sigue asechándote con su terrible sonrisa, no comprendes lo que ocurre, quieres correr, alejarte de aquel reflejo atroz que te recuerda al bufón de un rey perverso en una obra de Shakespeare. Pero tú no eres el guasón de ningún rey, aunque así te sientas mientras pasas horas y horas sentado en un cubil de dos por dos, haciendo informes para el déspota de tu jefe de planta. Pero eso no te hace un payaso, por el contrario te sientes miserable, como un insecto corporativo, siempre presumes en tus pequeños círculos de idiotas que eres un Kafka, pero sin la facultad para la escritura, es mas no tienes ninguna facultad para manifestar tu inconformismo, ni siquiera tus triunfos o tus alegrías, porque tú nunca has tenido nada de eso, nada de que granjearte, siempre has sabido que eres el reflejo de la derrota. Pero ese reflejo no es el que te mira en este instante, este reflejo es incluso más hostil que el rostro que día a día te mira en las mañanas y te recuerda el patetismo de tu vida obsoleta. No, este rostro que te mira, es un rostro mezquino, déspota de un juglar sin alma, un hombre sin amo, un actor sin director. Es un desconocido, un enemigo, no es tu sombra, ni un recuerdo, ni una proyección de lo que nunca podrás ser. No, ese no eres tú, ni nadie que conozcas, ese hombre que te mira no es nadie, pero se ríe de ti, se ríe de todo cuanto eres. De tu impotencia, de tus falsos empeños por huir.
Te detienes a pensar y sabes que puedes irte cuando quieras, pero no quieres. Quieres quedarte allí contemplando aquel reflejo que deberías ser tu pero no lo es, sigues allí sin comprender muy bien, pero sospechas en su mirada, que pronto aquel que te mira, se cansará de aquel rictus, te heredará su sonrisa, dará media vuelta y no volverá mirarte nunca más.

lunes, 27 de julio de 2015

La caída





Desde un pequeño montículo de tierra, ambos miraban como se agitaba la única mandarina en el copo del árbol que tenían en frente a solo unos metros. La contemplaban porque no había nada más que mirar.

El cielo estaba turbio, como si la lluvia estuviera a punto de caer sobre ellos, pero no caía, no pasaba nada, el cielo permanecía gris y mudo. Ellos seguían imperturbables, mirando y mirando aquel fruto que colgaba del árbol.

Pero una cosa era lo que sus ojos atisbaban, otra muy ajena era lo que cada uno de ellos pensaba en aquel estado de concentración fortuita. Ella dejaba vagar su mente en recuerdos felinos, en todos los gatos que había acogido en su casa desde muy pequeña. Desde ese entonces había tenido una empatía por estos animalitos que de alguna manera representaron aquella libertad con la que siempre había soñado. Fabricaba un recuento de los diversos nombres, de las personalidades y manchas particulares de cada uno de ellos, rememoró también cuántos de ellos habían huido por los tejados detrás de una gata en celo para perderse para siempre en la noche entre aullidos desgarradores de placer y horror, otros simplemente se habían aferrado a su cariño maternal y habían fenecido por el tiempo, la enfermedad o las casualidades accidentales. Intentó pensar cuál de todos era el felino que más había querido y no pudo llegar a una respuesta concreta, para ella todos tenían algún recuerdo valioso que les ofrecía una extraña igualdad en su memoria.

Por su parte, el chico que parecía más concentrado que ella, estaba absorto, las manos le sudaban pero no podía ella notarlo, pues las mantenía en su bolsillo, con un gesto de placidez y desinterés que no dejaban mucho a la sospecha. En su mente solo gravitaba el deseo, su mente volaba imaginando el momento correcto de besarla. Llevaba días, cavilando, meditando infructuosamente la estratagema, que le ayudaría a conquistar esos labios. Sus noches se hacían eternas, tratando de dibujar en su cabeza, la sonrisa de esos labios que figura más dulces y jugosos que la mandarina que oteaba en ese instante.

...Mientras ellos se distraían en aquellas bagatelas humanas, la mandarina se debatía solitaria contra la brisa que la agitaba, aferrándose con un ímpetu feroz y paradójicamente fútil a la endeble ramita, sin que  ninguno de sus dos observadores casuales comprendieran el porqué de aquella batalla.

Sumidas están todas las criaturas, las naturalezas y los espíritus en el instante, expectantes, ansiosos, frustrados, derrotados, placidos y melancólicos… solo el viento ríe porque solo él puede dar el veredicto final, solo él puede arrastrar el pasado y traer nuevos aires al presente, solo él puede barrer con las ilusiones, el deseo, los pensamientos, la perseverancia, el instante y la vida para dar paso a la caída de lo inadvertido e inevitable.
 

lunes, 13 de julio de 2015

La voz que lleva lo leido (escritura automatica enajenada)



Una boca que ufana ritos, placeres concretos, con un vaho que estremece el desierto. Oculta está la voz que pronunció el comienzo de la agonía, el canto de la cópula y la crápula de los muertos. Carece de sentido la sintaxis de su prosa, la elocuencia de sus gestos no alcanza a revivir el corazón de las sirenas que aún esperan sobre las olas el regreso de Odiseo.

