jueves, 24 de febrero de 2011

Fabula sin (salida)


El burro rebuznó por cuarta vez y el pez no le escuchó, ambos estaban ebrios para recordar las palabras del batracio que antes de volarse los sesos croó su epitome nefando: Pueden existir miles de pretextos, supuestas argucias para evadir la cruda tragedia humana, pueden inventarse nuevos dioses, vanas creencias y el simio idiota seguirá saltando al abismo, seguirá fabulando paraísos artificiales, morirá en tabernas intoxicado por alcohol, podrido de herpes y sífilis en un cuarto de burdel, en una calle sin salida con una aguja pinchándole la vena, buscando placebos inútiles, felicidades baladíes, al final quedara intacto, vacio y miserable, imperturbable y aburrido, contemplara que el mundo jamás ha dejado de ser una farsa, que la guerra contra el segundero es ridícula, que la vida es el ridículo y la farsa más grande de toda esta comedia universal. Volverá sus ojos al espejo esculpido por su propio llanto y sin remedio alguno reirá de sus tontas monerías presumiendo del habla y de su andar en dos pies. Las ilusiones volaran como cuervos sobre campos muertos. Porque cada paso es un retroceso, cada acción un absurdo anodino, porque cada pensamiento genial es humo perdiéndose en la densa niebla que acaricia el leteo. El reflejo de su efigie reirá de la falacia, de aquellas palabras sin sentido con las cuales cimentó los pilares de su templo de alegorías... aquellas mentiras que llamó leyes, normas que convirtió en estatutos, calumnias anti natura con las cuales edificó una moral endeble y un reino de moribundos y parásitos. La risa del simio será macabra, y el eco de sus carcajadas dilapidara las horas venideras y los girasoles en la aurora. No habrán salidas de escape, ni ventanas para que salten los suicidas, solo mandíbulas desencajadas, dientes hechos polvo... Nada tendrá fin y el horror vendrá a reclamar el trono que le arrebató el hastío...
...Los suicidas no quieren ser olvidados, quieren perpetuar el patetismo de su vaga existencia en comunión sagrada con la muerte- dijo el Buitre mientras engullía las viseras frías del batracio.

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