lunes, 5 de octubre de 2009

Renacer en el Hacer


“Raskolnikov se dio cuenta que todo era estúpido y fútil. La manzana de Newton (o Magritte) se pudre en el concreto de un orbe obsoleto que mueve una maquinaria oxidada doliente de alzheimer que se sueña ser princesa cibernética, la puta cara de la vanguardia tecnológica y en su seno naufraga una humanidad innoble que tiene mentalidad enfermiza de futurista prostático, un Marinetti bizco y perdido por la sífilis. Adiós a las vanguardias, adiós al intelecto...adiós mi fantasía diría Whitman… Somos los sabios eunucos y paupérrimos de un nuevo siglo vacio a la espera del juicio de Abraxas. Canturreando himnos ominosos de alabanza por el holocausto cargado de abismos históricos, anacronismos, con todas sus corvetas y farsas titánicas, con anodinos bufones que están en la cúspide de la pirámide que citó Kandinsky revoloteando como moscas en este mierdero que llaman arte… la mediocridad se impone en un mundo de reglas torcidas, oscas y putrefactas, bailan los buitres al calor de una carroña en verano, el futuro lleva su nombre, el instante su rostro fugaz, Proust se pierde en el tiempo pretérito. Fausto, el alquimista invoca a Kronos: Padre tiempo devóralo todo, haz cenizas los remedos inocuos de esta endeble Babel.
Los enajenados eruditos de esta nueva centuria presumen al hablar de nuevos lenguajes, de nuevos discursos, pero paradójicamente se hacen discípulos de términos que solo armonizan en la escala de RE… Re-interpretar, re-ubicar, re-leer, re-inventar, re-tomar, reconstruir, repetir, les resulta más sencillo acomodarse a la idea de post-producción, sentarse en un cómodo sofá Le Corbusier y asumir que ya todo está hecho, que la última palabra sobre el arte fue dicha por Duchamp y la rererere… otros artistas de la talla de Cage y Beuys. Lo fascinantemente ridículo de todo esto es que maravillosamente los artistas contemporáneos se llenan la boca jactándose de una independencia creativa. Tal vez la razón más evidente de esta paradoja radica en la magnánima ignorancia frente a la historia de tales “creadores” artísticos. (Concretar idea)
En estos tiempos ambiguos y difusos, podemos hallar un refugio a modo de espejismo en el pragmatismo exótico que comulga el siguiente slogan: “Actúo luego formulo”. La velocidad del segundero de un Cartier nos impide respirar con calma y saborear con deleite una jugosa idea. Pero acá volvemos a ese juego de paradojas y absurdos que rodea y habita el mundo del arte. El arte de nuestro tiempo es un arte mediático, efímero, casi sistemático ¿pero sistemático para qué? ¿Qué función tienen los discursos artísticos contemporáneos? ¿Para qué o quién son útiles estos discursos?
Es común enmarcar el arte de punta actual en el campo de lo que los críticos e historiadores llamarían CONCEPTUAL, pero muchos de los supuestos artistas conceptuales no tienen la remota idea de la palabra en cuestión se sujetan a ella como un parasito. Se habla de un arte subjetivo que ni siquiera los mismos artífices tienen la verborrea suficiente para argumentarlo y en muchos de los casos con tanta palabrería la obra exinanida cae al suelo. Ocurre un punto de inflexión un tanto complejo, a simple vistas las obras vanguardistas del momento ofrecen al espectador una rigurosa mirada analítica como si estuvieran frente a la monumental obra de James Joyce y su prolifero flujo de ideas, donde el espectador debe valerse de sus propias armas para intentar salir de este enmarañado laberinto en el cual se halla inmerso… pero eso no es más que una ilusión, una artimaña artística, una Dumbtrap para engatusar a los intelectualoides de medio pelo. La mayoría de las propuestas artísticas de momento se valen de herramientas que presumen ser innovadoras, pero que son tan antiguas y quizás más obsoletas que lo que son hoy por hoy la escultura y la pintura. Se habla de “nuevos medios” como si hablaran de la quintaescencia, un santo grial que no promete la inmortalidad, ni nada parecido, solo el fugaz hedonismo del artista en cuestión.
