domingo, 19 de diciembre de 2010

Dubitaciones sobre la inmortalidad de mis días


Nada más conveniente en esta calamitosa madrugada que releer un relato de un escritor sempiterno y nublado, mientras agito maquinalmente una copa de vino en la soledad de esta habitación cargada de breves recuerdos que acallarán el rumor de mis palabras cuando me haya ido. Quien repetirá las frases escritas en la arena de este enorme libro que tengo frente a mis ojos?
Es espeluznante y sagrado, saberse inmerso en la marejada de la vida y tener el consuelo de que la muerte ( o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Dejar de temer al abismo del olvido. He de mirar con desdén el pasado y sin esperanzas el porvenir por que la historia de los hombres es un oceano insondable que se renueva en el leteo... Figurarse un pobre remedo de relato a partir del descubrimiento del hecho que ser inmortal es baladí. Sonreír al contemplar el diluir de huellas que se ahogan en el tiempo, de horas en blanco bajo el blanco matiz de un sueño. Un relato narrado por un moribundo a otro que no cree serlo. El eco es una tortura, lo maravilloso irrepetible, la rutina insoportable, la misma luna demoniaca, el mismo sol perverso, el mismo sueño una y otra noche. Como la venganza de todos los personajes narrados a su autor, como la imperturbable sentencia de Augusto Pérez a todos los lectores. Hans Castorp ha dejado de darle cuerda a su reloj y se ha olvidado de los días, esperando que yo, inconstante lector, culmine la tarea incierta que me he determinado por magrear sin pudor con la incertidumbre. Lejanos capítulos colgando de la esperanza de un mañana... escanceo el ultimo clamor del vino en mi paladar, cierro los libros y los ojos, pero las palabras siguen allí, revelándome el infierno de otra madrugada, de otro año, de otro lector, aquel futuro cadáver