El poeta ha perdido la cabeza por una mujer que ha sido fuego intemporal de todas las atrocidades del mundo. Ahora quiere desprenderse de la carne y dejar salir a jugar a su daimon, esa almita en pena que se da tumbos contra los muros de la razón. Ha blasfemado ante las piedras druidas, ante sus maestros y sus discípulos, ha sonreído a la pasión que solo le es lícita a los volcanes y las grandiosas fuerzas destructoras de la naturaleza. Sus runas la heredo un niño que sin dientes ha impostado con ellas unos colmillos, al lado de una anciana sorda que susurra al viento una historia que hará temblar el pasado de un emperador olvidado.

sábado, 11 de julio de 2015

La máscara de piedra


¿Quién calentará mi picha fría en estas noches de soledad? ¿A dónde se han ido todas las ninfas absurdas que salen al rescate de animales desprotegidos? Ni los ángeles de la lujuria quieren apiadarse de mí. Estoy plantado en este sitio como el árbol de Godot. Ni los labradores vienen a mutilar mi agonía, para hacer de mis recuerdos fuego y luego ceniza. Los días transcurren en una burbuja de hierro. Soy un árbol que babea en la colina, un árbol solitario, que ha dejado de dar frutos y tiene el rostro de piedra y el alma encadenada del hombre sensual, que atrapado en el sino pérfido de un cuento kafkiano intenta penetrar en el sueño del placer a través del dolor perpetuo de la ilusión. El viento es insoportablemente cálido, mi rostro permanece inmutable, pero anhelante porque no es mi rostro quien lo presiente, es la máscara de piedra quien amuralla el grato candor de la ventisca, mi falo, intenta empinarse bajo el ramaje y los nidos de cuervos que lo ocultan, pero han pasado tantas horas que su forma es el eco de un eunuco. Ante el espejo un protohombre brillante como el gran astro, me sonríe implacable, más que su mueca burlona me ofende su pija en alto. Se agarra los huevos y se va dando saltos de colina en colina sodomizando cortesanas, escurriendo ríos de semen en lozanos senos marmóreos, fecundando la muerte y la locura que alguna vez yo ambicione sembrar en el horizonte. El corazón palpita con fuerza, pero está cansado, es un reloj que olvidaron darle cuerda y que para colmo una fiera dejo caer al piso. Quiero ahuyentar con mis brazos endebles a los niños que desde abajo me lanzan guijarros y se mean en mis raíces, mientras sus madres ofrecen a la vista de mi máscara, sus chochos gastados y virulentos, dilatados, prestos a parir nuevos demonios. Bajo este rostro no puedo llorar, mis lágrimas se convierten en arena. He decidido morir de la forma más cobarde, ya que el suicidio me es prohibido, he decidido hacerme poema. 

lunes, 6 de julio de 2015

Del otro lado de la marea

GOYA

Nada estará bien. Todo se ira al despeñadero. Otro muerto más que se pierde en las auroras, otra sombra más que se difumina en el horizonte, otro rostro que se ahoga en la memoria de unos ojos indescifrables. Versos interminables, silencios prolongados en rincones olvidados de una habitación empolvada que la madre no vuelve a mirar. La pesadilla terminó. La vida verdadera se abre ante los ojos del santo. Adiós a la máscara, la impostura de la dama blanca gobierna el instante supremo, la voluntad de Tiamat es un hecho y destruye a la palabra de Nebu. No restan susurros, lágrimas o remembranzas. La nostalgia se funde en el olvido. El moribundo abre la boca en un rictus triunfal. Ciego ante el paisaje perecedero, vidente de la eternidad, ha vencido a la puta, a la embustera, el falso cambuj de la vida, la eternidad le aguarda. Las falacias del cuerpo y la sangre no lograron vencer, despellejado, libre del dolor de existir, grita con odio, miedo y asco en su gran despedida, a ese mundo que quiso hacerlo aferrar a una ilusión. La muerte es vida. La vida una ilusión fútil de todos los muertos que la sueñan… Ahora todo está bien, del otro lado de la marea.

jueves, 18 de junio de 2015

Sorbos automáticos de Luterius

Gustos, un vaso de cerveza michelada, autor positivista, sin flujo una revisión posterior no a priori en tiempo real imposible, la mecánica cuántica de lo absurdo, la palabra el absurdo, cardiaco, el aro sin entender el claxon de los movimientos semánticos, una linterna para inaugurar el mural de los lamentables augurios de la noche. Una virgen, una carita virgen de una niña que me mira cuando no me mira, en sus sueños yo la miro la espío, no sabe que ambos gritamos a la orilla del río, ¿Cuántas veces escribo poesía sin saber que es poesía? Poesía escribe cualquier marica que se auto proclama poeta, como un feto que se auto-proclama pre nato, como un augur que predice el pasado. Como los sofistas que beben la sangre de Epicuro, como los borrachos que bebemos los restos de la copa de Diógenes.
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Por cada trago una vomitada de palabras, difícil ejercicio no pensar olvidarse del mundo y del odio, la organización y su caos mediático automático, reproductor, como las vacas lecheras como los conejos y las religiosas ardientes, no me fascinan las almejas ni los pulpos, pero amo la salmuera, las miasmas de una concha virgen, inmaculada.
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Tercer sorbo, sorbo Sorbona, que asesinen a los ridículos, muerte a Rabelais, muerte a Moliere y al discurso del método, muerte a la razón, a los masones y a dios, y adiós palomita que te vas de mi mano, que te vas con fulanos como la papusa de un tango, en un firulete, en un lunfardo que no reconozco, vuela un mosco en tu risa y se filtra en tu mueca y rezuma en el escollo de tu sucia criatura de tu boca ya muerta.

