lunes, 24 de enero de 2011

LOS MUERTOS DE RULFO



Un solo libro que lo diga todo,
un solo libro que sea el igual de la vida y la muerte.
Nafragio de Sangre, F. Olivetti


Quizás otro día empiece un trabajo más laborioso que este al cual me entrego hoy y profundice en el ensayo sobre aquello de los muertos de Rulfo. Quizás llegue a hacer semejanzas anodinas con las obras de otros autores, podría traer de los cabellos a Poe, Hoffmann, Lovecraft y hasta el mismo Homero y hacer paralelos que empobrecerían ese bello libro cargado de muertos que presumen no estarlo... No quisiera adentrar en un trabajo crítico literario del cual no tengo argumentos para cimentar un discurso que se sostenga sobre el papel, pero si quisiera deleitarme un poco de manera un tanto morbosa, abriendo la pandora que ocultan mis oteros temerosos.
Vi en el relato de Comala el reflejo de este pueblo, el traslucir cualquier pueblo, ese el temible sueño que se repite y se repite... al terminarlo de leer corrí muerto de miedo a ver mi faz en el espejo, era irremediable, estaba tan muerto como la ciudad que tintineaba agonizante en la oscuridad, aquella inhumana Metellinum que golpeaba en mi ventana, presentí burlona y trágicamente ser el reflejo de Juan Preciado y de todos los muertos anónimos de la noche y la niebla. Las fantasmagóricas pesadillas se agolparon en mi cuarto, los espectros se sentaron a mi lado y lentamente el miedo se fue disipando. Advertí que la muerte es solo una prisión y un tormento para los vivos o peor aun para los que sueñan estarlo.
Estaba muerto, era irremediable, pero no había fatalidad en mis ojos sin brillo, había quietud y serenidad, el beso impávido de Mictecacihuatl que llenó mi boca vacía de ceniza. La tierna oscuridad de afuera nubló mis visiones de un futuro, las letras del libro se hicieron bruna noche, una noche eterna donde los difuntos que somos todos, bailábamos sin máscara y nos miraban los huesos.

Ulrica de un Borges enamorado


Dos particularidades me atañen de este relato, dos particularidades que quizás cualquier otro escritor pasaría por alto; una es el contenido amatorio de su prosa, tema poco apreciado en su obra y mas donde el narrador es quien se encuentra inmerso en tal situación amorosa con su heroína: Ulrica. La otra particularidad, y es quizás la que mas afianza a la primera, es el hecho que en este relato Borges es Colombiano. Para muchos este efecto no tiene gran trascendencia, quizás para mi tampoco, pero es un tanto fabuloso ante mis ojos, ver un Borges colombiano que se halla enamorado inmerso en un romance heroico germano.

El elixir de la vida


Un hombre sediento en medio del desierto, yacía de rodillas abatido y desahuciado, clamando a los dioses le dieran vigor para continuar. Cuando ya su entereza sucumbía a los hirientes rayos del implacable astro, apareció ante él, un hombre que se asemejaba en grandeza y temple al gran Marduk y le ofreció beber de su jarra. El moribundo lloró de felicidad, porque sus dioses le habían escuchado -bebe buen hombre, del contenido sagrado que aquí os traigo, en este envase está contenida la esencia y el misterio de la vida- dijo aquel que se asemejaba la deidad. El moribundo bebió con avidez para calmar su implacable sed. Al terminar abrió de nuevo los ojos, pero el salvador había desaparecido, se hallaba solo de nuevo. Extrañado y renovado, se preguntó que había querido decir aquel misterioso hombre, ya que a sus saber el contenido de aquella era tan sólo agua. El hombre siguió vagando por el desierto hasta llegar la oscura noche y así tirado en la arena, conmplando las estrellas, acunando una inmensa duda, murió de sed por su arrogancia.

domingo, 23 de enero de 2011

Un Sueño


En medio de un sueño, un hombre viejo, soñó que escribía: Al comienzo solo existía la palabra "Hilo", con el tiempo llegaron otras palabras... Al despertar, en medio de la noche corrió a escribir aquello que había soñado pero las palabras del sueño se habían esfumado. Sentado frente a la hoja en blanco con la pluma en su mano recordó tristemente, que era tan solo un niño que no sabía escribir.

lunes, 17 de enero de 2011

Evasión sin preambulos


De pelea contra las palabras que se conducen a un desfiladero, errar es humano, construir es solo una ilusión de los dioses, depurar un texto es oscura proeza, mis manos de orfebre son bruscas y torpes, no entienden la belleza de la simplicidad, me ensucio las manos con frases acartonadas, con imágenes rebuscadas en un anaquel del siglo XIX, ya no uso abrigo en verano, y no suelo ver al sol directamente por qué me arde ver su ardiente tristeza. Estoy buscando en los cajones alguna excusa, una herramienta para definir mi estilo, los cuentos aun no son honestos y tienen un carácter rancio y poco original, acepto que como ideas son fabulosos desaciertos, siento que cada frase en ellos persigue inútilmente la huella de grandes maestros, y pierden el norte un torbellino.

