lunes, 21 de diciembre de 2009

EL VINO ROJO


Las calles aun conservaban ese mustio color que deja el rastro furtivo de la lluvia. El pobre espectro no puede con sus pasos, camina lento, zigzagueando, sin rumbo, arrastrando sus penas y cargando a cuestas los restos de una botella de vino. Quizás allá sido a causa de un desamor, de una trágica fractura, de una fatal e irremediable perdida, de un adiós insondable, o simplemente sea solo el fracaso la causa de su estado. El hecho ineludible de una vida sin triunfos, la huida fácil de esa realidad mezquina, el sorbo amargo que libera al asesino, al poeta, a la furcia, a cualquiera de ese cochino espejo que atormenta a esos ojos ya sin brillo. Ojos que sin esperanza miran el fin del oprobioso néctar, sin dinero en los bolsillos, sin nada más que perder más que la vida en la embriaguez, el ridículo es su sombra, la tragedia quizás, su próxima parada. Se rompe en pedazos la botella, el eco repercute con el maullido de un gato al extremo de la calle, pasan un par de peregrinos y el miserable pide como un perro un par de monedas para un poco de vino, los paseantes huyen despavoridos ¿fue acaso la horrenda mueca? ¿acaso esa figura escuálida, enfermiza, encorvada, temblorosa y patética? En un tambaleo cae al suelo, no tiene ya fuerzas ni razones para ponerse en pie, ya todo está perdido, ya no hay mas vino, solo aquel de rojo carmesí que gorgorea hasta la canaleta para embriagar a las ratas en su submundo.

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