sábado, 6 de junio de 2015

La arcada


Ocho escalones faltan para intentar atisbar el oscuro piso entapetado con terciopelo carmesí, lleno de manchas y amalgamas tatuadas por el tiempo. Los pasos cansados, de fatiga casi laboral y mortuoria. Sospechado pantano que puebla y reside entre las botas. Larga meditación, titubeo en el último escalón. El hielo del pasado vuelve a la memoria, rompe los huesos y congela el corazón lleno de pánico y angustias. Las paredes húmedas pintadas de azul con cenefas de florecitas blancas. El sitio se visiona callado y con poca luz, cuelga a lado izquierdo de la empinada una lámpara de aceite que hace mucho no se usa. Quizás la poca luz se deba a las ventanas de la planta de arriba, algunas con cortinas cerradas por el espanto, otras desnudas, friolentas. El polvo acumulado, deja huella de los pasos, telarañas en los rincones, nidos de un abrupto pasado, la brecha de un porvenir inhóspito e inhumano. Solo pequeñas criaturas habitan ya la vieja casa, insectos rastreros, escarabajos, cucarachas, polillas, pulgas y ratas. Si tan solo ellos pudieran hablar, contar la historia que está grabada bajo la cal de estos viejos muros. Bestias que huyen medrosas al atisbo del visitante usurpador. Agujeros, gritas, civilizaciones secretas, diminutas. La casa vació un universo silencioso de nuevas y variadas sociedades. Hace más de dos generaciones alejada del yugo del hombre. Ahora desolada, llena de vida incauta. La madera de los escalones que parece revelar alguna historia, algún acontecimiento vetusto.

En otro tiempo se escuchaban risas infantiles, cantos hermosos, eternos por el corredor.

“La luna duerme, luna duerme
El sol perezoso se levanta con bostezos.
Entre el cantar de alondras y de trinos”.

Alicia y Magdalena, las dos hermosas niñas rubias, de cabellos ensortijados, ojos grises como el cielo y de risas tan puras como himnos de inocencia. La luz que llenaba de alegría el corazón del padre, el sufriente padre, que había quedado a cargo de las pequeñas luego de la fatídica muerte de su fiel esposa. La vida injusta, una enfermedad perversa, invierno atroz, mujer postrada en una cama, moribunda, avisos de abandono. Dios se olvidó de ellos, lo dejo el ojo de la desolación. El triste funeral al comenzar la primavera, la primera flor creciendo en el patio central de la casa, triste azucena. La muerte la injusta muerte. Ahora el padre, el responsable del futuro de las pequeñas. Él, atareado comerciante, que viajaba de pueblo en pueblo, atravesando mares, cruzando valles, aprendiendo lenguas. Las niñas al cuidado de una matrona gorda pero amorosa. La distancia era algunas veces breve, un par de semanas, tristemente uno o dos meses. El tiempo apremia, la infancia es corta, los niños crecen, los juegos cambian, la primavera viene con nuevos cantos, con el más bello de todos, el primer amor, el inocente deseo de flor. ¡Cuán hermosas eran las dos muñecas! los años las hicieron musas para cualquiera que las atisbase por vez primera. Juguetonas y alegres, divinas princesas. Pronto muy pronto los castillos y los tulipanes que fabricaron en su mente se fueron desmoronando por el ardiente sentimiento que crecía en sus corazones. Adiós a los jardines imaginarios, el corredor se despoblaba de infantiles rezos y crecía un joven anhelo. ¡Oh terrible celo! Que se apodera de la cabeza del padre, en sus ojos siempre, siempre serán sus niñas, las niñas de papa. El temor a quedarse solo, a que otro granuja le robara el trono de su amor. 
Nadie turbaría aquel amor paternal, nadie le usurparía su amor.

Las jóvenes princesas veneraban al padre, pero deseaban secretamente a un príncipe esbelto y majo, que les arrebatara su corazón. Deseaban ser amadas, adoradas, colmadas de besos y caricias. El deseo crecía, el amor estaba afuera en la primavera. A hurtadillas en silencio, en las ausencias del padre, mientras la matrona dormía, salían en la alta noche para encontrarse en el lago con sus bellos enamorados. Besos, eróticos versos, cartas, más besos, tantas caricias. La plenitud del amor juvenil lleno de fuerza y rebeldía. La razón de la vida pura. Noches que se esperaban duraran para siempre, que ese eterno beso nunca llegara a su fin. Aprendieron a amar, de dejarse llevar y ser poseídas por el huracán de sus deseos, pero todo en secreto, todo lejos de la casa, del corredor, de la matrona y el padre. Más la dicha juvenil es tan solo un sueño, una chipa que se extingue prontamente y de los románticos juegos pueden venir emisarios más fuertes. Fue así como germinó en Alicia, el fruto de un amor secreto. ¡Oh santo Dios! ¡Cruel tragedia! Sino maldito del pecado, presa del pecado y la desesperación, la desilusión del padre, la vergüenza de todos. No hubo más remedio, no hubo más sendero. Encerrada en su cuarto, con presura y miedo se ahorco con las sabanas de la cama de una viga del techo. A la mañana calurosa todos fueron atropellados por el nefasto. La cara púrpura, la boca seca y negra. La magdalena de rodillas, rezando desconsolada en un mar de lágrimas. El padre apuñalado por la cruel visión, su luz, su vida colgada allí, pálida, muerta. Alicia fue sepultada en verano y días después Magdalena se enclaustro en un convento y nunca más volvió a visitar a su viejo y solitario padre. La casa fue dejada en venta, pero nadie quiso comprarla a causa del trágico incidente.
Allá abandonada quedo la vieja casa, el mágico corredor. Allá en el polvo y la tristeza del recuerdo.

