martes, 7 de julio de 2009

Estudio de vuelo





Quiero escapar del mundo, quiero refugiarme en el reino de las nubes, en la cuidad utópica de Krutikov, donde solo las águilas y los hijos de Dédalo tienen asilo. Harto estoy de la banalidad humana, de sus anhelos empobrecidos por la ambición, de su afanoso deseo de poder y grandeza, Nemrod duerme en el profundo olvido al costado del Zigurat de Marduk. La inmortalidad reside en ese terrible olvido, no en el recuerdo paupérrimo de los hombres, no en la memoria de un fantasma. La inmortalidad es el sueño de los mortales y una realidad para los seres fabulados como lo dice Augusto Perez a su creador Unamuno en Niebla: “¡Yo no puedo morirme; sólo se muere el que está vivo, el que existe, y yo, como no existo, no puedo morirme…, soy inmortal!”El olvido es vacio, carencia de existencia y el vacio es el abismo del silencio que menciona repetidas veces Kerouac en sus libros, ese vértigo de muerte, somos vagabundos de un tiempo irreconocible, enmarañado que tejen las tres Brujas del destino, ese instante supremo donde se extienden nuestras alas y nos dejamos llevar…
Me aferro a este cielo tormentoso y romántico de soñadores constructivistas, de visionarios futuristas. Sant’Elia sacude el rayo veloz de un progreso quimérico. La gran metrópolis no es más que una ilusión, un oasis mezquino para nuestros ojos peregrinos. Le Corbusier sin su mueble habitado, el nido esta solitario, los cascarones rotos, no existe un solo individuo en habitando la gran ciudad. Kosuth decreto que la palabra es artificio y realidad. Al escribir vuelo no estamos volando, el entender su significado no nos otorga portentosas alas. La victoria de la samotracia demuestra este escenario esteril, unas magnificas alas de piedra no pueden elevar un busto inerte, ni aun si palpitara su corazón de piedra. Esa fría y bella estatua es lo más cercano que tenemos a las alturas, todo es alegoría, somos Figment como recita el epitafio de Warhol. Quizás estamos encerrados en un macabro lente, y seamos solo fichas en la maquina monstruosa de Morel…

Vemos a las águilas y a los cuervos contemplarnos como gusanos desde las alturas, no somos más que bichos indeseables con sueños absurdos. Queremos parecernos a los dioses y lo somos de algún modo, de un modo inhumano y cruel. Somos pretenciosos, embusteros, iracundos, asesinos, misericordiosos al igual que ellos… somos títeres del destino repite el drama Shakesperiano, Soñadores hidalgos del Quijote. Damos vida a lo inanimado sin entender siquiera que nosotros nos hallamos vivos. Somos tristes alucinaciones de las horas… Quiero que me enseñen a volar, escucha mi proscrito rezo oh tu, gran arquitecto de laberintos, libérame de este galimatías del cual mas no puedo, clamo a la Ariadna sin su amado a que tenga bondad de esta alma desgraciada y moribunda, te llamare con tus mil nombres como las mil formas del viejo del mar, tu Maravilloso Dedalo, tu deiforme Iktinos, tu aclamado Dinócrate, tu trágico Apolodoro que feneciste a manos de tu afán y de Adriano, tu Alberti, tu Brunelleschi, tu sin par Miguelángel, tu menospreciado Borromini, tu visionario geométrico Boullée, tu esperanzado Gropious, tu urbanista Le Corbusier, tu utópico Sant’Elia, tu elevado Krutikov…. Cientos son los nombres que me faltan para nombrarte, gran arquitecto, pero en este humilde ruego te pido seas caro a mi tragedia. Yo pobre ente imaginario atrapado en la mentira de lo humano imploro por las alas del leteo para elevarme tan lejos de este paisaje que me es tan mezquino y nauseabundo.



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