No he leído lo suficiente para poder desprenderme de la literatura, aun sigo siendo un palurdo nómada de libros inconclusos. Repaso cada frase y busco una sonoridad efímera, confundo los esquemas, un relato no siempre es un poema, no todos los versos construyen grandes novelas, vomito un laberinto sin... el flujo de conciencia no es una libre expresión que brota por la inercia, es un elaborado fracaso, un premeditado tropiezo, porque me gustan los recovecos o porque quizás no tenga otra alternativa, uso adjetivos y sinónimos mas de lo necesario intentando abultar las líneas del cien pies. Tengo miedo, tengo miedo de mis palabras, temo que se vuelvan en mi contra, es mas he comenzado a sospechar que las estoy usando precisamente para acabarme lentamente ahogado en una babel como la de Chesterton, solo que en este pozo cada palabra, cada letra son gusanos caníbales, serpientes venenosas que atacan directamente a mis ojos y la lengua. No se hacia dónde va esto, creo que es un ejemplo de lo anodino de mi razón, una presunción mas de mi aburrimiento. Nada estaba planeado, pero tampoco fue azar, me senté a escribir sin una idea solo deje que volaran los dedos sobre las teclas y que las palabras vinieran por añadidura, pero el procedimiento se está haciendo un poco flojo y monótono, comienzo a pensar que podría llegar a algún lado con esto, por eso digo ¡STOP!

viernes, 14 de enero de 2011

Canción sentimental del silencio y la soledad

Hare sonar una canción melodramática porque mi corazón hoy esta febril. Porque estoy deseoso de amartelar el azar, la multiplicidad de la noche que me seduce con sus falsas promesas, porque quiero creer en los cantos de sirena esta sucia bruna, porque mi piel aúlla por aquella desconocida, por aquella que me olvido, por aquella que aun me sueña, por aquella que fabule en mis quimeras adolescente y ahora solo es polvo de una constelación insospechada. La canción deja fluir el sentimiento inexpresable, no es amor lo que ansió, no son promesas lo que abraso entre sueños, no son recuerdos los que me hacen llorar, es otra cosa inexplicable, etérea y sublime que me acerca un poco más al fin de mi jornada.

jueves, 6 de enero de 2011

EN PRIMERISIMA PERSONA

Cada vez que escribo cuentos en tercera persona me siento ridículo, aunque el solo hecho de escribir es ya un acto en tercera persona. Pero la ridiculez que me acosa es la simpleza con la que siento que fluyen los relatos por más que trato de hacerlos míos, tengo el presentimiento que se disipan a mis espalda, intento con todo los recursos que me están a la mano para mantenerlos en el margen de la realidad o por lo menos de la sensatez, pero entre más empeño le imprimo mas majaderos y flojos los percibo. Siempre me he sentido más cómodo en primera persona, hablando en primera persona, donándole al narrador de ocasión mi voz silenciosa. Ingenuamente suelo creer que estoy siendo más contundente, más honesto con el lector imaginario, que mis palabras llegaran a golpearle alguna fibra de este modo. Sé que en ambos casos la tarea está perdida, no es problema del narrador si no de la narración. Las primeras, segundas, terceras y cuartas personas pueden entrar y salir de un relato, verdaderamente importante es el modo, la fuerza con la que se narre el relato. Esa fuerza, esa pulsión que yo presumo es menos artificiosa y más directa, que busca sin querer llegar al lector. No pretendo escribir autobiografías, ni mucho menos crónicas de mis aburridas vivencias; por más que me resista mi trabajo es mentir, fabular realidades paralelas, realidades discordantes, realidades muertas. Pero luego de escribir siento incompleto, un embaucador a mí mismo, que nada allí escrito tiene el menor significado para, y cuando ocurre lo contrario (que son en pocas ocasiones) sospecho que aquella frase que me deleito, es hurtada de otro autor.