Es trágicamente hermoso desterrar el viejo dolor, terminar y repetir  los pasos antes del último.  Apoyar la mano en el barandal d la escalera que conduce al cuarto de nuestras tristezas más profunda, las heridas que nunca sanaran en nuestro corazón marginal.

Antes de perecer, es grato, volver a los lugares que preferimos olvidar. Con voluntad o no, remembramos lo que se ha perdido en el pasado. Todo es circula, un caracol, así como el imaginario corredor, el jardín de tulipanes y castillos, de risas y cánticos.

“La luna duerme, luna duerme
Y los niños duermen, todos duermen,
En el crepúsculo todos duermen”

Dos escalones faltan para estar a salvo en la gracia divina del señor.


Tres en cuarta




















Podríamos hablar de las cosas que nos turban. De todos esos documentos históricos que se arruman en los anaqueles de nuestra infamia. Hace tanto que dejamos atrás las fabulas, la moraleja de la tortuga, para dedicarnos a la faena de ser comediantes de este siglo inacabado, posteriores a Garrik. Somos inexpertos en este juego quimérico de símbolos infinitos. Yo soy un tanto novato en este nuevo paso, aunque tu mirada es custodia y tiemblo…

-¡Malditos animales turbados!- grita una voz interior

Se compendiaban tan infinitamente perdidos aquellos tres exóticos foráneos, que variadas lenguas obraban. Indivisibles conocedores de algo, en la saliva un poco de latín -Paulo pos futurum- No atinaban con la dirección de la aguja que apuntaba la coqueta. Discutían escabrosamente entre ellos, como discípulos y colegas, como monarcas adversos de reinos exiguos por el tiempo, fluctuando cual sendero tomar, y aunque dos de ellos fuesen ciegos ya en sus comunes ocasos y en el otro la visión de las campanas de la realidad taconeara ilusoria y ridícula todos conocían el sendero pero evitaban la elipse que en el infinito de proyecta como una línea recta. El uno muy fino y enguantado fumaba de su pipa, opio y yerbas fantásticas traídas del centro de la selva amazónica, el ciego tomaba mate ya tarareaba alguna milonga del pampero gaucho y el penúltimo desde la arista derecha la mesa, cantaba en un portentoso inglés algún viejo villancico o quien sabe que, un canción de amor. Residían allí, aquejantes, primitivos y cautelosos, semejantes a calaveras de marineros litorales. Las palabras eran silenciosos escandalosos, pero sus nombre aun imprimían centenarios vitalicios, de jactancia y ascendencia.

En la orla eternizada, irrisorio se consuma el simbolismo de la afectación, la llave Salomónica, donde poco se difiere en las infinitas estanterías, de los colosales escaparates, guardias de galimatías enciclopédicos lucubrados en cosechas sempiternas o en los sueños de
tiempos interminables. Los álbumes de sus difuntos reflejos pasquines, grabados en púrpura, no en negro, nunca en blanco. La tinta seca en contraste de un papel amarillento que se lo zampa el tiempo con su glotonería de horas y décadas. Nuevos volúmenes que pregonan la imagen del primer libro devorado.

Rendidos a su derrota, sin alcanzar la brújula o la espada, advirtieron los tres, un perro mugroso y con sarna que entraba en ese agujero de conejo y sin ladrar algún saludo para alguno de los presentes, se meó embustero y con desfachatado ímpetu, bajo la pata de madera de la mesa coja del frente. Y sin mucho aliento, como a modo de maullido de can arcaico, largándose al demonio repitió para los cuatro:

Fíjate que el techo es de mañana
Y en domingo la espuma está en barata.


El mugriento sinvergüenza gruñó un fingido adiós y se fue al diablo, no sin dejar una inquietud en las cabezas, una incertidumbre en el alma, no sin suscitar un misterio.

-¿Qué fue lo que quiso decir ese pulguiento bicho, con ese verso tan raro?- preguntó para todos en la consola el de ligero mostacho irlandés desde la arista izquierda llevando sus anteojos bien puestos  y sin aun hurtarse el sombrero. – ¿Quieres té?- preguntó el franchute a talante de evasiva, sin tener muchas intenciones de responder a la anterior diatriba.
– ¡No! Es realmente absurdo, extravagantemente quimérico y ni siquiera es lunes aun, para andar visitando al señor conejo, ¡maldito perro estúpido con maullido de gato!- dijo el irlandés algo fastidiado o tal vez curioso
-¡Se ve a leguas que ese perro no sabe ladrar!- repitieron los tres a coro para sentirse de alguna forma aliviados
 –no soporto este paradójico disparate, estoy harto de jugar a comprender mis propios enredos ¿para qué albergar en mi cueva otro más?, ¿dime tu pequeño Stephen que piensas de tu descarado padre? ¿Sientes vergüenza de tu ponderoso creador?- Los que se hallaban en la mesa, miraron desconcertados, con ojos de vaca al forastero
–El pobre tipo debe haber perdido su poco de cordura, debió por culpa de su sombrero o por Kitty O,shea, o por la idéntica Nora…- Murmuraron entre si los otros dos.

