miércoles, 29 de mayo de 2013

LA REALIDAD INCIERTA (o La duda infinita)
                                   David Molina Miralles

“Yo aconsejaría esta hipótesis: la imprecisión es tolerable o verosímil en la literatura, porque a ella propendemos siempre en la realidad. La simplificación conceptual de estados complejos es muchas veces una operación instantánea. El hecho mismo de percibir, de atender, es de orden selectivo: toda atención, toda fijación de nuestra conciencia, comporta una deliberada omisión de lo no interesante. Vemos y oímos a través de recuerdos, de temores, de previsiones. En lo corporal, la inconciencia es una necesidad de los actos físicos. Nuestro cuerpo sabe articular este difícil párrafo, sabe tratar con escaleras, con nudos, con pasos a nivel, con ciudades, con ríos correntosos, con perros, sabe atravesar una calle sin que nos aniquile el tránsito, sabe engendrar, sabe respirar, sabe dormir, sabe tal vez matar: nuestro cuerpo, no nuestra inteligencia. Nuestro vivir es una serie de adaptaciones, vale decir, una educación del olvido.” Borges (1932)
Cuando comenzamos la pesquisa sobre aquello que llamamos realidad, llegamos inevitablemente a la laberíntica pregunta de la Verdad. ¿Qué es la verdad? ¿Qué es falso? ¿Qué es cierto?  Nos dispara a un desierto aterrador y nos creemos presa del fracaso, de la derrota, al sabernos ínfimos sujetos, juguetes del destino, moscas en un plato de sopa que intentamos llamar universo. Y nuestra mente siente colapsar cuando indagamos más en la herida que hemos zanjado y descubrimos que aquel misterio que no hemos podido desentrañar, es tan solo un fragmento de un inconmensurable rompecabezas indescifrable.
Creemos hallar sosiego en anclajes de conocimientos, anclajes morales preconcebidos, en lubraciones ajenas, historia de historias, depositamos nuestra fe en la ciencia – ese último refugio espiritual- ese placebo veleidoso en el que se oculta su incertidumbre. Pero tropezamos con ideas que nos hacen flaquear. Nos dilucidan que todo es que nada es lo que parece y todo  es relativo, y que la realidad no es más que un objeto de nuestro capricho.
Seguimos procesos de diversa índole para no sentir que nuestro navío esta a la deriva sobre aquel escabroso mar de la realidad. Russell nos plantea una nueva mirada, o quizás mejor dicho una nueva duda. Nos recuerda que somos seres con limitaciones, no los dioses gobernantes de ese universo que desconocemos. Esa cachetada nos procura un espabilo y descubrimos que sólo somos esclavos de nuestros sentidos, la realidad se hace individual y subjetiva, y las verdades que creíamos absolutas se caen al piso. Vislumbramos así, un mundo similar a un espejo hecho pedazos, donde sus fragmentos no son más que reflejos de algo incongruente.
En medio de la desesperación, nos anidamos en la idea de una verdad para nosotros, una realidad que mejor se acomoda a nuestra mirada , dejamos de luchar a la contra del infinito y aceptamos el universo ínfimo que nos ofrece nuestras reticencias y limitaciones. Pero allí aparecen nuevos conflictos. Porque nuestra verdad, nuestro mundo fabulado por los sentidos y la precaria existencia, ese individualismo utópico anarquista, y nuestra realidad compiten con lo ajeno, con el individualismo del otro. Surgen así, teorías opuestas, discusiones de nunca acabar, iniciamos batallas en torno a irrisorios, fundamos filosofías y contradicciones para llegar a la aceptación del  eterno movimiento del objeto y el sujeto.
En el marco epistemológico, la realidad se ha convertido en un misterio, ha dejado de ser ese axioma irrefutable, para ser principio y fin de la investigación. La veracidad se escabulle de nuestras redes, y quedamos siempre cortos aun cuando intentamos disfrazar nuestra ineficiencia con aparatos que superan nuestra percepción y capacidad de registro o memoria.  Pero la verdad sigue siendo un objeto móvil .  No quiere ni puede estarse quieta, la ciencia no tiene los muros suficientes para contenerla y debe cambiar sus leyes por meras teorías, semejantes a un pescador que pesca sin anzuelo. Y la labor de la filosofía, llega a ser tomada casi por un cuento, por mero ardid de la literatura que ni el propio Heidegger con su tono enmarañado podrá devolverle su antiguo valor. Vagamos dubitativos en los planteamientos cartesianos ¿cómo podemos llegar a la verdad si el conocimiento nos es ajeno y aquello que suponemos conocer de nosotros mismos es tan solo una quimera, una argucia del lenguaje?
El lenguaje, ese engañoso utensilio de las sociedades, ese coercitivo instrumento que los sofistas manipulan con diestra maestría. Para hacer de la mentira un estamento, para edificar imperios y dar vida a dioses del absurdo. Esa espada de doble filo, es enemiga de la verdad, es el lobo disfrazado de oveja, es el recurso miserable que tiene el hombre para expresar erróneamente la percepción de su realidad. Todo el desarrollo desde su origen, esta caduco. Su exegesis se hace incierta, la realidad aparente procura un choque entre el mundo de las ideas y el mundo material, a bifurcación de respuestas y conjeturas comienza semeja pues a una hidra incontenible que ni el más colosal Heracles del leguaje podría derrotar.
