miércoles, 8 de agosto de 2012

Y los muros inexorables de los fracasados...




Atados a los muros porque huimos de la soledad que reproducen  los espejos que se dibujan en la arena de la extensa planicie olvidada por el vulgo. Apoyados en las tragedias de colosos hieráticos que murmuran rituales grises de cemento y cal. Corremos seguros por laberintos de asfalto, porque la risa es un lugar vedado en el desierto, tememos a los bosques porque las ninfas son la aurora de nuestra locura y su canto no es como los gritos atorrantes y ambiciosos, ni los cláxones de los coches homicidas. Fornicamos con el bullicio y las luces de neón, refugiándonos en conchas purulentas, anfetas y vapor azul. Porque los buitres no quieren ya nuestra carne pútrida, infecta de anclajes anodinos, de rezos sodomitas, de sueños ahorcados en la codicia de otras manos. Visión castrada por terceros, amarillo amor de bilis, nudillos hechos mierda contra baluartes imaginarios, una resaca que no quita, ni con tetas ni con plomo. Los jardines de los muertos, son llanos como la libertad inalcanzable, que los muros de los proxenetas del alma no pueden marginar, porque sus cuadrantes son estrechos, como las mentes vaginales de los borregos burócratas, como la amargura y el frenesí que produce el trabajo impropio de los días calurosos de un cubil-oficina. Porque la maravilla del desierto sólo es licita para los escapista del instante, para los soñadores que vomitan sin descanso sobre los ojos de los idiotas que anhelantes, de rodillas, claman a una bombilla la redención de la calumnia. Los asesinos de los muros son clandestinos como mi amor por todos ustedes, y se arrancan las uñas y el pelo, pero siguen expectantes ante las atrocidades que se erigen en cada palpitar de una sociedad inocua. Gimen los estómagos, no por hambre, no por gula, gimen porque han engullido un pájaro cantor que les pica los muros tenues de la panza, generando ulceras de poesía y cicatrices que ningún picotazo de bencedrina podrá sanar. Camina un hombre con sombrero de fieltro y paraguas por la llanura del olvido, camina sin mirar atrás, sin recordar el suelo, sin esperar un final. Camina hacia un horizonte etéreo donde nada se vislumbra, nada más que su soledad y su sombra.

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