-¿Dónde estarán los demás? ¿Dónde está aquel al que siempre hemos buscado? ¿Habéis visto acaso al insolente niño merodear por nuestra mesa?-

-No, no le hemos visto, de haberle atisbado no estaríamos aquí tan perdidos, tan desorientados- respondieron los otros extranjeros, al forastero.

-No queda más salida en este laberinto que dar vueltas en círculos, la espiral y el vértice de esta, ya de nada sirven- replicó el francés con astucia y ensueño.


-tienes razón querido asno, tienes toda la razón- asintió el otro, el ciego. Luego de colapsar un tiempo en el tiempo todo, los sentados nómadas, se pusieron de pie, en el muro y caminaron tontamente por la triangular estructura, sin hallar el radio de la constante. Horas infinitas cruzaron, instante irrepetibles y no llegaron posiblemente al lugar deseado. Es de locos caminar en círculos en formas piramidales. El mismo punto cruzado era para el entonces algo más que un imposible, irrepetible, no existía en la marcha, la creación nigromántica del 1, ni acaso la copia del 2 y el tres, el 3, era solo una risible penitencia de jesuitas (padre, hijo, espíritu). La idealización del cubo, la formula precisa, era más absurda y descabellada e incluso para estos tres caminantes guías, que sin notarlo, siempre fueron 4. Sin sospechar que el cuarto siempre estuvo hay y sigue allí, contemplando, escudriñando, caminando, dando vueltas en círculo persiguiéndose la cola, como repitiendo el moviendo de su sombra. Apretando su vida en ese caracol donde está grabada la historia del hombre y de todos los hombres. Es cuarto forastero que trata con locura de encender el fuego de los dioses muertos o relegados y ahumar en la cumbre del lenguaje todo lo que no resta ni suma fuera de la triada, del ciclo.

viernes, 5 de junio de 2015

Del otro lado de la rosa


¿Cómo esculpir una princesa con un fluctuante polvo de estrellas?

Rosa multiforme, efigie incorpórea
Que habitas en la sombra de un sueño.
Trasciendes el tiempo, en el filo de la muerte
Que nunca llega.

En la eterna noche, bajo una cúpula celeste
Donde todas las galaxias han perecido
Ante la última nota de tu voz cansada 
Que me llama desde el fin de las cosas.

Yo te sospecho desde el otro lado de la rosa,
Donde tú eres el sueño y yo la vida,
Donde yo soy la promesa, tú la llama extinta.
Donde yo soy el pasado, tú mi futuro prolijo.
Allí, donde el universo es un pequeñísimo espectro,
el vaho de una ventisca que deshoja el silencio.

domingo, 24 de mayo de 2015

Presunta memoria de un sueño que pudo acaecer (primera carta para Andromeda)

Sales a la calle y el viento no te toca. Pero eso ya no te perturba, a pesar de la inclemencia que azota a los que pasan a tu lado y no te notan. Miras al cielo y piensas que las estrellas son la ilusión, el sueño de algún trastocado eremita. Tú también has dejado de creer en la infinidad de las estrellas y presumes que las luces de aquellos astros no son más que espectros del pasado. No puedes evitar ese vínculo contigo, tu, eres como aquellas lejanas creaturas inertes, inexistentes. Tu que eres ya, la sombra, el espectro de aquel quimérico individuo que fuiste hace miles de años. Puedes disimular ante el resto que eres un hombre que se pasea por la calle en las noches de verano, puedes asegurar que te pavoneas con tu sombrero y tu bastón. Puedes sonreírle a las bellas damas, y en esa sonrisa no aparecerá ningún eco, ya sea porque no existe para ti, belleza en aquellas efigies exánimes femeninas, o bien porque en tu sonrisa aquellas mujeres solo alcanzan a bordear el abismo de lo transido, de lo fraguado y lo abandonado por el insondable destino.

No sientes tus pasos, no te fatigas. Sigues sumido en el sueño de esa noche de verano, donde las borrascas asaltan a tus vecinos fabulados pero nunca a ti. Tu perduras, sigues imperturbable, un objeto móvil en un mundo estacionario, ajeno a la materia del viento.
La noche podría ser maravillosa, si tuvieras los ojos de un infante que en sus primeros parpadeos atisba un nuevo universo que nace con él; pero para ti, el universo, es una enorme calavera, que se agita en un profundo y oscuro agujero. Sientes pena, si es que aun guardas algún dejo de emoción en tu nueva y arcana compostura formica. Intentas engañar las cuencas ausentes de tus ojos, proyectando un sueño que alguna vez fue tuyo. Pretendes recobrar en la memoria que fue tuya, ese rostro multiforme, pero eternamente femenino, que mudó de nombres que ya no recuerdas, de expresiones, de miradas donde en universos paralelos se repite infinitamente más allá del tiempo la misma e inescrutable lágrima que jamás pudiste consolar. Ficcionas fracasos de hazañas improbables, donde intentaste rescatar a la princesa y hacerte ese nombre que no te corresponde: EL HÉROE.

