viernes, 10 de enero de 2014

Homenaje a dos viajeros



..Es difícil explicar ciertas cosas...
No fui tan buen lector como espere serlo. No fui como ellos. A mí más bien me involucro más las nuevas tecnologías. Soy tal vez un hijo de la corriente televisiva.
Más ellos existieron en un mundo convulsionado donde el aire de guerras se respiraba a diario pero corrieron con la fortuna o tal vez la terrible desgracia de haber nacido como yo, en un pueblo infestado de un falsario puritanismo. Fueron pues a causa de no ser guerreros, un par de profetas agudos y paganos para su tiempo (respectivamente). Entre la sociedad mojigata y embustera fueron tildados de “vulgares”, de “locos”.  Mas allí en ese pueblo canalla con el contraste de estos dos viajeros, encuentro entre toda esa disonante remembranza, algo bello, casi podría decir nostálgico. A pesar de que la insolencia Colombiana, los tachara de INFAMES, existía en este hecho también un sentimiento de profundo temor innegable hacia sus escritos “vulgares”. Aquellas vidas de estos dos repudiados aterraban a la gleba. Eran ejemplo de vida.
Siendo así, mas allá de todos los hechos y las pasadas circunstancias, la obra literaria de estos dos difuntos ha traspasado tiempos y fronteras. Las marginaciones a estos han volcado a una interesada admiración y un prostituido orgullo, de que estos dos “grandes hombres”, eran colombianos a su vez. He aquí la paradoja de los tiempos, aquellos literatos basura y bohemios de mierda sienten posar las bases de sus mancillaciones en las obras de estos “grandes difuntos”.
Pero de nada han servido nuevas impresiones en acaudaladas editoriales, para nada han servido que en algunas escuelas se menciones sus libros y sus nombres; aquel ideal que intentaron con empeño impregnar en sus escritos a sido tergiversado o lanzado al olvido por alguna nueva telenovela de horario estelar.
Ellos hablaron del desnudarse. De ese desprendimiento, al cual el latinoamericano no puede entregarse, por su maldita condición de esclavo. Ellos hablaron de la intimidad de intimarse, pero hoy es todo globalizacion. Vivimos en la obtusa apariencia, entre artificios y vanidades donde lo íntimo solo puede ser ligado con una prenda. Nos rendimos en pos de las “bonituras”, como uno de ellos decía, refiriéndose a los accesorios superfluos que tanto nos axfifician en la cotidianidad de este existir. Desde que nací, son pocos los ojos enardecidos y orgullosos de intimidad, que he visto en mí transcurrir. Y si mal no recuerdo esos ojos eran en mayoría ojos extranjeros, ojos que miraban a Colombia desde afuera. Ese sigue siendo un país de desvergonzados con vergüenza, de putas hijas de putas. Allí, pareciera que el tiempo solo transcurre para atiborrar la tierra de tumbas y osamentas. Solo existe el odio y la envidia enferma porque somos avaros proxenetas.
Mas así, quisiera en mi deseo ilusorio, respirar el aire que respiraron esos dos hombres, quisiera  sentir el odio de sus semejantes, esa terrible admiración que guardaba para ellos. Solo quisiera respira la leve esencia de un romanticismo perdido por una coca-cola y unos preciosos senos de silicona. La poesía aquí sabe a sprite “porque solo se obedece a tu sed” y la “imagen (poética) es nada”.
Las artes tienen marca registrada y hasta fecha de vencimiento y están enlatadas como imágenes de Andy Warhol. Las artes son pues, para bastardos bohemios de un nuevo siglo, que ha falta de no haber sido hippies en los sesenta, son artistas conceptuales de un nuevo milenio. Ahora en su aparente belleza, el arte esconde cochinos artificios, peores que cualquier oscurantismo, ahora el arte es manzana podrida.
He aquí porque abandone el arte. No era yo lo suficientemente “bohemio” para sentirme mas puta que el resto del latinoamericano promedio. Me fastidiaba un chulo de nike cocido en la frente.
Quizás preferí ser un old fashioned, quizás solo sea otro pobre romántico atrapado en esta representación de omega. Por que aun sueño con soñar y temo al despertar. Porque amo la vida al igual que la desprecio. En este instante de efervescente idealismo invoco entre las sombras desde este cuarto aquel discurso a la dificultad de un señor Estanislao, en el cual no existen verdades absolutas, donde el conocimiento es más imperioso que el laberinto dedalico. Donde no se perciben etiquetas, ni consumismo solo lucha inalcanzable. Donde todo es incierto.


