miércoles, 14 de noviembre de 2012

Diatriba en contra de los esclavos del tiempo




Estupor y desidia me causan los ojos cansados de los transeúntes, con sus miradas huecas, perdidas en un cielo gris de asfalto reflejado en los charcos que el sol mortecino de la mañana no logra ahuyentar. Sus pasos copiosos y unísonos semejan el retumbar de un tambor en el funeral de un idiota. El patetismo de sus vidas es su carnet de defunción postrera. Su respirar es una enferma canallada. Aunque presuman cuerpos jóvenes, de pieles lozanas y rubias, no logro asimilar más que un penetrante hedor de podredumbre, de vísceras al sol calcinándose en el tedio. Excusas de una vida en regla, un arrogante y presuntuoso porvenir de letrina. El trabajo de pelma perfecto, la familia perfecta, la procreación, es su corona de oprobios, resultado de una copula necrófila, mientras el ojo ajeno inquisidor da su mezquina e insincera aprobación, puedes seguir en la fila hacia el matadero silencioso… cadáveres que se rehúsan a permanecer en las fosas, exhibiendo sus grotescas esperanzas degolladas por su propia mano, esa mueca inmunda que me acusa, que me envidia y me odia. Fumo un cigarro al otro lado de la acera, con los ojos ensañados en la monstruosidad que tengo en frente. El humo negro no permite clausurar el despropósito de semejante espectáculo de zombis. Recelosos, me acusan de evadir mis deberes con el minutero, de retener la locura por capricho y descaro, de alimentarme con bagatelas gráciles de las cuales está compuesta la única razón para seguir con vida. La ira les corroe, los gusanos comienzan a invadirles, insertándose sin aviso por todos sus agujeros, no parecen inmutarse en lo absoluto. Sé que están muertos, pero esto ya rebasa la insensatez y el desvarío. ¿Por qué no realizan sus miserias en privado? Prefiero ver un vagabundo execrando sus sueños y pintando las paredes del pudor, que tener que soportar la infamia de los jóvenes viejos, de los esclavos del tiempo… no puedo mirar más su ofensiva  representación. Lanzo la colilla del cigarro al viento que me separa de los abominables  fósiles parlantes, doy media vuelta y me pierdo por una esquina de ensueño.

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