Creíste haberla olvidado por un tiempo, aunque ahora la hayas olvidado para siempre, pero ella siempre regresaba intermitente, aprovechando los descuidos de la vigilia para filtrarse en tu imaginación, siendo ella una figura que no tiene forma preconcebida en ningún recuerdo, en ningún imago pretérito, no es el monstruo quimérico de millones de mujeres que pasan y han pasado por tus ojos. Ella trasciende a la mujer, ella no es una mujer, es simplemente ella, la que agoniza, en ese mundo sin tiempo, en un orbe inmerso en una cúpula infranqueable, donde la muerte ha dejado de ser lo que fue en un instante futuro, para perpetuar el instante inmortal que preludia al ocaso de la vida. Ella está más allá de la existencia, mas allá de la sombra y los espectros, más allá del onírico inrecuerdo de tu fantasma que vaga sin que el viento  ligeramente lo acaricie por estas calles en esta noche de verano que aconteció hace miles de años antes de llegar a este momento donde tú, te detienes y descubres, que nunca has esta junto a ella, pero que nunca tampoco has estado tan cerca de ella como lo estarás en el imposible del ayer.

viernes, 22 de mayo de 2015

Es la palabra...


Es la palabra un mito, un arquetipo
Hermana y contraparte del fuego.
Es un oráculo, sin ojos y sin tiempo,
Un puente que se bifurca en laberinto
Y en sus recodos se esconde el infinito.

Hacedor es su eco de falaces conjeturas,
Ocultas bajo el perfume de una rosa exigua
Do reposa el silencio de los dioses y la luna.

Carga promesas de arena y humo
Que trae el sueño del otro mundo.
Transmuta con su alquímico poder
Aquella efigie que el hombre augura
Con su zafio tacto y su mirada augusta.

Hace de la emoción un sempiterno canto,
De la realidad una ficción, un cuento

De la vida un insondable y efímero relato.

VAGABUNDO UNIVERSAL

Llevo la vida solitaria de un asceta improbable,
Residiendo en la memoria de una estrella ausente,
Contemplando mi futuro en las cuencas de un cráneo
Que hace centurias hecho raíces en el polvo y el olvido.

Soy el augurio de un dios infecundo, cruel y frío.
Soy la pasión de un ángel indómito y eunuco.
Soy la bondad que brinda un mártir genocida.
Soy el perro gris que se confunde en la ceniza.

Trastabilla el ocaso en mis oteros como infinita duda,
Como el preludio irrefutable de silenciosa y prístina aurora,
Que gota a gota cae en  la oscura gruta do la luz anida
Para gestar su vil comedia chueca, aquel ardid de la existencia.



miércoles, 22 de abril de 2015

COSAS QUE SE PIERDEN


-Figúrese doctor, desde hace más de un mes que no la encuentro. He buscado en todos lados, bajo la almohada, en cada  rincón del armario, en el baúl de la abuela donde guardo recuerdos, cartas de amores perdidos, objetos emocionalmente valiosos y no le he encontrado... Incluso he preguntado en el café donde suelo ir, he preguntado a mis familiares y conocidos, si por error no la olvide en alguna esporádica visita a sus casas. Me preocupa doctor, me preocupa que no aparezca, es que es tan pequeña y ligera, que puede haberse caído por cualquier lado, incluso, filtrarse por alguna grieta o agujero. Estoy desesperada doctor, es la herencia más valiosa que me dejo mi madre antes de morir, y me hizo prometerle el día antes de su muerte, que nunca fuera a perderla. Y ya ve, la he perdido. Cada día que pasa muere con él la esperanza de encontrarla, he visitado todas las anticuarias, todas las tiendas exotéricas, las compraventas y en ningún lado saben darme algún guiño una luz de donde pueda estar. 
He de serle sincera doctor, una tarde, cansada de buscarla como una loca, he pretendido comprar otra similar, para intentar llenar su ausencia, a un buhonero que según he escuchado es experto en obtener esa clase de cosas perdidas. Efectivamente, el viejo buhonero, tenía una, no era como la mía, pero aun así se la compre – no sé cómo entregue semejante cantidad por esa baratija-. Pero entiéndame doctor, estoy desesperada, tenía que consolarme con algo, llevaba varias noches sin dormir, pensando en ella, y en los pocos instantes de sueño, aparecía mi madre reprochandome que la hubiera perdido.
Por unos días, debo confesarle, aquella bagatela sirvió un poco, o por lo menos eso creí para mis adentros. Pero con el transcurrir de los días, mis amistades comenzaron a preguntarme, que me ocurría, que lucía diferente, algo en mí les resultaba particularmente extraño. 
Nadie sabía muy bien que era lo que me pasaba, lo que me faltaba, porque me veía ante todos tan distinta, solo yo lo sabía. Fastidiada por la estafa, arrojé aquella porquería al cruzar por un puente luego de regresar de una fiesta. Ahora me arrepiento un poco, porque a partir de entonces, las cosas empeoraron, aquella nadería había sembrado la semilla de extrañeza en mis conocidos, y ahora todos me miraban de un modo inquietante, sin saber muy bien que, descubrieron que había perdido algo muy importante para mí. Todos comenzaron a preocuparse, he intentaron subirme el ánimo, pero era improbable, mientras no encontrará aquel obsequio perdido de mi madre.
Ya le he dicho que ha pasado más de un mes. Y estoy hecha una desgracia como ve doctor. Por eso estoy acá. Porque ya he perdido toda esperanza de encontrarla. Por eso he venido a usted para que me dé alguna solución, para que me diga una palabra o alguna receta, algo...-
El doctor, la miró confundido desde su escritorio y preguntó con fingida amabilidad
-pero señorita, dígame que ha perdido usted, dígame que ha extraviado para poder ayudarla.-
La joven dio un profundo suspiro y respondió