El arte debe ser certero como el tiro de gracia que Bill le dio a Joan jugando a Guillermo Tell. Un arte contundente, atrevido, irreverente, sagaz y astuto como un mono. El arte de alzarse en busca de una nueva y renovada espiritualidad, esa que quizás buscaron incansablemente los beat. Las notas mudas de John Cage, el budismo beodo de Kerouac.
No puedo concebir un arte que no haga reír o llorar, que no incite ninguna emoción, un arte aburrido esta muerto de entrada. El supuesto arte conceptual produce ciertamente eso en el espectador nobel un profundo y siniestro aburrimiento que torpemente entiende por ignorancia. Pero no es falta de perspicacia lo que ocurre en el espectador es falta de eficacia frente a la obra misma y esto quizás tenga que ver con la utilidad de este nefasto arte de vanguardia.
Deberíamos poner ante un tribunal o paredón de fusilamiento el arte de nuestro tiempo, enjuiciarlo por su filantropismo flatulento y fatuo de fanfarronería fútil. Interroguemos sus postulados, cuestionemos la eficacia de estos, por la eficacia de sus medios discursivos, (volvamos al rererere), cuestionemos su revaloraciones, sus revisiones, recreaciones frente a un arte anterior y quizás nos topemos al borde un abismo de infinito aburrimiento. Algunos hablan del video como una innovadora e ingeniosa herramienta para los discursos actuales del arte pero lamentablemente son pocas las manifestaciones discusivas del arte por medio del video que lleguen a la contundencia a la que puede llevar el cine. Pongamos un ejemplo, simple y en apariencia muy desigual. Comparemos cualquier cortometraje de Buster Keaton o Harold Lloyd frente al humorismo que pueda ofrecer alguna obra de videoarte. Y notaremos que a pesar de la ventaja tecnológica que la ultima posee no logra acaparar tantas risas como el trabajo de los cortometrajes de cine mudo de estos dos artistas. Empiezo a sospechar que esa supuesta labor de reinterpretar en este momento del arte se ciñe simplemente al carácter mediocre y conformistas de los artistas de nuestro tiempo. Tenemos todas las herramientas, todos los discursos que cualquier artista del renacimiento abría anhelado, pero nos escasean las grandes ideas. Nos refugiamos en Duchamp porque no vislumbramos venidero a un Da Vinci. Y lo patéticos es que Duchamp ha muerto al igual que Da Vinci. El arte silenciosamente ruega por un nuevo misticismo, implora por un romantismo brutal que hasta un Novalis zombi saltaría de su tumba para bailar de alegría con el esqueleto putrefacto de su amada en la nueva aurora de la edad dorada. El arte si necesita tocar en la escala de re, pero en el re, de renacer. Antes de escudarnos en los medios para mostrar un arte inútil, poco efectivo y contundente.
Necesitamos ruidos desenfrenados, trompetas del apocalipsis nihilista, anarquista... No todo está perdido, y si todo está perdido tenemos más esperezas al comenzar de cero, podemos reescribir la historia, una historia obscena que no sienta pudor por la desnudez, que su meta única sea un orgasmo interminable.
Al insondable olvido enviemos este arte aburrido que no nos compete, que solo llena las arcas de cerdos chovinista, amanerados por una cultura enmarcada en la giña del consumo regocijándose en el lodo de sus malditas practicas que solo inflan el ego de payasos ridículos que no tiene la gracia de un Garric.
Luego de este flujo pestilente y anodino, respiro y me pregunto para que preocuparme por tanta nimiedad, en este instante me conformo con el arte de morir asfixiado entre las piernas sublimes de una sonrojada y multiorgasmica mujer. Versos de fornicación, fotografías pornográficas de Aaron Hawks, literatura puritana de Sade, pinturas virginales Egon Schille. Cansado del performance empalagoso y melodramático sepultado por montañas de orgias sodomitas en las veloces autopistas de las grandes ciudades.

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