Pero vuelvo de nuevo al suelo, el almacén de cadena me ha tumbado de un solo tiro, vivo en un artificio, donde hace mucho tiempo los restos de dos grandes hombres solo son polvo. Vuelvo cabizbajo a mi código de barras, a mi numero serial, es 2003, pero me repito que es 1984. Imploro inútilmente, en este inclemente, al mágico doctor Fausto, personaje eterno que burlo todas las trampas de los sinos. “Ven querido Fausto tráenos la magia que nos fue robada”.

jueves, 9 de enero de 2014

EL MITO DEL FUEGO

Postrado el hombre en su barbarie, haciendo culto a su venerado fuego. En sus ojos de bestia divinizada por los ancestrales tiempos, aun persiste ese brillo atronador. Entrega a su ídolo todas sus ofrendas. En él coloca todas sus esperanzas y vulgares fantasías. Permanece pálido y cálido, esperando  sonrojar sus mejillas. Contempla con suma admiración los movimientos libres de su sabio dios. ¡Que grato amor y dulce calor produce a su insignificada figura!  Ahora se pone de rodillas para cantar, tiene deseos de bailar alrededor de su soberbia. Quiere agradar a su señor. Quiere ser el mejor bufón, para no sentirse de nuevo desamparado en el mundo de las sombras. He aquí cuando el preciado fuego se mofa de tal insolencia y con indulgente movimiento arrebata de su faz la desfachatada comedia. Se destruye el rito y las perversas intensiones del hombre la diñan.
El hombre grita desconsolado. Tiene miedo. Se siente derrotado, vacío, su dios lo ha abandonado. Ahora el justo viento solo ríe del maltrecho mamarracho de barro y de sus esperanzas entorpecidas. Llora y grita sin alivio, el hombre desnudo muriendo de frío y miedo. Las sombras se apoderan de todo a su vista, no puede siquiera reconocer sus propios ojos frente al reflejo. Por más lamentos inconsolables que se profieran, el hombre no recibe ninguna respuesta. Se halla en cenizas su señor y su sueño.
En ese terrible instante de bajeza, el querido viento siente misericordia y susurra cariñosamente al oído del hombre una última canción. El canto renovador, devuelve al hombre ese brillo en los ojos, ese que destruye supremos alabastros con una simple mirada.
Se encuentra pues ahora erguido el hombre, valeroso y desnudo, para aguardar las terribles sombras. Esta preparado. Siente en su corazón ese fuego que creyó perdido.





La Lira

Una trágica mañana en un viejo reino de concreto, ladrillo y alabastro. Se escuchó por las calles y los suburbios por donde transitaban uniformemente muertos con trajes análogamente grises y automóviles veloces que retaban la sonoridad del viento, una triste melodía que con sus amargas notas petrificó el instante. Todo cuanto allí alguna vez allí, en la ciudad de autómatas, gozó de movimiento alguno ahora se encontraba sumido en la quietud. Las bocinas de los autos enmudecieron ante la bella sinfonía. Los muertos con sumo cuidado prestaron atención las melancólicas notas que al parecer provenían de una misteriosa lira. En el inmaculado sosiego nació la incertidumbre y la duda ¿de dónde provenía aquella triste canción? ¿Quién la interpreta con tanta majestuosidad y belleza? Los muertos comenzaron a sudar frío como avecinándose a un mal presagio. La ciudad se hizo presa del terror. Algunos profetizaron que la melodía era el rumor del juico final. El fin de los días había llegado. Así los ojos huecos de los fallecidos se llenaron de pánico y sus labios remendados se abrieron de asombro. Sintieron hervir la sangre en sus venas secas, algunos hasta creyeron que su corazón les volvía a latir de la exaltación que tenían. Vislumbraron que su hora había llegado sin marcha atrás. Mas entre todos los uniformes difuntos, había uno que parecía no estarlo, simulaba mas a un sonámbulo que pernocta sin sentido entre los muertos. Y sin afán o miedo alguno se sentó en una lapida y con su pausada voz de durmiente dijo:

Si no queréis morir en esta triste melodía haced sonar las bocinas de vuestros veloces autos y así apaciguaran con su ruido aquella lira que os ha sentenciado al olvido. Quizás con vuestra algarabía y bullicio podáis remediar el final que os circunda.”

Los monótonos cadáveres vieron en estas palabras la postrimera posibilidad de salvación. No querían morir de nuevo. No querían ser absorbidos por el insondable olvido. Las bocinas chillaron como niños al nacer y el monstruoso ruido invadió las calles del reino de los autómatas. Pero no fue suficiente el grito desesperado de los automóviles para interrumpir los designios del destino. La última nota de la lira había dado ya su sentencia irrevocable. La cuidad comenzó a colapsarse. Primero cayeron las enormes torres, orgullo de los muertos, luego sus autos, los cementerios y por últimos los restos de los cadáveres. Todo se hiso polvo. Una gran borrasca elevo los vestigios de la humanidad finiquitada en un torbellino. El durmiente fue el único en presenciar como todo se desmoronaba ante sus entrecerradas pupilas. Para él no era más que un sueño. Sin mucha importancia se hecho a dormir en las ruinas de un parque. Y en sus sueños se preguntó ¿Quién sería el responsable de la catastrófica melodía? ¿Acaso él, en su ilusoria estratagema fabricó la lira y la interpretó como un gran maestro de sinfonías espeluznantes? Mientras soñaba fue también reducido a las cenizas del reino y sus sueños se hicieron polvo.