-Ay, doctor ¿acaso no lo nota? He perdido la sonrisa que de mi madre había heredado. 

domingo, 12 de abril de 2015

Comedores de Bizcochos


Sentado en el pasaje de Versalles, pienso en los viejos, mientras intento tomarme un café oscuro con unos pasteles hojaldrados. Divago en el procedimiento de la ingesta, ese titubeo que no ha de faltar en esta nimia ceremonia de bizcochos con café, me siento un infractor a cada sorbo, a cada mordisco, y cuando quedan solo las migajas sobre el plato y contemplo en el fondo de la taza el asentado de aquel oscuro líquido, me envuelve una misteriosa tristeza, la tristeza que involucra el saberse, ajeno, excluido de cualquier secta, incluso de esta paupérrima secta de fieles a las pastelerías y a los cafés. 
Dejo que la amargura de mis ojos recorra las otras mesas, y el desasosiego se acrecienta, al contemplar como aquel viejo de mirada ensoñadora de mi izquierda, con sus manos temblorosas, huesudas y plagadas de llagas, parte en dos los bizcochos, como si fuese un obcecado sacerdote, que se dispone a repartir la eucaristía. Lo miro con recelo, envidio el modo en que lleva imperialmente los mendrugos a su boca, no soporto verle más, la envida me corroe , miro hacia otro lado y me sumerjo más y más en ese atolladero de frustración, incordio y pena, al ver a tres ancianas enjutas, beber el té, con una parsimonia divinal… pienso que todos aquellos viejos irán al cielo de los comedores de bizcochos y que yo iré, al círculo del infierno donde yacen los hipócritas, los usurpadores, esa raza proclive de seres rastreros que jamás encontraron donde ocultar sus vergüenzas en un agujero de la sociedad, pero que pasaron sus días impostando, mimetizándose en todo lugar donde no eran más que extranjeros sin nombre… intento desviar mis pensamientos, intento traer un recuerdo que no me pertenece, el recuerdo de mis padres, en sus años de juventud – por eso estoy aquí, intentando atrapar el tiempo que nunca será mío, ese pretérito que vive en los sueños de las historias- aquellos años de galantería, donde mi padre lucía camisas de seda color rosa, patillas ampulosas y bigotes de maleante de película de vaqueros. Mi madre inmaculada, vestida aun de uniforme de colegio, sonrosada por las insinuaciones y los cumplidos hipócritas de mi padre –en esos tiempos que me miento gravita el amor por sus cabezas y no por la bragueta de mi padre- intento recrear la escena, los diálogos, las emociones, pero todo se diluye, no puedo viajar a un pasado donde no soy más que un silencio a la espera de una nota, de un sonido… vuelvo mi mirada ante las migajas de mi plato y con el dedo índice cazo una a una las pequeñas partículas de hojaldre, me las llevo a la boca y prefiero pensar que por ese instante soy un Saturno masoquista, que se devora dulce y suavemente todo el tiempo esparcido en aquellas migas que reposan inocentes en el pretérito.

domingo, 29 de marzo de 2015

Blom

(Experimento literario: construcción de un texto a partir de la toma de palabras al azar de cada renglón de un texto escrito por otro autor, intentando que persista una coherencia en la sintaxis de los párrafos. En este primer intento, se tomó como texto de soporte, las primeras páginas del libro Oblómov de Gancharov)

Se encontraba tumbado en su piso como en una pequeña ciudad, un hombre agradable, oscuro como un vago ensueño. Toda su actitud denotaba algo de aburrimiento que podía percibirse en su rostro, sus labios, un alma serena. Observador pobre de espíritu, penetrante en contemplación con expresión de titubeo.

Era difícil, más bien indefinido ver en su rostro la falta de razón. Lo delgado y blanco de sus hombros, las maneras mesuradas, languidez no exenta de gracia. Parecía estar preocupado cuando en su rostro de concentraba su inquietud en una idea determinada y mucho más común. Enterraba su somnolencia, atavío sin nervio, sin la menor influencia. 

lunes, 16 de marzo de 2015

Efigies del desasosiego de un hipócrita


Incomodo, muevo la cabeza. Tomo un tinto frío. Busco un nuevo dolor psicosomático, alguna otra excusa para hipocrizar la existencia. Hago malabares chuecos con las palabras, quisiera que ellas hicieran striptease para mí. Pero las perras son finas y se van con escritores publicados, de bolsillos semánticos mejor instaurados. Yo mendigo una oración coherente en la tragedia. El oficio de ser un bueno para nada persiste en no dar frutos. No me cae la manzana ni de Eva ni de Newton. Sigo mirando el cielo y no veo cometas que se dirijan a mi prosa. El tiempo y el espacio de mis días es una ilusión al igual que la de los demás payasos que siguen haciendo corvetas para los dioses que duermen en los agujeros negros. Los ecos del pasado solo me salpican su saliva. Doy gracias a los genios que no se reprodujeron en mi genética. El peregrino es el yugo de los que viven confinados a la prisión de sus miedos internos. Puedo derribar a cualquier demonio de un solo golpe, pero no puedo hacer añicos el espejo que se burla de mi efigie. Un homúnculo sin tiempo, una quimera sin quintaescencia… el recuerdo de las procrastinaciones que se agolpan en pila en el cementerio de mis fracasos jamás realizados dejan escapar sus espectros para gritarme en la madrugada. Buscan salvarme con la locura pero la represión de la ociosidad es un fuerte medieval hecho de acondicionamientos y costumbres arquetípicas, tan ancladas en el ser que solo una promesa de madre extinta puede hacer una grieta donde la luz de la agonía discurra lentamente por la colina del sinsentido de esta existencia parasitaria y precaria. Tengo las manos de piedra, los pies de arena y los ojos contemplativos. Soy un idiota que le reza a los cuervarios ciegos, soy el hombre que espera no nacer, pero el tiempo improbable ha dado el veredicto en contra de mis sueños. 

