miércoles, 22 de abril de 2009

Canto IV



Bella efigie celeste que cubres mis sueños
con tu tibio manto,
soy un peregrino de tu dulce ocaso,
estrella distante, oscuridad infinita.

Ya los niños duermen en el valle santo,
los amantes juegan el ritual de antaño y yo
solitario aúllo tu nombre en vano.

Donde estas sueño mío, dama de la noche
eterna, acude al clamor baldío de este corazón
henchido de dolor, angustia y desatino,
harto estoy de esta vida ruin y suicida,
sin esperanza alguna, solitario en la cuna
de la mezquina aurora.

Redime la lumbre que anida en mi pecho
apártala del sinuoso yugo mortal y humano,
yo que ansio contemplar la lustre flor hierática
que fulgura en el alto y misterioso pico,
esa flor azul que conquista el alma
del ebrio y rubicundo poeta.

Noche soñadora, noche mágica de embrujos,
no me dejes trepidando de locura y frío
bajo esta luna agonizante y
confesora mía…

Retira pronto mis ropajes necios de efimeridad
y condúceme con prisa al profundo seno
de tu arcano y perenne cosmos del vacio.

Embriágame de nada, sáciame con tu amor caliginoso y puro.
Evita que mis ojos tristes vuelvan a divisar el alba.

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