viernes, 3 de abril de 2009

EL CIELO DE LOS CIEGOS




Contemple aquella infinidad de estrellas. No sé porque, pero el solo verlas allí colgando en el azul profundo que se confunde con la ausencia de todo, me llenaba de una fascínate alegría. Una extraña paz invadió mi vida entera. Colmando mi infancia y mi muerte invisible y postrera. Fui entonces preso de un paradisiaco leteo. Donde olvide mi existencia vivida hasta ese momento. Hasta perdí el habla. Permanecí en una quietud casi sepulcral, mis labios mudos se inclinaban hacia las constelaciones más lejanas, rastreando en ellas esa magia celestial. La eternidad despuntaba en cada una de las estrellas, desde las más colosales hasta las más imperceptibles, parecían que gritaban como en coro: “Libérate del mundo y súrtete del interminable fulgor del universo”. Sentí como era impulsado por una fuerza superior a la mía, una fuerza que me arrastraba a los confines donde lo inmaterico toma forma. Me deje seducir y permití que mi ser volase libremente, sentí que mi única voluntad era perderme en esa sempiterna e inconmensurable brillantez. Toda mi esencia se hallaba plena, liviana, despojada de cualquier artificio que pudiera retenerme. Estaba dispuesto como nunca a iniciar aquel fascinante viaje. Mis alas eran luz o fuego, aun no tengo claridad de su composición. En el éxodo vi rostros y recuerdos que se formulaban en nebulosas de galaxias adyacentes. Un llanto liberador se albergo en mi huida. Aquellas ilusiones hablaban de libertad, de sosiego, de beatitud. Mis pies se alejaban del orbe terráqueo hasta el vasto horizonte desconocido. Distinguí que tras ese manto de oscuridad suprema se ocultaba para mí, la felicidad eterna. Me sentí, completamente uno, las fracciones eran utopías absurdas fabricadas por el hombre ignorante que nada sabe del cosmos. la unidad era la verdad, la irrefutable realidad. Cuando me hallaba en el más alto grado contemplación y sapiencia universal fui interrumpido por un cometa, que cegó mi vista. En ese instante apreció el miedo. Mi interior se lleno de Confucio, de duda y caos. Fue entonces cuando toda esa brillantez desapareció de mi vista y mis alas apagaron su vuelo. Ese cielo relampagueante de estrellas desapareció para mí y caí de nuevo a esta maldita celda, de la cual esto preso hace tanto tiempo. No sé si como maldición o parte de alguna tregua este recuerdo vive dentro de mí, y en mis sueños puedo ver esas tantas cosas, que la vida de presidiario me ha quitado.

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