viernes, 27 de febrero de 2015

A la memoria de Ruffo




Tuve la absurda idea de que nos iríamos juntos, que no tendrías prisa por partir, que serias mi perenne bastón y alegría para sobrellevar este tortuoso camino de la existencia. Pero te marchaste sin avisar, haciendo que trastabillase en mi andar, dejando mi alma coja, con un creciente y afanoso deseo de perseguir tus pasos en el vacío. 
Esta es una despedida sin respuesta mi noble hermano, mi doppelganger, mi alma gemela, espejo de la pureza y la inocencia que la humanidad siempre ha querido arrebatarme. Espero que muy pronto el olvido nos cobije a ambos. Hoy también muere una parte de mi, para que te acompañe en la sombra y el resto de mi que ha de quedarse en la saudade, te eternice cuanto pueda en la evanescencia de mis días que avecinan. Mientras mi memoria te persista, estarás aquí, habitando y custodiando mis sueños.

jueves, 26 de febrero de 2015

El empeño de una larva zángano


En un capítulo expatriado de una novela conjeturada aun en mi inconsciente podría haber diseñado alguna estructura acerca del diletante y aberrante accionar de mi conducta. Pero es evidente según los hechos literarios inconexos de mi historia que por más empeño que hubiera entregado a tal quimera, no alcanzaría si acaso a fundar los sócalos del edificio de aquel fabuloso opúsculo.
 Me siento fatigado todo el tiempo. Me he cansado de no mover un dedo, me he cansado de agitar los sueños mientras el insomnio me corroe sobre el colchón y los ácaros construyen imperios invisibles en mi rostro, mientras una colonia de hematófagos asalta mi piel. Pero con todos los bichos nocturnos que me visitan cada infernal madrugada, no he tenido el súbito consuelo de un aguijón que me avispe, que me levante del letargo del que llevo preso desde que tengo memoria (aquella otra bagatela que he ido perdiendo a gargantuescos pasos últimamente), el ahnelado milagro infecciono jamás llega y debo conformarme con la fulgurante incongruencia de mis anhelos empobrecidos de una libido, que si encontrara forma física sería diseccionada, disecada y exhibida en el más grotesco museo de rarezas sexuales. En este plano onírico de lo sexual soy otro bicho raro y el insecticida para esta plaga es tan improbable como la materialización de mis fantasías onanistas. Vivo en un universo insomne y estéril, donde ya pocas efigies me visitan, donde la imaginación se ha echado el hábito encima y se ha encerrado en una torre confinada al ostracismo. Pero nuevamente me he desviado de mi objetivo, pido disculpas a los que no me leerán nunca por este recoveco inoficioso, pero la alergia producida por mis inquilinos cutáneos no permite en un anfitrión tan disperso como yo que lleve a término alguna cosa sólida. Por el contrario haciendo una proyección de aquel espectro que está en cama dictándome esta chorrera de palabras, puedo ver con asombro el titánico progreso que mi condición de sonámbulo ha tenido. Es posible que esto lo esté escribiendo en un sueño y que muchas palabras se hayan perdido en la traducción a este lenguaje intermitente, pero puedo sospechar que algo imperecedero y menos fantasmal está a punto de dar un gran bostezo y quizás en ese aullido moribundo, se encuentre de modo cifrado todo el capítulo que en un comienzo quise espetar en estas líneas…

un zancudo me zumba en el oído y con voz amodorrada  susurro: Madre, eres tú?

sábado, 17 de enero de 2015

Instantes de encono

1.Instante
Con orgullo y sin sombrero
Se pavonean los intelectuales
De tres pesos.
En los estrados y las vitrinas
Tras las pantallas
Televisivas.
En este siglo soberano
Donde calla la voz del genio
Y predomina la voz del ano.

2. Instante

Rezo por la guerra silenciosa,
Esa que nos mira entre las sombras,
Y nos asecha entre la niebla,
 A los ineptos que nos ocultamos
Tras los libros, tras el vino,
 Bajo ese orgullo anodino.
Esa guerra que trashuma muerte
Desde el primer embrión que fue omitido,
Desde el primer aborto de ingenio
Que se realizó con la daga,
 En honor del miedo primigenio.
 La sangre está a reventar,
La falacia no puede ser contenida por más tiempo,
Vomitará su tedio en la madrugada y ahogara

A todos los necios que nunca hicimos nada…

3.Instante
Babas tiene el homúnculo,
Babas de ansia rancia,
Pobre animal sin ojos,
Sanguijuela pegada al plomo.
Subsistiendo de los oprobios
Que hacen del sueño enojo.