CUENTAGOTAS


Repiqueteaban los recuerdos, uno a uno en el pozo de su memoria, que ahora era un inconmensurable océano de imágenes furtivas, de emociones insostenibles… cada recuerdo asemejaba el golpe implacable del tiempo que se asestaba sobre su cráneo, un tictac que retumbaba por los aquellos rincones austeros de su mente… -Los recuerdos me matan…- dijo para sí, mientras otra gotera descendía del pétreo techo y entorpecía con su caída aquella profunda reflexión que inútilmente quiso sostener. No podía atrapar una sola idea, todas se diluían en aquel gorgoteo irregular, o por lo menos no alcanzaba a concretar el cierre de alguna, antes que otra pizca de agua afilada y fría, cayera implacablemente sobre su coronilla perfectamente rasurada para cumplir a buen término el suplicio por el cual se le había confinado en ese oscuro y húmedo recinto. El lapsus entre uno y otro martilleo era infinitamente breve, cada gotera fue entonces convirtiéndose en su única preocupación, cada una de ellas era una aseveración  de que aun estaba con vida, cada grano de rocío se hizo para él, un horrendo y sádico universo fragmentado por el espacio temporal fraguado entre una y otra. El tiempo se hizo agua en ese nuevo mundo de agonía, donde lo único que restaba para aquel desdichado era esperar diletante la caída de cada una de ellas hasta el fin de los tiempos…
Las goteras se hicieron agujas que poco a poco fueron flanqueando su mollera, permitiendo que la furiosa marejada de recuerdos se desbordara, mientras el condenado ahogaba sus gritos demenciales, implorando clemencia en el flemático mar de la locura. 










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