viernes, 3 de abril de 2009

LA FUENTE DEL OLVIDO



Una leyenda Hitita, cuanta que una vez hallábase un hombre joven, extraviado en el desaparecido desierto de Arzawa en las cercanías del mar negro. Algunos conjeturan que era un valiente guerrero proveniente de las regiones más enigmáticas de Nesa, otros han llegado a suponer que se trataba del soberano Hantil II, que regresaba mal herido de una batalla contra los temidos barbaros del Ponto. El hecho es que se hallaba bastante desorientado y consumido, llevaba días anhelando el regreso a su querido reino. Desfallecían sus fuerzas y el sol le atizaba con enfermiza demencia en el cráneo desnudo. Su cuerpo a punto de sucumbir cayó de rodillas apoyando sus manos sobre la arena. De repente vio que algo se movía de manera estrepitosa. Se limpió el sudor de la frente y de los ojos para ver que se zarandeaba frente a él.

Al echar una nueva mirada, en la arena vio salir de esta una hermosa salamandra azul. El hombre creyó entonces que esto era de buen augurio, que sus dioses le brindaban su ayuda y la siguió sin dudar. El cansancio en sus piernas había cesado, sentía que la magia de la salamandra le llenaba de nuevo de vitalidad y brío todo su cuerpo y así deambuló por infinitas horas detrás del místico animal, hasta que una insaciable sed apareció para devorarle de manera estrepitosa. Cada paso se hacía más tortuoso, comenzó a dudar si la salamandra en realidad traía un buen augurio. Volvió a caer de rodillas ciego por la sed que acaecía. Se desplomó de bruces en la arena, aniquilado por la terrible vehemencia de saciar su boca y su entrañas con cristalinas aguas. En medio del desvarió, el sueño se apiado de su fortuna y albergó en su pecho la codiciada salvación. Durmió plácidamente, tuvo visiones de su reino, de su esposa, de su joven hijo y de sus queridos compañeros de batalla, todos le estaban aguardando. Luego despertó sin percatarse del tiempo que llevaba allí tirado en la arena. Al elevar la mirada vio a su lado izquierdo la salamandra que lo miraba cual si fuera una estatua. Luego volvió la mirada hacia el otro sector y descubrió a pocos metros un claro manantial. Desesperadamente se arrastro hasta aquel oasis y bebió con afán para hartar su deseo. El animal que todo el tiempo estuvo a su lado profirió estas aladas palabras: “Saciada está pues tu avaricioso afán de olvido. Desde hoy no tienes nombre ni raza alguna. Tu esposa e hijo te han borrado de su recuerdo, así como tu noble ejército. Hoy es tu primer y último día entre los hombres.” Asustado de escuchar los encantados vocablos del reptil, dejó de beber la dulce agua del manantial. Aterrado vio su reflejo en el agua, no era el mismo rostro que su memoria recorvada el que se reflejaba en el agua, era otro hombre, un rostro anciano, con rasgos muy distintos a los de su antigua raza. Era el rostro de un desconocido que se miraba a sí mismo sin recordar quién era.

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