viernes, 12 de julio de 2013

EL VAGABUNDO



Vengo de un lugar donde nadie madruga, solo algún moribundo tiene el descaro de morirse temprano de vez en cuando. Mi vida ha pasado como un sucio sueño del cual, solo conservo fragmentos llenos de polvo y olvido. No tengo historias maravillosas de una infancia inolvidable, ni amores memorables dignos de ser narrados. Repito que mi sucia vida esta infecta de escombros y podredumbre, donde estimo inútil escarbar en algún recodo en busca de un tesoro bajo un pretérito estéril. Mi nombre es igual al de todos los hombres, un nombre insulso, carente de sentido y jamás demandado. Un nombre irrelevante como el de todos los santos, mártires, asesinos e idiotas que han transitado este camino sin sendero. Mis arrugas solo son el producto del ejercicio del tiempo y el brillo tenue de mis ojos es un simple mechero fatigado de insomnios y amaneceres, donde día a día se consume el combustible de aquel fragor que persiste en la anodina quimera de mirar un mundo feo, aburrido e hipócrita. En resumen mi vida es igual que la de un muerto que camina, de un loro que repite, de un espejo enfermo donde un fantasma busca absurdamente su reflejo. Solo ambiciono morir perezosamente, sin presura, dejando que el gallo cante hasta quedar sin voz, contemplar desde mi lecho como se vislumbra ante mí un sol mortecino que nunca ha tenido constancia de mi existir. Vagaran mis ojos por última vez sobre esta alcoba, que por tanto tiempo he creído mía, y de la cual habré de desprenderme para ocupar una más estrecha bajo el suelo. No ambiciono el beso postrimero de una mujer joven sobre mi frente marchita, como consuelo de una vida sin frutos. No dejo herencias, ni escrituras que me den fama de moribundo, solo dejo en el infinito la incertidumbre todo aquello que mis ojos vagabundos jamás pudieron retener en mi memoria ya obsoleta.