 La percepción humana es limitada y engañosa, pero nos sentimos deseosos de pregonar a los otros nuestra falsa y buena nueva, como ese acto narcisista y baladí, para ocultar nuestra tragedia, porque hace parte de nuestro conocimiento y crecimiento, esa comunicación diñada con los otros, ese intercambio mortecino de ideas, ese mundo de especulaciones restringidas, que vistas desde otro prisma traslucen como olvidados fantasmas y esto es tan sólo el triste comienzo, el principio de nuestra gran derrota o como diría Olvetti: “El intelecto es causa perdida, es una de las grandes derrotas de lo humano”. Es una transmisión de naderías, de conceptos anodinos, una pérdida de acto y tiempo, el eterno retorno anodino. El receptor percibe, aquella desfiguración de la ficción que intentamos traer como real, y este receptor construye a partir de esta incongruente labor una nueva interpretación de lo real-ficticio, asociada a sus percepciones anteriores.
Creo pues absurdo hablar de una realidad como concepto, y prefiero hablar de un concepto de apreciación, de apreciación de esa palabra multiforme llamada realidad. Esa aparente realidad se desdibuja y se dibuja, se hace y se deshace, es movimiento perpetuo. La veracidad de la realidad en el campo epistemológico, es pues algo superfluo, subjetividad de un objeto aparente, aparentemente físico pero que no tiene explicación tangible y sempiterna. Podemos pues también, llevar la realidad al concepto del tiempo y los fragmentos serian más imperceptibles quizás que creeríamos estar sumidos -a causa de nuestra estulticia- una realidad hilada, pero cuando con minuciosidad hacemos la pesquisa, nos encontramos con una infinidad de realidades temporales. La realidad de este instante, del instante en que fue escrita la ultima letra, no es la misma a la siguiente, y cada letra escrita, podrá ser una unidad de tiempo y realidad distinta, completamente nueva. Entraríamos aquí a hablar de la realidad como instante. De la mortandad instantánea de la realidad. De una realidad momentánea, efímera, fugaz y desde diversas perspectivas podría aparecer imperceptible. Pero esta realidad del instante no es fidedigna aunque sean varios los sujetos que por la casuística de las circunstancias se encuentren inmersos en este evento, ya que el tiempo y el espacio de cada sujeto es, una entidad propia, relativa e independiente del tiempo y el espacio.
Sea pues imperante el hecho de considerar la subjetividad de lo real. Dejar de luchar contra imposibles, o aceptar nuestra condición estéril, asumir que la ciencia hacedora de nuevas y grandilocuentes fabulas, no tiene la respuesta para este insondable misterio de realidad. Que todos sus intentos aun queda cortos, y que su única función maravillosa  ha sido develar más interrogantes, interrogantes que hacen más fragmentaria esa realidad incierta en la que estamos posiblemente inmersos.
 Renunciemos por instante a lo erróneamente establecido en el campo histórico- epistemológico y permitamos sin amarras que sea la fantasia quien tripule este navio, lanzemos el norte de nuestra brújula a la profundidad de los mares del sur y demos un giro a los anclajes preconcebidos de nuestra dudosa experiencia, que sea pues la mano de Alicia quien nos guie, por esa realidad adversa, por ese nonsene. Y apreciemos el lado paradójico de realidad, pero despojemos esos conceptos preconcebidos, hagamos quizás una inversión de valores, dotemos esa ficción y ese absurdo de sus opuestos y miremos a través de ese espejo, la incoherencia de aquella ficción que siempre hemos asumido torpemente como real. Imaginemos que la vida que hemos asumido no es más que un sueño, un sueño cifrado en símbolos que aun no hemos desenmarañado, por que la única llave para abrir la puerta a nuevas percepciones esa aquella, que siempre nos han prohibido, aquella a la cual sin fundamento claro nos han hecho atribuirle una nefasta animadversión. Por un instante, este instante dejemos que la locura abra la puerta y respiremos la ventisca que se filtra y sin titubeos lancémonos a lo desconocido, dejando atrás y en el olvido todo aquello que alguna vez soñamos como realidad.

Volvemos a nuestro aburrido confort, a la mentira infinita. Porque nos aterrorizan los complejos, porque aun no somos dignos de nuestra permanencia en ese otro mundo. Pero hemos aprendido, que ese instante que ahora volvemos a llamar absurdo, fue un instante tan real como esta ficción de estar leyendo un texto como este jamás ha sido escrito y solo es producto de nuestra propia fantasía.

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