viernes, 3 de abril de 2009

LA LLAMA




El juglar del reino de esqueletos presenta su acto en la eminencia de un amplio salón del palacio. Sostiene una vela en su calvo cráneo. Simula a la corona del cadavérico reír que ríe hasta más no poder viendo las charadas de su bufón favorito. La reina lo ignora, en su muerte jamás ha gustado de los payasos y en especial este le produce tanto asco y repulsión de si por ella fuera su yugo lo condenaría a estar con los vivos. La estancia está encerrada por efigies de níquel y hueso marmolado. Rostros de angustia y sufrimiento recubren las figuras. El juglar sonríe copiosamente, su bufonería es un tanto ridícula y su risa a leguas se nota que es postiza. Comienza su rutina haciendo malabares con su cráneo y su pierna izquierda sin que la vela se apague. Las piruetas se vuelven monótonas y aburridas, equilibra el coloquio que allí se gesta:

¿Dónde hallaran los vivos la luz? Solo en la muerte…
¿Dónde alcanzaran los muertos la paz? En las sombras sin duda…




Me calumnia los que no me han visto bailar sobre las tumbas de los de allá arriba. Se ríe de mi nariz rota y maquillaje descolorido. Yo me rio de los que duermen y sueñan. Yo me rio de la esperanza, de la rosa y el reflejo. Yo me rio de la lira, del circulo, la hélice y la turbina. Me rio de los mensajeros del tiempo. De las palomas mensajeras. De los moribundos y los cementerios. Rio del trigal y soy compinche de los cuervos en la cosecha. Le confío mi veneno entre los vivos a las putas, a los ladrones, asesinos y a los niños. Creo en la risa de las moscas, de las ratas y del vino. Ya no camino bajo el ciclo de la lluvia. He sucedido varias veces la escalera triangular que hizo construir en su palacio el repudiado Salomón para poderse ocultar de su oficio. Mi sabiduría la he sustraído del escudero fiel de un buen señor. He compuesto un par de rima con un viejo loco y ciego. Me senté en la mesa de un puñado de fariseos y conferimos asuntos profanos. Por eso esta mirada de Caín que siempre traigo y que incomoda a mi señora. Disculparan los difuntos pero son residuos de cordura que aún me quedan de mis malos hábitos. Halando de la cuerda que cuelga en mi desnutrido cuello esta el gigante de los cuentos de hadas, que yo prefiero por cariño llamarle: Semuaza. Sin más absurdas palabrerías y descabelladas entelequias ¡Ea! Querido y putrefacto espectador. Olvida esta torpe risa que antecede al Garrik y mirad atentamente como se con sume la cera en mi cráneo, semeja un oscuro y seco peluquín y la lucecilla tiene ínfulas de aureola. La insolente llama tiene el sueño de la eternidad. Podre tonta, ha olvidado que en el reino de los muertos la eternidad es el tormento y la dicha lo perecedero. Sueña con un imposible ajeno, tiene el sueño de los vivos. Si alguno aquí tuviera aliento le apagaría el sueño, pero…”

En un desatino el iluminado cráneo del bufón cae en el azar de una voltereta a los pies de la reina. El payaso ríe con delicadeza y dice: “¡oh reina mía! Si vuestra mueca pudiera apagar este insolente sueño que tengo en la cabeza, mi charlatanería acabaría”.

Por primera vez en toda una eternidad la reina sonrió por la angustiosa suplica del repelente bufón.

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