lunes, 3 de enero de 2011

INFINIDAD


La originalidad no era una virtud de aquel hombre, así como todos los hombres son alegoría de sus ancestros. Tampoco podría decirse que fuese un tipo genial, que sus palabras se hacían dogma una vez sentenciadas. Era un tipo común, así como cualquier otro, un tanto ridículo eso sí, pues jamás abandonaba su sombrero de fieltro negro y peinaba su bigote de modo simpático. Era rubio y de piel pecosa, no era ni flaco ni obeso, era un tipo de bigote negro y sombrero, nada más de particular. Su andar era como el de los otros, que andaban por las calles, que subían escaleras, que subían al autobús para ir a trabajar, trabajaba como los demás, sin muchas ansias y sin extremada fatiga, bebía café en las tardes y en las mañanas, curiosamente no leía el periódico, tenía sus reservas frente a la prensa, algún fulano alguna vez le oyó decir que todos los periodistas y los publicistas son unos insectos canallas, chupasangres que se nutren de cualquier oportunidad fútil. Pero ono por esto se debe especular que nuestro hombre de sombrero y mostacho, era un hombre de ideas elevadas o de ideales revolucionarios, simplemente no leía la prensa porque no le gustaba leerla. Tenía una noviecita en el barrio rico de la ciudad siendo él, un proletario ordinario que se ganaba el pan honestamente, vendiendo seguros de vida. Aun vivía con su madre en una casa vieja pero acogedora, allí coleccionaba estampillas, monedas de todos los países y cartogramas antiguos. En su casa habitaba un gato, no era suyo, era el compañero silencioso de su madre en las tardes de croche. Era un gato blanco, grande e imponente, con aire de magnificiencia egipcia, era meloso y dormilón y se habia habituado a casar muy poco, solo por ocio. era un gato astuto que solía hacer la siesta en la cama en las mañanas mientras él salía a laborar. La madre si leía la prensa, sobre todo la sección de sociales, era importante para ella mantenerse enterada de todas las eventualidades sin importancia de la gente sin importancia que cree ser importante. La madre jugaba parques los domingos con las vecinas de la cuadra, era mañosa como el gato a la hora de jugar, hacía té y servía galletas, mientras él usaba los domingos para holgazanear, permanecía en cama casi hasta el medio día, escuchando un poco de jazz, un poco tango, y porque no alguna obrita clásica mientras oteaba y organizaba meticulosamente sus álbumes de estampillas tendido en la cama. A la tarde salía con su noviecita a un café o al cine (aunque con menos frecuencia, ya que el cine también le causaba ciertas reservas) su noviecita era simpática, ojos negros saltones, caderitas febriles y senitos de cereza. En las noches se refugiaban en su cuarto, él le acariciaba el muslo y la entrepierna, ella se estremecía de placer y dejaba musitar un leve quejido de su boquita fría. A ella le encantaba que le recitara poemas de Silva o de Flores, que podemos hacer, era un tanto cursi, y otro tanto melodramática. A veces quedaban desnudos en la cama teorizando puerilmente sobre el amor y la muerte. En su mente, él sabía que no la amaba y que ella a su vez, tampoco, imaginaba la muerte de su amor un día repentino y sin aviso, un día en que él o ella buscarían cariño en otro cuerpo. De ahí su mente se dejaba consumir por la idea del aburrimiento, luego su rostro se ponía turbio y oscuro, y se decía para sí, ya tengo treinta años y cuando miro hacia atrás veo un desierto donde no me queda nada más que ese sombrero que cuelga del perchero, y así sumergido en nostálgicos galimatías se dejaba llevar hasta que la voz de su noviecita lo llamaba como las sirenas a los navegantes -¿Qué te pasa? ¿En qué piensas? ¿Porqué llevas esa cara?- decía ella, a lo que él respondía, no es nada, tonterías mías. Y así pasaba sus domingos letárgicos y meditabundos, a la espera triste del mañana. Otra vez los lunes todos volvía a la regularidad, volvía comenzar el círculo infinito de las semanas, las mismas horas, el mismo sombrero de fieltro negro.

sábado, 1 de enero de 2011

EL VIAJANTE


Mientras la mirada cansina naufragaba en el licor de la copa. Absorto en pensamientos dubitativos, incongruentes, etéreos como el perfume de una heliconia. Perfume que le hacía remembrar la efigie de ella, la de níveo rostro, con su vestido verde limón, en el puerto de Veletta esa tarde de abrir, cuando sus dos cuerpos unidos, entrelazados por el deseo y cuatro manos febriles y temblorosas, se hacían promesas imposibles. Ahora los calendarios de aquel núbil enamoramiento se habían echado en la hoguera del leteo. Un viajante no tiene tiempo para el amor infinito. En la cabeza solo pueden deambular itinerarios, fechas, cheques de cobro, pasaportes, y todas las variantes formales del tiempo empacado en una maleta. La madre se hallaba enferma, postrada en una cama de un cuartito humilde a océanos de distancia. Una carta del hermano al lado de su mano derecha, sobre la mesa acariciando la copa.
"madre se nos muere Francisco. Ven pronto".. ¿ir? ¿hacia dónde? Viajar era su único destino, viajar era su castigo, por los siglos y los siglos de su laborioso destino. Las arrugas solo eran sellos de experiencias vacías de lugares diversos, rostros invisibles de razas y culturas que solo recreaba en su propias lenguas. Ninguna vida le había afectado, todo era transitorio, nunca había tiempo suficiente para intimar con nadie. No tenía amigos, ni conocidos, solo clientes, gente sin importancia. Todo era trabajo sin descanso. Para amansar una paupérrima fortuna. Sin hogar, sin ciudad, siempre peregrinando, aullando al olvido, colgando de su pecho de fino satín una flor del asfódelos. En su mundo de emigraciones constantes, los espejos dejaron existir, el reflejo del mar no era más que una entelequia ridícula de lo que alguna vez llego a ser. Su vida era un vil remedo de un sueño circular, siempre la misma copa, los mismos ojos y tantos recuerdos perdidos en el alcohol y en el candor de su espíritu infatigable, de aquel corazón nómada.