viernes, 3 de abril de 2009

LIBRO ANTIGONADO



Era el año 1710 si mal no lo explica la insapiensada marmoleta. Situado se aplicaba el otoño purposeo y molitudo. En las calles de Oslonia, se vacilaban cantares infames de comediantes platónicos. Las noches eran mágicas, cubiertas por misterios crónicos. Las muchalembras aguardaban su decolorado invierno. Los ramilletes de esa amancarada sensación, meritaban en las ocazas mudas y anácoretadas. Un albañil de pobre estía, claudicado por todos sus parentescos como: “Abel Pantronic”. Dislumbraba en su ebriotico camino una desdicha por un dineral consumado en los vicios. ¿Era tal vez desdicha? (me permito exonerar lo acontecido del contexto) era mas próximo el sosiego o pultullida alma vacía. Pero mas afirmo que Pantronic se arrastraba por el empedral en desfiladero hacia su infamia, con el rostro bajo de cucaracha y el mirar torcido de algún lagarto hambriento. En el cuadrante de en frente, de un barbucho le nombraron con voces de tumba borracha, una invocatoria fantasmal. Pero Pantronic padecía su vía crucis mezclando en él la sordera de sus propios pasos. Iba impróspero a su catacumba, con ilícito Renoir a medio tumbar. Silbaba en comparsa algunas vísperas de navidad de otro tiempo. (Quizás amparando letear).
Pocos vástagos le perseguían para hallar allí la culpa, pero interpolado y maltrocado fue a parar en frente de dos canallas de estirpe Polonia o de esas gitanillas crestas. Como en festín con un cerdo, laceraron su cuello albañil, y sonrieron los dos imputos al admirar el botín retomado, dejando inmutable al desparramado escolantre en el empedrado mientras la poca luz de una lamparilla callejera lo bendecía por última vez. Pis pulsados, torso en arquetipo, boca intimada y ojos terciados, concientes del pecado aun convaleciente. En su ultimo respiro, Pantronic que todo había sido un castigo del cielo y sin temor a las llamas con las que ya soñaba. Sonrió el misericorde. Parecido un cristo de antagonía. La botella del bálsamo renoirico se difundía en mil pintadazos por el empedrante junto con la sangre peregrina del que jamás terminaría esa jornada.

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